Nabetse Selbonarg (Yury Esteban Escobar Grano

EL AGUA BENDITA DE LOS POBRES

EL AGUA BENDITA DE LOS POBRES
 
FRACCION UNO
 
Armando Puertas caminaba presuroso a casa.   Era de noche, pero iba tranquilo por la solitaria calleja.
Miro su reloj: Cinco estrellas automático, que le regalara su padre al cumplir veinte años.  Ocho menos de los que ahora  tenía.
La blanca esfera le revelo la hora: Once y treinta de la noche.
El aire de la calle, caluroso por el verano, le produjo cierta desesperación por llegar.
Llego hasta una esquina y se detuvo a encender un cigarrillo. 
Maldito vicio. 
Nunca entendió el gusto de gastar el dinero aspirando y lanzando humo al aire.
Hasta que lo aprendió y ya no pudo dejarlo. 
Porque era tan pegajoso como la gripa y tan constante como el cáncer. 
Miro atentamente la solitaria calle: Larga y llena de edificios semejantes. 
Solitaria.
Muy común y muy corriente.
Una calleja más.
 
 
 
FRACCION DOS
 
La luna, en esa época del año, estaba bien redonda y daba una perfecta claridad a la ciudad.
De pronto fue sacudido por una mezcla de escalofrío y pánico.
Observo que desde el edificio ubicado a su diagonal derecha, caía una mujer desde la ventana de un cuarto piso.
La muchacha, en la eternidad de aquel instante mortal, alcanzo a proferir un espantoso grito, que más pareció el alarido de un prehistórico monstruo herido.
El alarido de muerte quedo ululando en la claridad de la noche y en el silencio de la solitaria calle.
Armando Puertas no supo que hacer.  Porque la naturaleza humana es débil en estos casos.
Estaba tan asustado como una llama al viento.
Armando se tomo la cabeza con las manos y empezó a gritar: “¡Auxilio!”, al tiempo que se acercaba a tratar de ayudar en algo.
En ese momento, un segundo cuerpo caía al vacío desde la misma y siniestra ventana.
Un nuevo alarido lleno la solitaria calle.
El cuerpo casi le cae encima.
Un impacto violento.  Como el de una piedra al chocar contra el fondo del rio.
El cuerpo cayó como un fardo de ropa sucia.
 Armando pensó que aquello era cosa de locos, mientras su cerebro se confundía y se preguntaba: “¿Que está pasando aquí, Dios mío?”– Y seguía gritando: “¡Auxilio!... ¡Auxilio!”.
El ruido producido por los golpes secos de los cuerpos al caer sobre el pavimento, los gritos de Armando Puertas y los alaridos de las victimas, hicieron que las ventanas de los edificios de la cuadra se llenaran de rostros somnolientos, antes de que llegaran los agentes representantes del Orden y la Justicia.
Estos apartaron curiosos y enviaron a las dos muchachas en una sonora ambulancia.
La siniestra ventana era señalada por centenares de dedos acusadores y las conjeturas acerca del suceso empezaron a circular.
Era algo inevitable.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
FRACCION TRES
 
Allá en el apartamento de Zacarías Piedras Del Rio, aun se palpaba el halito angustiado de las pobres mujeres suplicantes y del individuo que minutos antes se convirtiera en una especie de King Kong capaz de lanzar a las dos muchachas por la ventana.
Ahora se había transformado en un niño grande y asustadizo.
Que cerraba las puertas. 
Que apagaba las luces. 
Que buscaba los rincones.
Sin darse cuenta aun de lo que había pasado.  Tambaleante. 
Como amnésico, después de ejecutar tan abominable hecho.
En ese momento se sentía acosado teniendo a la muerte como compañera.
Y abajo sobre el pavimento, y a su alrededor, todas las cosas como mirándole.
Como acusándole.
Tuvo ganas de lanzarse al vacío.  De meter su cuerpo por el mismo hueco de la siniestra ventana y acabar allí mismo.
Sobre la vía.  Ensangrentado.  Con los huesos rotos.
Igual que como estaban ahora las dos chicas que antes fueron su compañía en el apartamento.
Antes de que llegara la visita de aquel blanco fantasma que era la muerte.
 
