Pablo Begnini

El Divino Secreto (Prologo)


 

Madrid, 14 de noviembre de 1821
 


<Comienza la aventura>
 
Cada vez que un destello de ilusión atravesaba sus ya cansados ojos, Francisco se dirigía apresuradamente a su taller ubicado en la planta baja de aquella enorme mansión.
 Era un hombre apasionado y a pesar de que el paso del tiempo había surtido efecto en el cuerpo de aquel talentoso hombre, nunca había dejado de lado su creatividad y mucho menos, se había dejado vencer por la misma adversidad que había intentado opacar desde siempre, a las mentes mas brillantes de la historia: la frustración.
 
De esta manera y a forma de rito, encendía las cuatro velas del antiguo candelabro de su mesa de trabajo y con la rapidez y fugacidad de un rayo tomaba la paleta de colores más pequeña que tenía y se paraba frente al lienzo. Este, se transformaba en un enorme sendero por recorrer y el pintor, lo miraba desafiante. Parecía un caballero medieval a punto de enfrentarse a su más feroz enemigo. Tras un par de segundos de tensión, los músculos de su rostro se relajaban y desencajaba una pequeña sonrisa.
 
-Comienza la aventura- decía, al tiempo que una multitud de imágenes asediaban su cabeza, se iluminaba. Las pupilas de sus ojos se dilataban lentamente y al ritmo de sus insondables pestañeos, la pasión se apoderaba de su alma, e iniciaba.
 
Esa cadena de actividades se había convertido en la rutina artística del pintor que hace tres años, había cambiado radicalmente su ambiente de trabajo. Para entonces parecía que ya se estaba acostumbrando a su nuevo hogar; pero esa noche era diferente, la impaciencia se había apoderado del ambiente, mientras Francisco le daba las pinceladas iniciales a su nuevo trabajo, << El hambriento Saturno>> había pensado en el inicio. Pero su corazón latía de manera inusual, <> como él mismo mencionaba en sus pensamientos.
 
Corrían las 21h30 y un ligero manto de lluvia comenzó a acariciar la casa.
 
-¡Ha crecido!- le dijo el pintor a Manuel, su pequeño asistente y jardinero de la vasta quinta donde ambos vivían.
 
-¿A qué se refiere maestro?- preguntó casi gritando el delgado niño de 14 años, que se hallaba sentado en el suelo jugando con la cera derramada de las enormes velas.
 
-Al Manzanares, muchacho. Ha crecido por la lluvia- respondió.
 
Manuel rió brevemente <> pensó.
 
Para el niño resultaba de cierto modo gracioso, el hecho de que su patrón llegue a saber si ha aumentado o no, el caudal del río que bordeaba la casa, dada la creciente sordera que aquejaba al pintor.
 
-¿Ah sí?- mencionó Manuel en un tono más burlón que inquisitivo, levantándose y acercando sus labios al oídos del pintor -¿Y cómo lo sabe maestro?-preguntó –No me diga que lo ha escuchado-
 
-Lo sentí- respondió sabiamente Francisco –Cuando el arte se apodera de tu vida, aprendes a agudizar tus sentidos y aunque no lo creas hijo, no necesito mis oídos para escuchar- dijo el avejentado hombre mientras dejaba la paleta y el pincel en la mesa y se sentaba lentamente en un pequeño banco de roble en el que solía tomarse un ligero descanso. Manuel lo miró seriamente y asintió al mismo tiempo que se volvía a sentar en la baldosa del taller. A sus 75 años Francisco continuaba emanando una exagerada lucidez, además de la sabiduría que caracterizaba a un artista de tan alto renombre como él.
 
Aquella fría noche, en la que parecía que el invierno se despertara lentamente y el susurro del viento transportara la breve llovizna a través del manto nocturnal, la monumental vivienda en la que se encontraban Francisco y Manuel transmitía cierto aire de misticismo. Las paredes interiores de la casa estaban decoradas con una variedad de escenas que evocaban las artes oscuras. El pintor, hace más de dos años, había abandonado su viejo caballete y se había empeñado en <> los muros de aquella antigua construcción madrileña y convertirla en una verdadera galería de las más tétricas y oscuras escenas, que solo su mente llegaba a comprender. Eran obras sombrías, lúgubres cuadros y aunque jamás les puso nombre, siempre pensó que serían sus Pinturas Negras. Posiblemente era la sordera la que había hecho de Francisco un hombre abatido, silencioso y extremadamente pensativo. Sin embargo aquel día, sabía que toda una vida de trabajo y dedicación rendiría frutos, esa noche, él entregaría la carta y con ello terminaría su responsabilidad.
 De repente un inesperado sonido hizo que Manuel se levantara bruscamente del piso.
 
