Héctor de Souza

Cincuenta sombras

Me detuve para cruzar la calle. Cuestión de esperar. Como peatón suelo ser precavido y me tomo el tiempo necesario para lanzarme a la calzada con seguridad.

Observé: izquierda, derecha, izquierda. Fue en ese preciso instante que noté su presencia. Quieto en mi sombra, sentí su mirada. Estaba a mi lado. Cuando la encaré, desvió la vista.

Retomé la atención en el ir y venir del tránsito. Pero, intrigado, no demoré en relojearla. Me arrepentí inmediatamente. Otra vez estaba observándome.

Descaradamente, fijé mi mirada en la suya. La sostuvo apenas como para que yo comprendiera algo así como un quiero ser tuya.

Flacucha, con un pelo rebelde de color cobrizo, el destello de sus  ojos de ámbar me alcanzó fugazmente. Vislumbré en ella el misterioso encanto de una trufa exótica. No pude articular palabra. Por alguna razón su esquiva mirada me confundía y me encendía.

Caminamos juntos. Cada pocos pasos me clavaba su mirada. Aceleraba mis pasos y ella también lo hacía. Me detenía y, con automatismo, respondía como si fuera mi propia sombra. ¿Qué pretende?, me pregunté. Tragué saliva.
No desconozco estos flechazos. Más: creo que tengo un don para provocarlos.

Nuestras sombras alargadas, que casi se tocaban, por momentos se perdían en las sombras más grandes de los árboles frondosos que desfilaban en la vereda.

Hubo un instante, recuerdo, en que mis ojos se agrandaron, o así me pareció. Pensé en Ícaro acercándose demasiado al sol. Sentí de pronto la imperiosa compulsión de hacer algo.

Esto es absurdo. Tengo que alejarme, pensé. Y corrí. Comencé a huir como espantado. Hice un cruce imprudente y doblé en la esquina. Ya había recorrido más de cincuenta metros. Volví la cabeza hacia atrás y observé. Ella, insistente, dispuesta a entregarse, también corría y se acercaba: su silueta se revelaba más por su sombra que por su exiguo cuerpo.

El corazón comenzó a latir muy deprisa. Después de un traspié, retomé mi alocada carrera. Corrí hacia las grandes puertas de vidrio del supermercado. Era un refugio. Era una forma de evadirla.

Por fin ya estaba dentro. Cerré los ojos y respiré hondo. Levanté la cara y agradecí el aire acondicionado que ahora me refrescaba. Intenté recuperar la poca serenidad que podía quedarme.

No entendía por qué me había impactado tanto. Por qué mi reacción irracional. Soy muy reflexivo y no me dejo llevar por arrebatos pasionales. Hice esfuerzos por tranquilizarme y ordenar mis pensamientos.

Deambulé sin ton ni son entre las góndolas del supermercado, aunque, claro está, ningún producto ni promoción podía llamarme la atención. El corazón recuperó su ritmo habitual y pude volver a respirar normalmente.

Imaginé que había pasado mucho tiempo. Era hora de intentar  una salida del supermercado. Con el corazón casi estrangulándome, y extremando la cautela, examiné cuidadosamente el exterior. Caía la tarde. Desde la puerta, eché un vistazo alrededor. Ni sombra de ella.

Con una agilidad que no había sospechado tener, hice las cuadras que me separaban de mi casa.

Empujé la puerta, cerré y me apoyé en el picaporte. El aire fatigado de la melancolía me oprimía el pecho.

Memoricé su expresión intensa, sus tiernos ojos de ámbar. Intenté racionalizar mis sentimientos: ya está, ya pasó, no la veré más.

La oscura habitación me aguardaba, como siempre. La cama desierta, la lámpara portátil sobre la destartalada mesa de luz, el tenue ayer de una fotografía de alguien que ya no está.
 
Mañana será otro día. Me tiré sobre el desorden de la cama fría y, tumbado, quedé mirando el techo.
 
El gastado espejo de la pared duplicaba la imagen. Creí reconocerme. El despiadado cristal de la memoria reflejaba los rasgos de un niño de pelo rubio, ensortijado, y de mustios ojos color ámbar que miraban mañanas. Pero yo estaba solo, no había nadie en el espejo.

De espaldas en la cama, más viejo, con una tristeza no menor que la del niño del espejo y la desilusión del atardecer, entorné los ojos. Desde lo más profundo, sentí que la soledad me cercaba.

Por un momento había deseado la compañía de aquella perra abandonada que me siguió con perseverancia, hasta hallar consuelo en el simple hecho de su existencia. Su sombra fue un apoyo comparable al que se encuentra en los recuerdos de la infancia; algo que me dijo, en el constante fluir de la vida cotidiana, que sigo siendo el mismo pibe que fui. Pero mis ojos miraban otras cosas, y la larga soledad me ha preparado para ser un cobarde.

FIN

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 12.08.2016.

 

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