Angel Negro

Carlos María Serrano, el policía de América


De todos los raros amigos de mi hermana, raros en el más profundo sentido de la palabra, Carlos María Serrano era el que se llevaba el premio mayor. El tío era policía, y todas las noches en la guardia detenía a alguna tía apropósito y se la llevaba al calabozo con él. Carlos trabajaba de custodio en un boliche de Buenos Aires, llamado América. El mayor porcentaje de gente que iba a este antro eran homosexuales, o travestis. Había muy pocos tíos y tías heterosexuales, y cuando intentabas meterte por ahí, siempre querían ligar contigo, los travestidos, o los homosexuales, y tú tenías paciencia un rato pero al poco tiempo no lo empezabas a tolerar y te ibas de allí. Por aquel tiempo, siempre daban bebida libre toda la noche. Uno pagaba la entrada y ellos te la servían por cuanto tú quisieras. Aquellas eran borracheras atroces en las que terminabas tirado o dormido en cualquier parte.
Una de esas noches conocí a Carlos, que, aparentemente era un simple policía que estaba obsesionado por su físico. Era un enano, retacón, bastante fortachón y morrudo, e iba al gimnasio cuatro veces por semana, también tomaba esteroides. Hablaba con una voz de pito que te trituraba el oído. Lo que yo no sabía, que luego mi hermana me contó es que este tío no era un tío, sino una tía. Él decía que había nacido varón y que nunca podría perdonar lo que le había hecho esta cruel naturaleza. En realidad, Carlos se llamaba Lucrecia María Serrano, pero luego del cambio de sexo y de tomar muchas hormonas logró cambiarse el nombre por Carlos.
La cosa comenzó cuando Carlos tenía 5 años. La niña en vez de jugar con muñecas jugaba con autitos de juguete y bomberos. En la hora del recreo, en la escuela, siempre se juntaba con chavales, y estos le atizaban feo por querer meterse en su juego. Carlos la pasaba mal con su aspecto femenino, regordete. En su adolescencia se sintió peor aún. Se cortaba a ras el pelo para salir, y empezó a vestirse como un hombre. Se masturbaba mirándose al espejo, llevando puestas unas faldas cortas de su madre, y unos zapatos de tacón alto, imaginándose que tenía en medio de sus piernas una flor
de verga para masturbar, pero no la tenía. Sumergido en la mayor de las tristezas y la depresión de verse mujer, Carlos sufrió toda su adolescencia, hasta que después, de haber vivido una gran etapa de su vida como hembra, logró tramitar el cambio de sexo. Entonces le consiguieron un pene de 20 cm de goma espuma cubierto de cera, colágeno y no sé qué otra mierda más, junto a un par de cojones de goma también, que al momento de tocarlos activaban un dispositivo que hacía inmediatamente parar al miembro hasta llegar a su máxima expresión. Si él se tocaba diez veces los testículos de la misma manera, lograba expulsar un líquido acuoso, que era lo más cercano o parecido al fluido seminal humano. Carlos también orinaba con el mismo aparato. Después de todo aquello comenzó con el rollo de las hormonas masculinas y el gimnasio, como hasta el día de hoy.
Ocurrió un domingo, al final del 2008, que me encontré con él en la puerta del boliche “América”. Yo iba a menudo ahí para encontrar alguna que otra puta infiltrada entre tantos travestis y mierdas circundantes. El tío me saludó muy agradable y comenzó a hablarme constantemente del gimnasio, y de sus músculos, y como yo en aquel tiempo iba al gimnasio también, él me preguntaba cuánto tiempo demoraría en desarrollar mejor cada uno de sus músculos. Yo lo hallaba detestable, gay, y absolutamente insoportable. ¿Por qué sería que los homosexuales, lesbianas, travestis, transexuales, y todas aquellas mierdas tenían que resaltar en gran medida que eran eso que creían ser? Si ya nos dábamos cuenta todos de lo que eran en verdad, o de lo que aspiraban a ser, no tenían necesidad alguna de contárnoslos. Luego, el tío siguió con el rollo del heavy metal, entonces la conversación se puso más a mena.
Dejé un poco a Carlos y subí al primer piso. Iba por el segundo vaso de tequila y vi allá arriba unas nenas muy bonitas. ¡Qué mierda! Eran unos travestis súper arreglados, que hasta parecían mujeres. Al diablo, seguí caminando con mi hermana, mientras yo me iba pidiendo otro vaso de tequila. Ella me mostró un túnel y me dijo:-eh aquí, “el túnel de América”. Asomé la cabeza por el famoso
