Jonathan Josué López Borbón

Más allá del río estigia


Es cierto que las calles de San José son más peligrosas con el paso del tiempo. Antes al son de la noche los únicos que caminaban eran pobres borrachos con ojos apagados los cuales buscaban cama en las empedradas calles, las luces tenues de la luna y una que otra antorcha que iluminaban la calle eran las eternas amigas de la noche. Ahora el andar pesado de los maleantes, el turbulento ruido de los carros y las luces más brillantes que el sol son la compañía de la noche.
En las calles el dolor se desata, la muerte sigue su andar turbado, la vida se escapa en un suspiro. La prostitución inunda las calles, la vida se engendra tras un falso quejido y a la par de un desagüe un hada lamenta su suerte.
Hija de Safo, por violación encarnada, con sufrimiento parida y odiada de por vida. Lo que más quería era encontrar un amor que la llevara lejos de su dolor, más lo que encontró no fue si no otro Teseo, que al matar al minotauro del miedo logró dar a esta Ariadne poco menos que esperanza, solo para luego dejarla en el olvido. Siempre pasaba igual, siempre era lo mismo, siempre el príncipe se convertía en lobo y le terminaban devorando desde las entrañas.
El destino dijo que llueva hoy, que caiga el cielo en la tierra, que se limpie el mal del mundo. Más la joven con sus zapatillas rojas en las manos ya no creía en magos ni en cuentos, ya no creía poder regresar a casa, estaba atrapada en su propio cuerpo, con el agua goteando por su figura, con las lágrimas inundando sus mejillas.
Si bien es cierto esta noche no es como cualquiera, tampoco podemos afirmar que sea el momento en el cual Eurídice escucha la lira en la distancia, no, no lo es, pero aun así esta noche es cuando lo conoció a él… a su Orfeo.
Habían pasado muchos años ya desde la última vez, solo un par antes de su última decepción, habían pasado solo unas horas antes de sentir ese nudo en el corazón. El llanto no la dejaba respirar y en lo único que pensaba era en el momento justo para gritar al mundo el dolor que sentía, solo por tener la mala fortuna de encontrar hombres que solo desean el sexo en vez de una relación que involucrase los sentimientos.
Mientras la lluvia le empantanaba los recuerdos a la joven, lejos venia caminando un taciturno jugador, una persona más bien descuidada que le importaba poco la lluvia que lo bañaba. Caminaba con su viejo pero fiel paraguas, al lado de la pared de una roída escuela del lugar, sostenido por su espíritu más que por sus piernas, solventando la falta de equilibrio con el sostén de la del muro quebradizo.
La joven, en verdad hermosa, se lamentaba a la orilla del caño. El jugador solo veía un leve bulto negro, al acercarse más escuchó el sollozo en medio de la orquesta de gotas que el torrencial aguacero ofrecía. Trastabillando logro sentarse a su lado, más el lúgubre rostro de la Magdalena le increpó su estado de ánimo.
“No llores más, preciosa de brillante resplandecer, a mí no me engaña tu rostro… Puede que yo jugador y tu desdichada, mas el sol sale igual para los dos…” dijo el jugador con una leve sonrisa.
A las palabras del dulce poeta, la respuesta más fría y desconsolada “ni soy luz, ni soy sol, no soy más que esa rata de ahí, solo espero mi muerte porque como Ícaro me queme por en sueños viajar y a Apolo querer alcanzar… Quizá el astro supremo brille igual para justos y pecadores pero para mí no queda más que la noche…” y un triste sollozo quebranto la calma después de la tormenta.
La noche avanzaba y la lluvia mermaba, la desdichada hija de Safo, yacía con el espíritu caído. El jugador y borracho, loco quizá, cuerdo jamás, miró a las estrellas y un único deseo pidió… poder salvar a la angustiada alma que a su lado estaba.
Más las estrellas sordas estaban, o quizá todo ya estaba planeado. Al acabar la lluvia él lo notó… la luna le permitió ver… que no había nada más que hacer. El brillo plateado dejo ver un mar carmesí. Este mar, como todos brota desde el interior para luego hacerse uno con el mundo.
Un corazón ya no palpita, mientras que otro se acelera. Un cuerpo yace frío, mientras que otro tiembla de rabia y dolor… Artemisa veía desde el firmamento y no creyó nunca que él fuese capaz… así como Orfeo descendió por Eurídice al Hades, este apostador se encamino a ese, el inframundo.
El río de sangre que proviene de las manos del viajero borbotaba con gran ferocidad inundando las calles de San José de un mar de delicado lucir rubí. La noche fue testigo, la luna fue cómplice y el sol atónito, solo percibió la falta de un par de hijos de Adán.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 11.03.2013.

 

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