Andrew Alston

Desde La Terraza

La fiesta apenas había empezado cuando Andrés Torres llegó. El hermoso edificio que se ubicaba a las orillas del río Sena iluminaba la noche mientras las miles de luces reflejaban en las corrientes pacificas del río. A Andrés, no le gustaban mucho las fiestas, pero a la insistencia de su mejor amigo, Paolo Cannavaro, decidió asistir a la fiesta miserable para apaciguar a su querido amigo. Aunque Andrés llegó tarde, Paolo todavía no había llegado.
Por curiosidad, Andrés decidió dar un paseo por los pasillos del castillo monstruoso. Al contemplar la majestad del edificio, Andrés empezó a pensar en su amigo. Desde su niñez, Paolo era el amigo más fiel de Andrés. Su único amigo. El padre de Paolo, el hombre más respetado de Nápoles y pariente del rey Victor Emanuel III, había heredado una cantidad substancial de dinero que, después de la muerte del bendito padre de Paolo, había sido la prevista por las diversas aventuras que Andrés y Paolo había tenido juntos. La madre de Andrés había muerto en el parto. Con su padre, quien venía de un linaje de aristócratas españoles, siempre ausente, Andrés pasó la mayor parte de su tiempo en la casa de su querido amigo, Paolo.
En su niñez, Andrés y Paolo pasaron el tiempo pensando en las aventuras que su mundo inocente provendría. Se imaginaban las calles de Paris, los pirámides de Egipto y las mezquitas de Estambul. Prometieron el uno al otro que iban a viajar por todo el mundo después de sus estudios. Sin embargo, sus planes fueron destruidos con los primeros disparos de la Primera Guerra Mundial. Pensando que la manera más noble para morir sería el defender su patria, Andrés y Paolo se inscribieron en el ejercito Italiano y se fueron a luchar. Fueron separados después de la formación básica y cinco años habían pasado desde que Andrés escuchó algo de su amigo. La guerra terminó y Andrés regresó a casa, esperando averiguar las malas noticias concerniente a Paolo. Tanta fue su sorpresa al ver a su amigo, Paolo, esperándole en el portón de su casa, que Andrés derramó lágrimas de alegría. Paolo había regresado después de recibir un bolazo en la pierna derecha. A pesar de todo, Paolo era el mismo, a excepción de una leve cojera que era apenas perceptible. Juntos de nuevo, los dos amigos empezaron a elaborar designios para viajar por todo Europa.
Ahora, después de unos años de viajes y emoción, los dos se establecieron en un barrio muy burguesía a tres cuadras del Arco del Triunfo en Paris, un maravilloso símbolo de su juventud. Últimamente, Andrés no había visto mucho de su amado amigo, debido a que Paolo había conocido a una mujer francesa encantadora. Se llamaba Marion Canet.
Al admirar la grandeza de los techos altos, Andrés oyó su nombre.
“Andrés! Eres tú?”
Andrés dio una vuelta y vio a su amigo con su bellísima novia a su lado. Marion siempre tenía una expresión como si estuviera ocultando un secreto y disfrutaba ver la angustia de las personas que querían obtener la respuesta. Su cabello, café y corto, enmarcaba su cara de una manera que exageraba su belleza. Picasso, mismo, habría dado cualquier cosa por tenerla como musa.
“Sí, lo es! Ven para acá, hermano! Estábamos esperándote,” dijo Paolo.
Andrés sabía que eso era mentira, pero con una sonrisa, saludó a sus amigos. “Vamos a entrar,” dijo Paolo, “podemos hablar con esa deliciosamente torpe hermana de Don Antonio.”
“Podéis ir, vosotros,” contestó Andrés, “necesito ir a la terraza a fumar.”
Con una mirada de entendimiento, y sin contender, Paolo señaló a Andrés que se le reuniera después. Tenían que hablar de cosas importantes. Andrés confirmó con una mirada y se dirigió hacia el balcón. La dulce pareja se fue, riéndose, para hablar de otros temas con sus nuevos amigos opulentos.
Andrés llegó a la terraza y encendió su cigarrillo. Ya sabía de que quería hablar, Paolo. Se dio cuenta hace dos semanas cuando leyó la carta que la madre de Paolo le había mandado. Su madre le dio permiso para casarse con Marion, pero, como cada madre italiana haría, ella le advirtió en contra de las formas astutas de mujeres franceses.
Con vistas sobre el río Sena, Andrés notó cómo la corriente se movía pacíficamente por la ciudad. Le recordó de los momentos sencillos que había pasado con su amigo. Todo cambiaría ahora. Todo ya cambió. Su amigo no era lo mismo. Estaba enamorado. Por la primera vez, Andrés no era parte de cierto aspecto de la vida de su querido Paolo. Se sintió solo aún estando en medio de tanta gente. Andrés deseaba la felicidad de su amigo, pero no quería ser reemplazado por una mujer, mucho menos una francesa. Fue entonces que Andrés se dio cuenta de la paz del río Sena. Anhelaba tener la paz que no podía alcanzar desde su niñez. Había estado en cada país entre el Mar Muerto y España en búsqueda de la paz que apenas encontró en el río Sena desde la terraza de éste edificio magnífico. Ahí estaba su paz a pocos metros de la terraza en el fondo del río.
Paolo y Marion oyeron un grito, pero al girar la cabeza hacia la terraza, no vieron a nadie y siguieron hablando con sus nuevos amigos.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 16.02.2013.

 

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