túnel de tela y allí estaban dos homosexuales. Uno le estaba haciendo una mamada a otro, así que pasamos corriendo por ahí y un travesti me intentó secuestrar agarrándome del culo. ¡Qué hijo de una gran puta! Salí corriendo del lugar y me fui a tomar otra cerveza con Marcelo, mientras él cuidaba a los guarros. Luego me dieron fuertes ganas de ir al retrete a orinar. Entré al retrete y allí tenías todo cubierto de espejos. Me puse a orinar al lado de dos tíos que me miraban la polla sin parar.
-¡Qué grueso el caño papito!-me decía un chaval. Entonces salí rápido de ahí y me fui a pedir otra cerveza. Estaba entrando en un estado de trance. Veía todo de colores y no sabía bien hacia donde me dirigía.
Eran las 4:30 de la mañana y yo ya no veía nada, me había tomado más de 10 cervezas más otros tragos, entonces me abalancé sobre un par de culos y empecé a echarle manos al asunto, no me acuerdo realmente que pasó después, solo que me recosté en un sillón de por ahí y me quedé totalmente dormido. Mi hermana y Carlos ya no estaban por ahí. A eso de las 6 de la mañana un guardia me sacó de una patada a la calle, pero yo seguía sin encontrar a mi hermana y a Carlos. Me quedé dormido otra vez allí, al costado de la calle. Fue a eso de las 8 de la mañana que ellos me encontraron durmiendo al lado de un tacho de basura, completamente ebrio, entonces me levantaron, me sacudieron el culo y la camisa llena de tierra que llevaba, y me invitaron a tomar un café. Yo no podía caminar recto entonces ellos me arrastraban. Llegamos a una estación de servicio y Carlos me pidió un café con leche. Al primer sorbo que di, vomité todo. Yo odiaba la leche, pero Carlos no sabía. Se lo perdoné. Así fuimos hasta mi casa andando, yo iba arrastrándome por la calle, ebrio hasta la médula.
Cuando entré a mi cuarto vomité todo sobre los cables de electricidad. Casi me quedo pegado al querer limpiarlos, sabía que no lo iba a conseguir, renuncié y caí rendido otra vez a mi cama. A la media hora me desperté y no me dio tiempo a ir al baño, así que vomité otra vez sobre mi cobertor y sobre mí mismo. A eso de las 9 y pico de la mañana llegó mi padre para buscarme e ir de viaje, junto
a mi hermana. Yo ni me acordaba que tenía un viaje pendiente con ellos. Me levantaron de la cama como pudieron y me preguntaron si iba a dejar todo sucio lleno de vómito en mi habitación, a lo que yo les respondí:-Si estamos pagando para esto, ¡qué les den por el culo!-Salí medio cojo de allí y nos dirigimos al auto. Me daba vueltas la cabeza de una forma increíble. Entonces traté de dormir.
Mientras tanto, Carlos jodía en un motel con un travesti de América. La cosa venía cada vez más jodida. El travesti se había percatado que la polla de Carlos no era verdadera, entonces se la empezó a morder y a jugar con ella. Carlos reía, haciéndose el que sentía algo, de repente sintió un gran tirón y vio la polla y sus cojones dentro de la boca del travesti. El travesti le había arrancado sus partes y comenzó a balancearse como un perro hambriento sacudiendo la cabeza con la polla y los testículos de Carlos dentro de su boca. Carlos quedó paralizado y se puso a llorar. El travesti se incorporó y escupió los genitales de Carlos en el inodoro del motel. Luego tiró la cadena. Carlos buscó su chipote de policía para darle un azote al travesti, pero el travesti reaccionó nuevamente y envistió contra Carlos, le dio una paliza atroz. Llegó la policía al motel y los dos fueron intervenidos. Al mes me enteré que Carlos se había fabricado una nueva polla y testículos de plástico. No tenía suficiente dinero para pagar nuevamente la fabricación de nuevos genitales que se usaban para el cambio de sexo. La naturaleza lo había traicionado nuevamente. Mientras, yo seguía borracho y con la mayor resaca dentro del auto de mis padres. Vomitaría nuevamente al mediodía, cruzando el hito de las tres fronteras.
Si de algo estaba seguro, era que no quería ser policía nunca en mi vida.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 29.04.2013.

 

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