Rafael Trujillo Navas

Tacones divinos

El olor a menta me hace vomitar hasta que la tripa se me queda limpia y llena de aire como un globo. Eso me ocurre debido a esa loción llamada Floïd del color del ron. Deja un resabio mentolado en la atmósfera que la hace irrespirable. Aún la usan algunos hombres de barbas duras y los barberos de otros tiempos como Cleto Morales que la tiene sobre una balda de cristal. Es fácil reconocerla porque en la etiqueta naranja tiene escrito con letra muy rara el nombre de Floïd. También ayuda saber que en la etiqueta hay un hombrecillo peinado hacia atrás de aspecto feliz, con la cabeza descansando sobre un paño blanco de barbero. Es un hombrecillo genuino, pasado de moda, de los que no suelen verse en ningún sitio salvo en esas películas en blanco y negro que tanto le gustan al muchacho de las gafitas de abuelo de la planta baja. El hombre de la etiqueta tiene las pestañas muy espesas y está como recién afeitado a navaja. Una mano de un barbero invisible le da como una palmadita refrescante en la cara mientras que con la otra le echa una lluvia de gotitas mentoladas de un bote de Floïd. A mi me disgusta ver esos botes y sobretodo a su cargante hombrecillo anticuado. Yo le hablo a distancia o le hago señas con muy mala leche. Otras veces pongo la voz ronca o la voz rabiosa para insultarlo por guardar tanto parecido con ese que sale con mi madre.
     He seguido sus pasitos y la he visto sentada en el banco de la parada del circular. Mira la hora en su reloj de esfera malva, se pone el espejillo enfrente de los labios y al poco se levanta y se pega al bordillo. El coche azulina conducido por ese hombre estaciona con el motor arrancado hasta que ella está en el asiento trasero y cierra la portezuela. Otras veces sus pasos me han llevado al Hotel París, algo lejos para ir andando encima de unos zapatos de tacones de pincho. En un soplo la puerta giratoria del hotel me la roba hasta la madrugada.
   He aprendido a saber cuándo subirá a ese coche o llamará a la puerta de una habitación donde la esperan. Lo he sabido por su mirar húmedo. Esos días, antes de irse pasa mucho rato a mi lado y me besa de repente hasta hacerme daño. Me habla mucho y en voz muy alta si estoy en otro cuarto. Le importa una mierda los golpes en la pared de la papona de al lado.
   También me doy cuenta de su cita porque mi padre se comporta de una manera distinta esos días. Si ella se encuentra en el piso, mi padre está como si acabasen de reñirle por una fechoría. Pone la lavadora y le quita el polvo a los muebles. Apenas intercambia algún trino con sus canarios flauta. Calla y sus ojos de mago apenas se quedan quietos en los míos.
   En ocasiones se citan levantando una ceja en dirección al cuarto de la plancha. La oigo sorber por la nariz porque los dos tenemos esa forma tan curiosa de llorar, sorbiendo por la nariz. Aprieto mi oreja a la pared empapelada y la oigo decir que se va a morir de asco. Pero mi padre bisbisea como una culebra de río.
   Ella guarda todos los jabones antes de verse con el hombrecillo de cuerda. Le aterroriza el hecho de que me coma el jabón a bocados o me atragante con la tierra de las macetas como cuando era más niño. Ella no sabe que lo hago porque me gusta ver sus dedos convertidos en el pico de un pájaro hambriento. La semana pasada se puso muy nerviosa al verme con la boca llena de jabón. Estaba poniéndose sombra en los ojos frente al espejo del cuarto de baño. La barra de labios y la cajita de sombras rodaron por el suelo al verme entrar. Se lanzó hacia mí con las lágrimas saltadas, medio desnuda, llamando a viva voz a mi padre. Los dedos índice y pulgar de mi madre se introdujeron en forma de pico dentro de mi boca y la vaciaron de jabón a picotazos voraces.
   A pesar de mis cosas siempre acaba yéndose en busca de esa marioneta vestida con traje. Todavía no he visto bien su cara, pero sí su boca abierta al reír y enseña unos dientes pequeños y separados que parecen piedrecitas blancas clavadas con maldad en sus encías. La gente de la terraza del bar Plata lo espera por el gusto de verlo andar con mi madre. Marcha por la acera de los veladores lanzando un brazo hacia delante y otro hacia detrás, sonriente, con la cabeza repeinada y brillante como la del hombrecillo de Floïd. Les hace gracia porque tiene los brazos como atornillados a los hombros y porque da unas zancadas tajantes y exactas debido a su mecanismo de cuerda.
