Luis Carlos Palazuelos

Prisioneros


Apenas se habían acomodado en el hueco que cavaron durante toda la mañana y parte de la tarde para pasar la noche.
La orden era estricta: no encender ni fogatas ni menos cigarrillos para no alertar de su presencia al enemigo que se encontraba a no más de unos ochenta metros del lugar.
Era una noche calurosa como todas en ese lugar de las tierras bajas. No había luna pero su ausencia apenas se notaba con el despliegue espectacular de las estrellas solas y de las que se agrupaban como granos de arena dispersos en la bóveda del cielo.
Los cinco soldados estaban en el frente mismo de batalla y su habilidad con los fusiles Máuser había sido bien demostrada y debían estar ellos delante para ir despejando el camino de enemigos que en silenciosas avanzadas pretendían información sobre la posición del ejército rival.
Cada uno se acomodaba lo mejor que podía considerando que la trinchera no era muy amplia, los fusiles muy largos y que las cajas de municiones junto con sus mochilas ocupaban mucho espacio.
Sortearon turnos. Dos de ocho a medianoche, dos de medianoche a cuatro y uno de cuatro hasta que el resto despertara.
Ellos no cenaron pero los mosquitos ya habían dado inicio a su festín que se interrumpía a cada rato con palmadas que aplastaban a algunos pero que en instantes eran substituidos por muchos más invitados por la sangre que pintaba pequeñas manchas en cuellos, brazos y sudorosos rostros.
El silencio de la noche contrastaba con las escaramuzas de la mañana que de tanto en tanto se acompañaban de explosiones de morteros.
Los dos primeros turnos se relevaron sin parte alguno y a las cuatro de la mañana quedaba Faustino Choque quien se suponía era el más descansado de todos pues consiguió un sueño continuo de ocho horas y por eso se pensó que no habría necesidad de otro compañero junto con él para entre ambos evitar que uno se durmiera.
Gruesas lagañas quedaban en los ojos de Faustino en una mezcla de conjuntivitis, polvo, malos aires de una zona de combate con muertos que tardaban en lograr sepultura y lágrimas que asomaban a la hora de dormir pensando en la familia, la novia o los padres que también sufrían pero a miles de kilómetros.
Acomodó el fusil. Tomó posición. Fijo la mirada entre dos árboles de quebracho colorado no muy viejos y sin ningún pensamiento pendiente, cerró los ojos cuando soplaba una tibia brisa para en ese instante volver a quedarse dormido.
Lo siguiente que Faustino sintió lo mismo que sus otros cuatro camaradas fue el sonido de la carga de fusiles. Ya era tarde cuando abrieron sus ojos pues tenían como diez soldados enemigos apuntando sus fusiles con bayonetas caladas. Pensaron que sus días habían terminado cuando el oficial a cargo de la patrulla les hizo un gesto universal con el índice sobre los labios.
Los desarmaron y ataron fuertemente sus manos con una cuerda de cabuya.
Pasaron entre los árboles de quebracho colorado y se dieron cuenta que las filas enemigas estaban a tan solo veinte metros de su campamento y que el ataque sería inminente.
El espanto los invadió no solamente por saber de la proximidad del enemigo sino al notar que la superioridad numérica triplicaba el de sus fuerzas.
Los rostros de los soldados enemigos se veían frescos. El ánimo encendido y el armamento de mejor poder.
A medida que entraban detrás de las líneas enemigas sus ojos se abrían más viendo que como apoyo de las tropas habían seis tanques que seguramente se encargarían de romper el fuego asestando tremendo golpe a sus tropas distendidas, cansadas y particularmente dormidas en ese momento.
Caminaron una hora desde su captura hasta que sus corazones saltaron al oír las primeras seis descargas de los tanques enemigos. Presumieron el fin de sus camaradas ante el poderío de las fuerzas rivales, su número y su apoyo logístico. Casi un año después supieron que el batallón entero fue aniquilado.
A tres horas de marcha forzada distinguieron finalmente un asentamiento que a la distancia parecía un pueblito pero que en realidad era un campamento para prisioneros con tres barracas, un puesto de control y en la periferia cuatro galpones donde el enemigo tendría no solamente su tropa sino la administración y comando del lugar.
De sus muñecas ya corría sangre caliente y la sed subía como el sol en el horizonte.
Los condujeron por un corredor hecho con arbustos de gruesa espinas, pasaron un portón rústico trenzado de alambre de púas y los acomodaron en la barraca 3.
Era un espacio con piso de tierra, una sola ventana con gruesos travesaños clavados que impedían el ingreso de mucha luz y con olor a sudor, excremento y orines que salía de un hueco acomodado en un rincón.
Dentro de la barraca había un grupo de ocho soldados sin rango. Las menguas barbas crecidas, sucios, con harapos que un día fueron uniformes militares y que luego el grupo de Faustino se enteró llevaban mes y medio de reclusión.
Allí pasaron nueve meses hasta que su canje por militares enemigos se concretara.
El canje tenía una particularidad que la historia reveló años más tarde.
El ejército enemigo estaba retrocediendo. Tuvieron muchas bajas y no reponían soldados con la velocidad que los perdían, por eso en una medida desesperada la edad de reclutamiento se redujo drásticamente de los 18 años a los 12 años y se sabe de niños menores que cayeron en combate y de otros tantos que fueron capturados.
En el canje de Faustino y sus compañeros, el ejército enemigo no quería que la prensa de su país divulgara que la niñez había sido empujada, en una maniobra político militar de emergencia, a combatir contra hombres que si bien no eran solados profesionales, doblaban o triplicaban la edad de sus fuerzas, de sus mañas y de cierta instrucción militar.
Fue en una noche de luna llena como testigo que ambas fuerzas se encontraron en una frontera temporal para hacer un intercambio de prisioneros.
Faustino había perdido como once kilos de peso pero lo que más le dolía era haber perdido la amistad de sus camaradas que nunca le perdonaron la pereza que les robó nueve meses de sus vidas en condiciones muy duras para un ser humano que puede tolerar las raciones magras de alimento, la suciedad, el calor y las alimañas pero casi no tolera en encierro y la limitación de sus ganas de movimiento.
Sind decir palabra alguna los soldados de cada frente fueron pasando la frontera casi rozando sus cuerpos en una maniobra de uno por uno que no diera ventaja a ninguno y que al final resultara en un canje equitativo.
Faustino pasó al lado de un chico de apenas 10 u 11 once años que sin expresión en el rostro alzó la cabeza mirando fijamente al horizonte de su territorio.
Ya del otro lado casi todos los soldados fueron recibidos con abrazos, vítores, agua y pan añejo. Faustino fue el único que quedó sólo cerca de un turril que contenía agua fresca aunque llena de mosquitos y moscas ahogados en su locura de tanto calor.
Se sintió mal y esa misma noche desertó.
Dicen los testigos del lugar que lo vieron pasar con el uniforme militar y un cigarrillo en la boca.
Años después de firmada la paz y cesado las hostilidades, las más viejitas de los pueblos del lugar cuentan la leyenda del soldado en pena y dicen que las noches de luna llena cerca de los quebrachos colorados se ve una sombra y un resplandor como de una luciérnaga. Es el solado en pena que con su cigarrillo en la boca aún vaga por el chaco desconsolado porque una noche de pereza le costó la amistad de sus mejores amigos y la vida de todo su batallón.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 31.07.2013.

 

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