-¿Ha escuchado maestro?- preguntó alzando la voz.
 
-No- respondió Francisco -¿Qué sucede muchacho?- inquirió.
 
-Alguien ha llamado a la puerta- dijo Manuel algo asustado. El pintor no acostumbraba recibir visitas y mucho menos a esas horas de la noche.
 
-Pues corre a atender y sé muy cortés, estoy esperando a alguien muy querido e importante para mí- concluyó el pintor sin levantarse del pequeño banco.
 
El niño corrió rápidamente y subió las pocas gradas que descendían al apartado taller, atravesó el largo corredor dejando atrás una inconclusa pintura que se convertiría en <> y finalmente llegó a la sala que terminaba en una enorme puerta tallada de madera de nogal negro. Manuel apenas se detuvo enfrente de aquel precioso pórtico y el nocturno visitante volvió a golpear. Parecía impaciente.
 
-Buenas Noches- dijo Manuel con voz algo temblorosa mientras retiraba la aldaba y giraba lentamente la enorme perilla.
 
-Buenas Noches- respondió una voz amigable pero muy varonil. Manuel apenas distinguía una silueta corpulenta al otro lado de la puerta, pero aun no se atrevía a abrirla completamente. – ¿En qué puedo ayudarle?- preguntó el niño con un mínimo de confianza.
 
-Mi nombre es Javier, tengo una cita con Don Francisco de…-¡Por supuesto!- exclamó Manuel sin dejar terminar al misterioso peregrino.
 
-Adelante por favor lo está esperando en su taller- aclaró amablemente el muchacho, tan solo con saber que el visitante conocía al dueño de casa, se tranquilizó. -Adelante, a su derecha- señaló sonriente el niño, al mismo tiempo que analizaba al reservado hombre.
 
Aquel singular visitante llevaba puesto un enorme abrigo negro del cual rodaban pequeñas gotas de lluvia. Era alto y su cabellera era negra como el carbón y combinaba elegantemente con el marrón de sus ojos, que Manuel pudo divisar gracias a una pequeña irradiación de luz lunar que ingresaba por la ventana.
 
-Siga por favor, al fondo del pasillo- le recordó Manuel. –Muchas gracias- respondió el peregrino mientras avanzaba rápidamente como si conociera perfectamente el camino.
 
El hombre se adentró en la oscuridad del pasillo siguiendo casi instintivamente a un pequeño resplandor de luz que se veía al final de aquel largo corredor. Luego de pasar a un lado de un pequeño aparador lleno de figuras de porcelana, que databa del siglo XIV, se detuvo un segundo frente a un gran dibujo que parecía más bien un boceto pendiente, en el que un grupo de personas sentadas, formaban un círculo y veían atentamente a una especie de cabra arrodillada de espaldas. El corpulento hombre rió entre dientes y continuó caminando. Finalmente llegó a las escasas gradas que bajaban a taller y entró. Francisco sintió que alguien se dirigía rápidamente hacia él, volteó para mirar y su rostro repentinamente se iluminó al darse cuenta de quién era.
 
-Javier, hijo- exclamó el pintor con dicha descomunal.
 
– ¡Bienvenido!-
 
-¡Papá!- gritó el visitante con cierto sollozo en la voz y aliento de nostalgia, mientras corría a abrazar al emocionado anciano.
 
<< ¿Papá?, ¿hijo? >> Se preguntaba Manuel mientras presenciaba esa descarga de emociones.
 

 
Manuel Aldana vivía ya diez años con Francisco, su madre había sido la cocinera y sirvienta del pintor por más de 50 años pero desafortunadamente, había fallecido a causa de una extraña enfermedad respiratoria y el niño quedó a cargo de su patrón. Sin embargo, en todos los años que el pequeño aprendiz acompañó a Francisco, nunca lo había escuchado hablar de su hijo.
 
