Maria Santos

Julia

 
 
Esta tarde el cielo se veía dorado.  Tenía brochazos morados, rosados, púrpura, azules y rojos.  Parecía más bien una pintura semi abstracta.  Al mirar hacia arriba, la vista se perdía en el infinito y a la misma vez estaba tan cerca; aparentaba que podría tocarse con la mano.  Las nubes, ahora delgadas y transparentes se movían lentamente a ratos y luego muy ligero, como queriendo escapar.  Algunas veces simplemente desaparecían en la nada.  Ella percibía el aire tibio del fin de la primavera en su piel, mientras  recordaba tiempos pasados y se llenaba de mágica nostalgia, de dolor y de alegría mezclados en sus lágrimas.  Había un aroma de jazmín a su alrededor.  Provenía del jardín del vecino.  A Julia le encantaba ese olor dulce y ligero.  ¿Será que se dan cuenta que ella se roba este placer en secreto?  Los secretos no hacen parte de la libertad.  Julia quería ser libre.
Julia no era de este lugar.  Ella llego aquí con su familia de tierras muy lejanas hace ya más de un año.  Nunca pidió venir, pero era solo una niña.  Ahora se sentía como flotando, sin poder sentar los pies en la tierra.  Se sentía mas cómoda viajando con las nubes, sin ser, sin cuerpo, sin peso, sin mañana.  Se perdía en el espacio y eso calmaba su ansiedad, su inquietud.
Acá todo parecía más oscuro y encerrado.  Diferente. El primer verano fue espantosamente caliente, húmedo y sofocante.  El invierno fue duro, helado e implacable.  Fue su primer invierno en esta tierra dura y fría.  Luego comenzó la primavera con sus flores, pájaros, árboles y olores; casi  normal; como en la isla.  Faltaba el aire del mar y de montaña y la lluvia en el pasto verde.  Recordó entonces la vista desde su montaña, de Caguas, ciudad llena de luces y del mar más allá; una línea recta verde-azul que provocaba sueños y pesadillas cuando era pequeña, pero que en su belleza no se podía comparar.
Sin su tierra nunca volvería a ser ella.  Jamás.  Sus raíces se habían troncado.  Su identidad confundida.  Ya no sabía que idioma hablar. Nadie comprendería sus sueños, su dolor y su vacío.  Sentía un nudo en la garganta y el pecho pesado.  Este sería el sentimiento de tantos miles arrancados de la isla.  El secreto vergonzoso y triste que acompañaría a miles por muchas generaciones; el que no podrán expresar porque lo han olvidado, porque el dolor intenso no deja.  Con el corazón roto pero con una sonrisa para los hombres de la fábrica detrás de su casa en Hartford, Julia se levantó, montó su bicicleta y pedaleó mientras sus lágrimas rodaban sin parar; hasta que el viento las secó para siempre.
 
 
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 16.10.2013.

 

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