Angel Negro

Marcel Jofré y Mariquita Concha Fernández

 

Por aquellos tiempos el conservatorio era una completa anarquía. Se metía quién quería, y como quería. Hasta venían guasones con capa y ametralladoras, conduciendo sus enormes motonetas, y cuando entraban dejaban un olor a humo increíble. Estos eran los alumnos del Conservatorio Juan López bolas de melón, mientras que sus profesores tampoco se quedaban atrás, había viejos fantasmas rojos repartiendo votos políticos. Lo más curioso era que los votos eran todos para una misma lista. Aparentemente la gente quería salir de la anarquía y ser gobernados por un tirano. En todo caso, yo pensaba, la anarquía era mejor.
Pero en fin. Viene a mi memoria que ahí dentro había un retorcido alumno de piano llamado Marcel Jofré, al tipo se le daba por conocer y saber cuánto pito pasaba en aquella institución, y como en aquel tiempo las aulas se prestaban a cualquiera que venía, sea alumno o no, el tipo se iba siempre a estudiar recorriéndose todas las aulas de aquel conservatorio. Se lo veía siempre subir con cara de psicópata, persiguiendo a una o varias tías de por ahí. A veces se le daba por detener e interrogar a muchachos también. Marcel les decía:-Ey, tío, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿De dónde eres, qué haces? Es que me gusta conocer gente, sabes… Luego seguía su camino, pero paraba más o menos a unas diez personas antes de ubicarse en un aula a estudiar. Además tenía la manía de mentir y hacerse pasar por otras personas o disfrazarse de mujer, en algunas ocasiones. El tío era un enano retacón, medio regordete, con una nariz cuadrada y grande, el cabello negro peinado hacia atrás a lo Presley y de piel blanca como la leche. Sus rasgos eran siniestros, silenciosos, hábiles, igual que sus cortas manos, tenía los dedos gordos y pulidos.
Marcel se metía en un aula a tocar el piano y luego de media hora se levantaba a ver si venía alguna muchacha para poder platicar. Cuando nadie aparecía, aprovechaba y paraba a algún tío para preguntarle gilipolleces, y cuando no pasaba nadie por ahí, se
quedaba aguardando en la esquina de los pasillos mirando fijamente al baño, y perdiendo la mirada en los espejos.
Me acuerdo que el conservatorio estaba siempre repleto de estos enajenados, en especial de mujeres. Había una tal Mariquita Concha Fernández, era una tía gorda, bajita, de rulos, con ojos saltones, y una cara de ET que daba miedo. La tía siempre molestaba en las clases y tenía la particularidad de hablar muy alto e interrumpir a los profesores a cada 2 minutos. Mariquita estaba medicada por el psiquiatra y siempre contaba acerca de sus tratamientos, todo lo que podía y lo que no podía hacer también te lo contaba. Ante cualquier reto y pelea con alguno del conservatorio, la tía se ponía a llorar como una auténtica gilipollas, gritaba y aullaba por todo el puto conservatorio, hasta que tenían que venir los ordenanzas a ver lo que estaba sucediendo. Luego se calmaba y se iba de la clase maldiciendo a todos. Mariquita caminaba rengueando y también, al igual que Marcel, era un pesar, ya que paraba e interrogaba cosas a todo el mundo. Todos huían de ella ahí dentro. Tenía también la manía de que cuando veía a un hombre que le calentaba el chocho, ella misma lo paraba y se le tiraba encima, tenía un verdadero caudal de estrógeno.
Me parece que fue hace unos cinco años atrás. Marcel Jofré se escondía detrás de la puerta de un aula, mientras que Mariquita subía las escaleras camino a alguna de sus clases. El tío salió de repente de detrás de la puerta y Mariquita se asustó.
-¡Ay! me asustaste. ¿Quién sois?-exclamó ella.
-Me llamo Pedro Juares, ¿y tú?
-Mari…Mari…Mariq..quita…-la tía tartamudeaba y le empezaron a venir una especie de convulsiones que la hacían mover de acá para allá, en eso se puso de espaldas contra la pared y continuó moviéndose para todos lados. Marcel se ubicó en el piano y empezó a tocar la sonata en Si menor de Liszt, con aquel tema sombrío de la introducción, el tema del demonio, del destino, del mal augurio, cíclico, cíclico, una y otra vez. Marcel tenía a su víctima acorralada, de repente dejó de tocar, se levantó y se abalanzó contra Mariquita.
-¿¡No, qué ha… haces!?-la tía todavía sufría algunas convulsiones y seguía tartamudeando.
-Nada tontita, Pedro te va a cuidar. Mira cuán lindo es mi hijo serpiente.
-Bast… ta, noo, po… por… favor.-clamaba la tía con miedo, susurrando.