   Mientras está con ese hombre las cosas del piso parecen muertas. Los muebles y los cuadros y las manzanas van tomando un color amarillento. Entonces casi todo cae en el silencio. A mi padre, como he dicho, le pasa al contrario de cuando ella está aún con nosotros y sabemos que ese día le toca. Él no deja de hablarme aunque me vea llenándome la cabeza de música y tiritando de frío. Veo sus gestos de llamada y el movimiento insonoro de sus labios mientras la voz de Eminem se expande en mi cabeza. A veces con mano enfadada tira del cable enchufado a mi oído y sus palabras se me hacen patentes. Necesita un espectador para sus juegos de magia aunque ese espectador sea tan miope como yo y lo mire tras dos gruesos cristales.
   Cuando ella está con ese tipo el frío me mata aunque el Sol pegue de lleno sobre la fachada del piso. Desde el sofá le quito toda la voz a la tele y presencio el repertorio de truco de mi padre. Pasa muchas horas ensayando por si lo llaman para animar alguna fiesta. Debe parecer que los pañuelos de gasa de colores y las bolas de billar americano se esfuman entre sus manos e inesperadamente vuelven a ser recuperados de la nada gracias a sus dedos de mago. A veces sus trucos son evidentes incluso para un cegato.
   Para sobrellevar la espera, salgo solo o en compañía de mi padre. Paseamos sin rumbo y sin prisa. Le gusta ir conmigo esos días pero me mira de reojo y se avergüenza un poco de llevarme a su lado con tanta ropa y los labios morados. Recorremos el centro comercial y algunas calles de alrededor del Hotel París. Le gusta hablar de fútbol y de canarios con Cleto Morales. En la barbería de Cleto reconocí ese olor a menta y descubrí la carita en el bote de Floïd, por eso apenas entro y si lo hago es para insultarlo. Prefiero quedarme fuera mirando el picoteo de las palomas color tormenta sobre las grandes losas de la plaza.
 Solemos sentarnos alrededor de una de las mesitas de mármol del Café León, bajo el toldo de rayas. Cuando anochece y las copas de las moreras hierven de pájaros somnolientos, desandamos el camino hasta el piso. Las pulsaciones se me van a la garganta porque pienso que ella va estar sentada en el salón, esperando. Pero ella es la esperada tanto por ese hijo de puta como por nosotros. Mi padre silba y trina desde la escalera y los canarios le contestan. Le quedan ganas de hacerse un bocadillo y tomárselo sobre la mesa de la cocina. Pero yo no puedo ni dar un paso. No puedo comer, ni abrir un libro ni engancharme al blog de Gringo Chicote. Me quedo sentado mirando la tele y envuelto en la manta beige. Después de horas, muy de noche ya, la mano del mago Venzalá me guía hasta el dormitorio, me desviste y me arropa. Bajo las sábanas noto el paso de mi sangre convertida en nieve roja. ¿Qué le habrá hecho hoy?, ¿qué se habrá dejado hacer por propia voluntad o vencida?, ¿lo desea aunque no lo sepa?
   El tiempo transcurre con la velocidad del aceite. Mi padre sigue despierto ¿Qué sentirá el mago? Los ojos quieren cerrarse. Los párpados se rozan, se tocan un poco más, caen pesadamente uno sobre otro y vuelven a abrirse. Ahora sí. Es el tictac de sus divinos tacones en el descansillo de la escalera. Oigo cada giro de la llave en la cerradura. El prolongado bisbiseo de mi padre, sus palabras de consuelo apenas inteligibles. Con mi oído recorro su trayecto por el piso. El chorro del grifo del cuarto de baño, la digestión de las tuberías. Al cabo de un instante la doliente queja de la puerta de la alacena. En una de sus repisas están las medicinas.
   Sudoroso y descalzo entro en el salón. El vaho mentolado me arranca la primera arcada. Mi padre está de pié con las toallitas y la pomada en las manos y ella bajo la luz de la lámpara con la blusa entreabierta y sin pintar. Hunde la cara sobre la orejera del sillón y me dice con la mano que me aleje. Vete, por Dios. Le duele que la vea de nuevo así, con la cara desfigurada de moratones.
                                

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 30.03.2013.

 

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