 <> pensó.
 
Rápidamente Francisco ofreció tomar asiento a su hijo, quien sabía perfectamente que debía alzar mucho la voz para comunicarse con su padre. Javier sonrió.
 
-Te lo agradezco Papá, pero la carroza espera. No tengo mucho tiempo- dijo en un elevado tono de voz.
 
-Pero Javier, no te he visto en mucho tiempo me gustaría saber algo de ti que no venga escrito en una carta- le reprochó Francisco.
 
-A mi me encantaría hacer lo mismo Padre, pero he llegado algo tarde. Los siento, pero sabes que no tenemos mucho tiempo y debo marcharme- contestó Javier en tono responsable.
 
-Está bien hijo- mencionó el pintor en cierto modo de resignación. –Veo que has madurado y no eres más aquel joven despreocupado de Aragón-
 
-Papá- advirtió Javier –tengo casi 50 años, ya no soy un niño- indicó con un pequeña sonrisa en los labios. –Lo sé hijo, ya lo sé- concluyó Francisco.
 
Sabiendo que Javier debía marcharse pronto, el viejo pintor se dirigió a un antiguo armario situado en uno de los rincones del taller y tras extraer una pequeña llave del bolsillo de su chaqueta, abrió una de las puertas del apolillado mueble. Manuel miraba atentamente cada movimiento de su maestro, el niño además de sorprendido por la repentina aparición de el hijo de Don Francisco, estaba intrigado y se moría de curiosidad por saber cuál era el motivo de apuro de la visita. Con la gran delicadeza, Francisco extrajo del anaquel una especie de carta sellada. El papel se había avejentado y pintaba cierto tono amarillo. Parecía muy antigua.
 
-Es esta- dijo el anciano –la he tenido guardada por 60 años y finalmente es hora de pasarla-
 
-Lo sé- mencionó Javier mientras se acercaba rápidamente a su padre -Y sé también que es muy valiosa, me lo ha dicho Martin antes de morir-
 
<> pensó Francisco. –El era un gran hombre y ambos fuimos elegidos por la Orden para custodiar la carta- le explicó a su hijo –Ahora es tu responsabilidad. Y debes dar el paso final hijo, debes entregarla a quien le corresponde-
 
Javier conocía perfectamente lo que debía hacer con aquella misteriosa carta, pero no podía evitar disfrutar la solemnidad con la que su padre le hablaba.
 
-Puedes estar tranquilo Papá- aseguró Javier –Confía en mí. Todo saldrá bien- dijo.
 
-¿Que harás tu?- preguntó Javier al mismo tiempo que tomaba la carta y se la guardaba en el abrigo.
 
-Terminaré las obras inconclusas- respondió Francisco
 
–Luego veré si me mudo- acotó.
 
-¿Mudarte?- pregunto sorprendido Javier – ¿A dónde?-
 
-A Francia hijo- respondió el pintor algo cansado –Me gustaría mucho visitar Burdeos- explicó
 
Javier sabía que a su padre no le quedaban muchos años de vida, así que prefirió no preguntar más, ni discutir.
 
-Está bien Papá-dijo –Ahora debo marcharme-
 
-Lo sé Javier- respondió serenamente el pintor -Te deseo la mejor suerte del mundo en América, que la sabiduría guie tu camino- le dijo y con un movimiento algo nostálgico, abrazó a su hijo.
 
-Te quiero viejo- mencionó Javier al oído de su padre.
 
-Y yo a ti hijo- respondió Francisco. El alto y fornido hombre se alejó lentamente y se dirigió a las escaleras. Se detuvo un momento y miró a Manuel.
 
-Cuida a mi padre- le dijo mirándolo a los ojos y en un tono de voz muy bajo, para que el anciano no los escuche. El niño sonrió lisonjeramente y asintió.
 
-Acompaña a Javier- dijo Francisco alzando la voz. El pequeño niño se adelantó rápidamente para guiar al hijo de su maestro.
 
-¡Javier!- exclamó el pintor –Se me olvidaba, cuando entregues la carta, menciona mi nombre por favor. Diles que vas de parte de Francisco de Goya y Lucientes-
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 28.02.2011.

 

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