-No te asustes tontita, sólo voy a cuidarte un poco.
Marcel cerró la puerta de aquella aula con llave y se fue directo a ahorcar a Mariquita, colocó sus dos manos sobre su cuello y la empezó a lamer. El tipo le lamía la cara, luego la empezó a desvestir, ahí de parada. Desde alguna otra aula se escuchaba el opus 11 de Schoenberg. Mariquita estaba congelada de miedo, su coño estaba seco y estaba a punto de cagarse encima. Marcel le seguía lamiendo el rostro desesperadamente, sus ojos se clavaron en el pecho de Mariquita y de un tirón le rasgó su blusa, luego se desabrochó el cinto y dejó caer sus pantalones marrones al suelo. ¡Clan!-sonó la hebilla de acero de su cinto, sacó su amigo serpiente y sin ningún tipo de preámbulo embistió contra Mariquita. Schoenberg dejó de sonar. Había un poco de silencio por ahí, pero se seguían escuchando algunos pasos de profesores por el pasillo. Marcel colocó a la tía sobre una mesa del escritorio y la penetró otra vez con todas sus fuerzas. Mariquita lloraba, su pobre chocho cuadrado chorreaba algo de sangre, le costaba segregar fluidos, mientras que Marcel la embestía una y otra vez. También le daba azotes en su cabeza. Después de un rato, el tío se aburrió, le tomó la cabeza y la sacó afuera por la ventana. Allí le hizo ver la carretera desde un 4º piso, mientras él la seguía embistiendo salvajemente. Ahora sonaba Ligeti de fondo con “Escaleras del diablo”. Mariquita estaba resignada, sin embargo después de unos minutos comenzó a ponerse agresiva y a segregar un líquido blanco y espeso de su boca, entonces escupió hacia la calle y empezó a morder a Marcel.
¡Ahhhhh, loca de mierda!-gritaba el tío. Mariquita le había arrancado un pedazo de piel de su brazo, Marcel se la tuvo que sacar del culo, y como una hambrienta tigresa, la tía tomó al chaval del cuello y clavó sus enormes dientes sucios y llenos de saliva
epiléptica en su yugular. Marcel cayó al piso gritando de dolor, la mesa estaba manchada de sangre, Mariquita gritaba y lloraba con odio y rencor, entonces empezaron a luchar en el suelo. Marcel tenía los pantalones bajos, Mariquita también, ambos estaban en ambas condiciones, se mordían, se atizaban, luchaban entre sí, hasta que la tía le agarró los cojones y se los arrancó del lugar, tirándoselos a la calle. Los cojones de Marcel cayeron sobre el techo del estacionamiento del conservatorio, el tío después se desmayó, y Mariquita intentó tirarse al vacío, allí fue cuando uno de los encargados entró al aula rompiendo la cerradura trabada por Marcel.
Llevaron de inmediato al tío al hospital y a Mariquita la libraron del suicidio. Suspendieron al tío por un mes del conservatorio, pero a ella la dejaron seguir estudiando, luego de haber tenido que ir también a un ginecólogo y a varios otros especialistas.
Lo peor de todo el caso fue que ahora no nos prestaban muchas más aulas para estudiar, a causa de este cabrón hijo de mil putas. Para ir a pedir y que te presten un aula, ahora tenías que firmar y dar tu número de documento, y si veían que anteriormente no habías hecho una nota de petición para que te presten las aulas, te negaban la entrada rotundamente.
Luego de las elecciones, ganó un partido comunista por ahí y las cosas empezaron a empeorar, ya no llegaban los guasones en moto, y tampoco había tanta gente pensante por ahí. ¿Dónde estaría ahora en este momento Juan, el compositor de música para tugurios, Adrián, el borracho? ¿Y qué de Crosti el tarambana?
Después de haber pasado un mes, Marcel me detuvo justo en las escaleras del conservatorio y me preguntó:-Oye tío, te conozco, sé que tienes alguna clase de rola con Mariquita Concha Fernández, dímelo: ¿tienes algo?-yo lo miraba fijamente sin decir nada, hasta que me harté y comencé a gritarle:-¡Nunca más me vuelvas a preguntar nada cabrón, que me estás faltando el respeto coño! Mientras que yo me moría de vergüenza por si alguien había
escuchado que yo salía con aquella oligofrénica. ¡Cristo, líbrame de los locos y la mierda!
Entonces subí las escaleras del diablo y nunca más volví a ver a Marcel. Era un lindo día viernes y la cueva de al lado estaba abierta, así que después de clases me metí a comer una milanesa y a tomarme una cerveza con Ligeti. Seguramente los locos seguían hablando y fornicando por aquél lugar.
 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 25.04.2013.

 

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