Rafael Rodrigo Domenech

TOÑO, EL PASTORCILLO DE LA MONTAÑA.

      La tarde, soleada y apacible de aquella jornada otoñal, invitaba al paseo o a la práctica de algún deporte.
      De otro lado, el estrés causado por toda una semana de incesante quehacer burocrático, me hacía aconsejable dedicar la tarde al asueto.
      Convencido por la idea, partí de casa con el único propósito de alejarme andando por cualquier camino sin, de antemano, prefijar ningún destino.
 
      Habiendo llegado a los arrabales del pueblo, vi ante mí, serpenteante y polvoriento, el camino rústico que, entre la arboleda y el erial, se dibujaba hasta perderse a lo lejos.
      Hacía tiempo, reconozco, que no había frecuentado aquellos parajes que de niño tantas veces recorriera.  Parecía como si el tiempo apenas hubiese pasado en este recóndito trozo de tierra donde, prácticamente todo, se conservaba semejante a como era años atrás.
      Hasta la vieja casona abandonada, de paredes agrietadas y salobreñas, permanecía semiderruida como queriendo negarse a caer por los suelos.
      De la arboleda, situada en la vaguada,  todavía provenían los trinos acompasados de los pajarillos que, entre sus ramas, encontraban cobijo.
 

      Desde este lugar, percibíase ya el susurro de las aguas del río al deslizarse, tímidamente, sobre su cauce, formando pequeños remansos en cuyas orillas crecían arracimados los juncales, como verdes lanzas apuntando hacia los cielos.

      Una vez allí, pude comprobar que sus aguas no eran ya aquellas aguas cristalinas que antaño reflejaron nuestra imagen como si de espejos se trataran.  Éstas eran bien diferentes a las de entonces, dado que se hallaban cubiertas por un tupido velo de sustancias nocivas que parecían romper toda armonía con el paisaje.
 
      Un tanto decepcionado por mi visión, continúe la marcha por el cada vez más angosto camino, en dirección hacia el monte que, ante mí, se elevaba majestuoso.   Deseaba llegar hasta la ladera del mismo, en donde, desparramados caprichosamente, se hallaba pastando una manada de toros.
 
      Ya en ese lugar,  pude contemplar, bajo la sombra de un algarrobo centenario, la figura cenceña y desgreñada de un pastor, ya metido en edad, que advirtió mi presencia.
      Acercándome hasta él y tras saludarle, me dispuse a contemplar no sin cierto agrado, la estampa brava y legendaria de aquellas bestias en su entorno natural.
Opté al fin por sentarme sobre una piedra próxima al punto donde el pastor se hallaba, participando de la charla que con agrado me brindó.
 
      No era frecuente para aquel buen hombre el poder dialogar con alguien, dado que por aquellos parajes era escaso el tránsito de persona alguna y ello era el motivo de que, cuando se encontraba con alguien, diese rienda suelta a su verborrea.
      La conversación, amena y sencilla, empezó a despertar en mí cierta curiosidad pues aquel hombre, lejos de sentirse abandonado en la soledad del monte, parecía como bastantes conformado con su suerte.
 
      Poca era su fortuna y menos sus aspiraciones.   Para él, la línea del monte marcaba su único horizonte, pero se sentía satisfecho de ser el guardián de aquellos 48 animales (que ni siquiera eran de su propiedad), a cambio de lo cual percibía una irrisoria asignación mensual, de la que todavía le sobraba la mitad.   Los pocos vicios que años atrás tuviera, quedaron para siempre olvidados, conservando a lo sumo, como único deseo, el poder degustar aquel vino que quincenalmente le traía el patrón  y con el cual acompañaba sus frugales comidas, ahogando, de vez en cuando, con el mismo sus penas; aunque según él con gracia me afirmaba, rehusaba de beber con exceso el vino, porque cuando lo tomaba en demasía solía ver duplicado el ganado y era difícil tarea para un solo pastor el cuidar de casi “100 reses”.
 
      Toño, que así decía llamarse aquel pastor, casi sexagenario, mezcla evidente de ermitaño y de robinsón abandonado a su suerte, seguía, en cierto modo, el curso de los acontecimientos diarios mediante un pequeño transistor que con celo guardaba en su zurrón y que en la soledad de sus noches se convertía en un compañero inseparable que, a cambio de nada, le ofrecía toda la información de ese mundo un tanto grotesco que a su alrededor se debatía en amenazas, rivalidades y afán de poder y de lucro.   Toño, con su forma de ser y de hacer, era la antítesis de todo ello.
      Era sabedor de que la humanidad, con su ciencia y su progreso, a veces incontrolado, estaba en gran medida transformando (léase destruyendo), cuanto de natural y hermoso le rodeaba.    Por eso, aquel monte todavía incólume, era para él como un privilegio de pocos, aunque las huellas de la degradación empezaban a hacerse patentes en las aguas del riachuelo que bordeaba sus faldas y en donde abrevaban las reses.   Aguas coronadas de extrañas espumas, producto de una pequeña industria que, varios kilómetros río arriba vertía sus residuos de manera incontrolada y que de no poner solución a ello, obligaría al pastor con su rebaño a trasladarse a otra zona para garantizar mejores aguas en donde beber el ganado; aunque dudaba ya de que ese lugar existiera ya en alguna parte.
 
      Toño había recibido una rudimentaria educación pues su origen humilde le obligó desde temprana edad a empuñar las herramientas de labranza con las cuales poder arrancar, no sin cierto esfuerzo, el fruto de la tierra.   La agricultura y el pastoreo, casi siempre en solitario, habían sido toda su vida; por ello, él mejor que nadie, conocía a la perfección, página a página, el contenido del libro milenario que es en sí la propia Naturaleza, sabía de su importancia y grandeza incomparable y que podía obtener de ella cuanto de preciso necesitase.   Conocía las propiedades curativas de multitud de hierbas silvestres; diferenciaba por su trino cualquiera de las especies de pajarillos de la zona y tantas otras cosas más que le hacían destacar como experto conocedor de su entorno.
 
      Se encontraba a gusto allí, y  su sosiego solamente se veía turbado cuando sabía que su amo venía a llevarse, encajonado, alguno de los “toricos” para sacrificarlo en la plaza de algún pueblo en fiestas.    Ello le dolía y nunca llegaba a comprender como, ciertas gentes, podían regocijarse de ver morir desangrado un animal noble que no ataca más que por defensa propia...  o por miedo.   Y es que en alguna ocasión todos deberíamos de ser como ese pastor humilde y cabal, para ver ciertas cosas con claridad, con esa misma pulcritud y pureza que alguna vez llegó a tener el viento, el mar y el cielo.
 
      La tarde estaba llegando a su ocaso.   El sol comenzaba a declinar, entremezclándose con las primeras brumas del atardecer.   Toño se dispuso a reunir el ganado mediante extrañas llamadas a las que prestos acudieron los cabestros, haciendo sonar sus esquilas.   Tras ellos, los toros, vacas y erales, formando negras filas, caminaban, siguiendo la estrecha senda, en dirección a los corrales.
      El manto gris espeso, cada vez más oscuro del anochecer, se cernía ya sobre nosotros.  
      Tuve que apresurar mi marcha de regreso hacia el pueblo, no sin antes despedirme de Toño, de su monte y de su mundo, de ese mundo tan distante al nuestro que, tal vez, algún día no muy lejano, llegue alguien a dudar de si en verdad existió.

                   

 
       
 
 
 
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 22.11.2012.

 

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