Eduardo Dip

El río

Inquieto, pero paralizado. Decidido, aunque tan dubitativo como temeroso. Pensativo por momentos y de inmediato con la mente en blanco. Con mi dura personalidad a cuesta y al mismo tiempo con un vacío en todo mi ser que me desorientaba desmedidamente.
 
De este modo me encontraba frente a este río que, sin motivo alguno, debía cruzar para seguir viviendo.
Desde su profundidad dudosa y tumultuoso torrente parecía desafiar mi inteligencia, por lo que comencé a prestarle mayor atención y agudizando mis oídos en su ruidoso caudal, imaginé escuchar algo. Palabras en forma de frases quizás, pero evidentemente, fuese lo que fuese, estaban dirigidas a mí, aunque mi alterada precisión interpretativa no alcanzaba a traducir de su idioma uniforme y perdurable, en donde hasta su imperceptible silencio parecía estar hablándome; pero este ignorante conocimiento humano que en forma cíclica, como en este caso, nos suele detener en alguna bifurcación de caminos sin saber si hay uno correcto y otro equivocado, me retenía inmóvil con temor y duda.
 
De repente, como en un accidente en donde en unos segundos tu mente rebrota imágenes remotas y escondidas de tu pasado, reviví ciertos momentos de mi vida, desde algunos tan triviales como risueños, hasta otros de gran trascendencia, esos que te dejan una marca, sea de felicidad o de amarga tristeza, pero que al fin y al cabo dejan su sello en tu ser.
 
Y fue así, en ese mismo instante en que pude comprender lo que este río interno me estaba diciendo repetitivamente, como si le hablase a un niño de ocho años en términos facultativos, o en una extraña lengua ya inexistente.
Pero ya no debería reiterarlos más. Hasta casi hubiese podido dialogar con él, pero no era necesario. La claridad de sus dichos eran de una relevancia absoluta y una simpleza que no merecían comentario alguno, y mucho menos un intercambio de opinión que opacase esta verdad  que se me revelaba como un secreto a voces, conocidos por pocos, ignorados por el resto.
 
-La duda y el miedo existen solamente en tu mente, mientras tu cerebro incurre en elucubraciones inexistentes-
 
Lo oí tan claro como su misma agua que no dejaba de correr hacia su próximo destino. Y me había hecho pensar unos segundos, pero su siguiente y última frase no me dio tiempo, espacio ni lugar, y me sacó de mi elíptica órbita y su repetitivo recorrido, que con sus más y sus menos, nunca cambia.
 
-No es el río el que has de cruzar el que ahogue tu cuerpo ni tu alma. La misma tierra que pisas con firmeza es capaz de hundir tu espíritu, tu memoria y hasta estremecer tus pensamientos hasta dejarte sin respiración-
 
Y finalmente me gritó: -Si me cruzas sin temor, comenzará tu vida-.
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 09.02.2013.

 

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