Vicente Gómez Quiles

EL MISTERIO DE LLULLAILLACO

 
 
 
                  Como haría un delfín dormido sin aletargarse; manteniendo la mitad de su cerebro activo para respirar, estar alerta de posibles peligros. Julián Breva contando veintitrés años estaba en el inane punto de mira; poseía una virtud única y mirífica entre los actuales habitantes de la tierra. Desde crío vivió fabulosas experiencias que lo distinguían del resto de los niños. Quiso resguardar su secreto por miedo; otras sería la abierta vergüenza de relatar semejantes excentricidades. Desde esa tangible realidad del entorno podía vislumbrar hechos acaecidos como una secuencia paralela; superpuesta como una perfecta mezcla de fluidos finales desde los vasos comunicantes. A veces, se sentía tan involucrado en aquellas escenas que dudaba de cuál de los dos presentes convergentes sería el único o si por el contrario eran las dos - suya e única - realidad. Cuando tocaba un objeto era capaz de presenciar las personas que lo habían poseído. Eran unas vibraciones lumínicas en el aire que tomaban inmediatamente forma. Su cerebro poseía una peculiaridad que los científicos no consiguieron descifrar. Podría ser una irregularidad natural como aquel esqueleto de niño que recientemente encontraron, del tamaño de un puño. Una deformidad que el azar brinda en contadas ocasiones; como los ojos de distintos colores de mi primo Ricardo. Julián palpando las cosas, sentía un goteo en su mente hasta reconstruir perfectamente el pasado. Llevándolo fidedigno como un retroceso del tiempo hacia él. Desde hacía dos años, tuvo centenares de encargos en los servicios de inteligencia y de diversas policías por todo el mundo. Consiguió descubrir cadáveres que aparecían en lugares recónditos y encontrar a los culpables en un sin fin de casos. Sus proezas trajeron una vertiginosa popularidad. Fundamentalmente, desde aquella liberación de un preso chino que era inocente de los cargos que le imputaron. Pero Julián estaba harto de tantas obligaciones que lo dejaban agotado; consumido como una exprimida cáscara de naranja. Decidió cogerse unas vacaciones. Regalarse una merecida pausa a esa lista interminable de trabajos pendientes. En una de sus excursiones, solo y sintiéndose distante y alejado de cualquier obligación. Empezó a sentir un retumbe entre sus pies. De la nada en Llullaillaco, descendía un grupo de arqueólogos llevándose tres cuerpos congelados. Desde uno de los cuerpos apareció una sombra que se acercaba fugaz hasta Julián. Después, el rostro de una niña alucinada y con la boca desencajada por el efecto de las hojas de coca le preguntó: “_ ¿Por qué me hicieron esto?” _ Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Julián la miró detenidamente. _ ¡No te preocupes, tu alma no ha muerto! _ Los arqueólogos en eso, descendieron hasta perderse por un horizonte violáceo y los rostros de los niños reían alrededor de Julián, deshaciéndose entre burbujas como si la paz hubiera encontrado por fin su camino.
   
 



 
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 03.05.2013.

 

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