 
FRACCION CUATRO
 
Zoila Mesa tuvo cierto temor.
Cierto  presentimiento antes de subir la escalera de emergencia para visitar a Zacarías Piedras Del Rio.
“Tengo miedo.  No entremos compañera.  Tocaya, a mi ese hombre me da mala espina”, le había dicho a Zoila Rueda.
Su “Tocaya”.
Estaban hablando abajo, ante la escalera del modesto edificio y ambas se habían detenido a pensarlo un momento.  Y la incertidumbre se había apoderado de ellas.
Pero fue la necesidad la que las impulso hasta el interior.
La angustia de ver a sus hijos llorando de hambre.
Unos hijos abandonados por el padre.
Ambas subieron rápidamente las escaleras de emergencia y cuando tocaron a la puerta, no sabían que iban a pasar la puerta más peligrosa del mundo: La muerte.
Y era por pura necesidad que las dos muchachas iban a cumplir con aquel “Encargo”.
Pues ellas debían responder por sus familias.  Por sus hijos.
Y era por pura necesidad que las jóvenes iban.
Porque la condición de los pobres es una maldición tan pegajosa como el mejor de los engrudos.
Y de por vida.
¿Qué otra cosa podían hacer sino “levantarse” unos pocos pesos “Fáciles” para los teteros de los niños.  Para los vestidos de los mismos?..
Alguien dijo que así es la pobreza.
Arroja a las pobres muchachas a lo que denominan la “Vida fácil”.
Esa vida que produce ojeras y “guayabos” letales.
Esa vida matrera que las va llenando de hijos y de angustias.
Por eso decidieron subir a visitar a Zacarías.
Ni ellas, ni el presentían lo que iba a suceder.
Todo lo contrario.
Esperaban “divertirse” un poco.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
FRACCION CINCO
 
Cuando llego la Policía, todavía el olor a licor llenaba el ambiente del apartamento.
Los uniformados encontraron la puerta cerrada y al cansarse de llamar, decidieron derribarla.
Frente a ellos apareció Zacarías piedras del Rio con una expresión de niño bobo.
Parecía no darse cuenta de nada de lo sucedido.
Al mirarlo de cerca vieron que estaba borracho.
Seguramente había estado bebiendo “Agua Bendita” en exceso.
Tal vez las muchachas se negaron a ciertos requerimientos indecentes del hombre, adepto a la lectura pornográfica en extremo.
Lo cierto fue que hubo discusión acida, ofensas agrias y golpes salados.
Y que Zoila Mesa y Zoila Rueda fueron arrojadas desde un cuarto piso.
“Volando” hacia una muerte segura.
Quién sabe si al caer, la infortunada chica Rueda alcanzaría a pensar: “Tenía razón, tocaya… No debimos entrar”.
Y finalmente el golpe absurdo.  El golpe del cuerpo contra el pavimento.
El golpe de la pobre vida blanda contra la muerte dura.
 
 
 
 
FRACCION SEIS
 
 Zacarías Piedras del Rio despertó con un fuerte “guayabo”.
Miro al techo esperando reconocer el cielo raso de su apartamento y solo encontró una pared oscura. 
Húmeda y tenebrosa. 
Una pared de cárcel.
No recordaba nada pero poco a poco se fueron despejando sus densas nubes mentales.
La inmensa laguna del alcohol iba haciéndose navegable y en sus idos empezó a sonar un pito infernal que remedaba los espantosos alaridos de las dos mujeres al ser lanzadas desde su ventana.
Sin embargo, él no sabía con certeza a que pertenecían aquellos gritos que lo acosaban.
Cuando le contaron lo que había hecho, no tuvo más remedio que echarse a llorar como un niño cuando pierde su mejor juguete.
Y él había perdido algo más valioso.
Su Libertad.
 
 
 
 
 
 
 
 
EPILOGO
 
 
Armando Puertas termino de relatar los hechos de la noche anterior a su compadre y se acomodó mejor en el asiento.
La noticia manchaba totalmente la primera plana de los principales medios informativos de la ciudad y sus contornos.
Al fin y al cabo, de esos sucesos se mantienen estos medios: De las desgracias ajenas.
Estaban sentados en un costado de la modesta sala sobre destartalados asientos de madera.
-El trago… ese veneno que se mete en el cuerpo de los hombres y los transforma en salvajes.  Los convierte en bestias que se matan por nada. Cuídese de el compadre- dijo Zenón Bustos al tiempo que tomaba un sorbo de su cerveza.
-Así es compadre.  Y luego el llanto no es la fórmula que sirva para resucitar a los muertos ni para borrar los golpes- concluyo Armando Puertas, mientras con su pañuelo limpiaba una lagrima de la mejilla izquierda.
Allá afuera, el sol dejaba ver sus últimos rayos y un perro ladraba lúgubremente en la calle solitaria y su sonido se perdía con las primeras sombras de la noche.
Al día siguiente, alguien leyó en un periódico que dos compadres borrachos habían reñido la noche anterior.
También leyó que uno había muerto y que el otro estaba detenido llorando en la cárcel.
La noticia se rego como pólvora por todo el pueblo y sus alrededores, pero los nombres prefiero omitirlos.
 
NABETSE SELBONARG (Yury Esteban Escobar Granobles)                                      El Cerrito, Valle, Enero 02 de 1983.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 25.01.2013.

 

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