Antonio Pérez Ruiz

El joven guerrero

Hakim se ha despertado con los habituales disparos a los que está acostumbrado desde no se sabe cuanto tiempo. Ha despertado, pero no de un sueño reparador de varias horas, que sería lo aconsejable para su edad, no, en mucho tiempo no recuerda dormir, entrecortadamente, más allá de una hora. Se levanta de su improvisado jergón a base de mantas cuidadosamente amontonadas, ya vestido, porque así tiene que ser para el caso de una rápida evacuación o huida, y se asoma a la estrecha ventana. El Sol está saliendo, deduce por la débil iluminación que percibe. Recuerda que es la hora de acudir a su cita. No desayuna, abandona la casa y se dirige al punto de encuentro acordado.

Hakim no va a la escuela, o tal vez si, pero a una escuela distinta, una donde le enseñan a manejar armas, a conocer los explosivos, las municiones y las tácticas de combate. En ella ha aprendido a manejar el AK-47, un kalashnikov ya obsoleto, pero que aún tiene hueco en esta guerra que le ha tocado vivir. A esta escuela se acude todos los días. No hay festivos, ni fines de semana, ni aún vacaciones. Tampoco los habituales recreos donde los niños comparten sus aficiones, juegan, se conocen y se hacen amigos. Aquí, ciertamente se conocen, pero no hay lugar para la amistad, y quizá sea lo más conveniente para ellos. El tiempo es oro y hay que prestar atención a lo único que importa, el conocimiento y manejo de las armas.





Su madre murió recientemente, en uno de los tantos atentados que se producen casi a diario. Su padre vive, pero lo ve muy poco y teme que, quizá algún día no muy lejano, también sea abandonado porque termine cayendo en una trampa mortal. Le ha enseñado mucho y aún lo sigue necesitando. Pero hoy es un día especial en la rutina de Hakim. Es la prueba de fuego, su bautismo de sangre, con el que se consagrará definitivamente como guerrillero junto a aquellos que sean capaces de superar esa última prueba: disparará contra personas, no contra muñecos, dianas o sacos, como se hacía en los entrenamientos. Esta vez las dianas serán móviles, aunque él ya le ha disparado a perros o gatos callejeros, pero lo de hoy no será lo mismo. Está emocionado y no alcanza a comprender lo duro de esa situación: que él también se convertirá en blanco de los disparos enemigos.

Cuando llega se encuentra con sus compañeros de armas. Saluda brevemente y coge su arma. La conoce muy bien, cada una de sus piezas que ya ha visto y memorizado al desmontarla y volverla a montar, sus posibilidades de disparo aunque sea sumergida en líquido, se entierre en el barro, e incluso, aunque sea arrollada por algún vehículo. Tras recibir las órdenes oportunas se ponen en marcha hacia su destino. Sigue al grupo en silencio, al igual que los demás, comandados por su “maestro”. No son muchos, solo cinco o seis chavales, que serán abandonados poco después en un edificio desde el que podrán, y deberán, disparar a los soldados que se aproximen, con la promesa de que alguien, no se sabe cuando, vendrá a por ellos (o a por los que queden aún con vida y puedan moverse por ellos mismos, ya que no podrán cargar con heridos y, en ese caso, serán sencillamente abandonados a su suerte).




Una vez instalados adecuadamente en el vacío edificio comienzan a charlar entre ellos. Saben que tienen que organizarse, distribuirse y defender “la plaza” como si de un auténtico ejército se tratase. Controlarán el acceso por la calle que da entrada a la ciudad. Intercambian algunas bromas para hacer más distendida la espera mientras algunos de ellos ya se encuentran apostados en sus lugares de vigilancia y ponen sus armas a punto, importantísimo, ya que no deben fallar. Poco importa que constituyan un blanco fácil y quizá ellos no hayan percibido lo crudo de esa realidad.

No tarda mucho en aparecer un grupo de soldados a pie. Se acercan al edificio cautelosamente, mirando a su alrededor, respaldándose unos a otros. En el edificio, el grupo de muchachos no se lo piensa y comienzan a disparar “a discreción”. El grupo de soldados, sorprendidos, buscan refugio y, a su vez, responden a los disparos al tiempo que gritan pidiendo ayuda a otros compañeros. El edificio es acribillado a balazos y, pocos minutos después, aparecen los refuerzos, entre ellos, un soldado con un arma mucho más respetuosa al hombro: se trata de un lanzagranadas. Los muchachos comprenden que no tienen nada más que hacer. Parece que solo han logrado herir a algunos soldados y ahora saben que deben retirarse porque el edificio se vendrá abajo en cuanto el arma sea disparada. Emprenden la huida rápidamente, pero ya es tarde. El soldado portador del lanzagranadas ha apuntado y disparado la granada que va directa a la planta donde están los muchachos.







El impacto desmorona las dos plantas superiores y los disparos de los soldados cesan a la espera de resultado. Efectivamente, nadie ha quedado vivo en el edificio, a juzgar por el silencio que reina en el lugar. Esperan un poco más antes de salir de sus escondites y acercarse al edificio para rematar a los heridos. Hakim está atrapado entre los escombros y no puede ver ni oir a sus compañeros, pero un instinto de supervivencia le dice que debe irse de ese lugar lo antes posible. Tiene las piernas dormidas pero consigue librarse de las piedras que lo aprisionan y descubre su AK-47 muy cerca de él. Lo recoge y lo mira por encima. Posiblemente no haya sufrido daños y pueda disparar. Comienza a reptar hacia una salida cuando oye a uno de los muchachos quejarse. Poco puede hacer Hakim por él: se encuentra maltrecho por bloques de piedra que le han caido encima. Lo más probable es que no sobreviva. Comienza a descender por una precaria escalera semiderruida por el impacto de la granada cuando percibe por el ruido y voces la entrada de los soldados que ya han llegado al edificio. Mira a su alrededor en busca de un escondite seguro y decide ocultarse bajo la escalera.

Se oyen unos gritos acompañados por un par de disparos. Seguramente habrán rematado a alguno de sus pobres compañeros que pudiera haber alcanzado la planta baja. Hakim se recuesta en su escondite y prepara su arma. Morirá este día. Quizá no fuera tan especial como pensaba esa mañana, pero lo que sí hará antes de morir será liquidar a todo el que se acerque. También en esos momentos se acuerda de su padre, de como sufrirá con la muerte de su único hijo, tras la pérdida de su mujer, e inevitablemente, unas lágrimas le resbalan por sus mejillas.





Más gritos en la planta baja. Han entrado guerrilleros alertados por el derrumbe del edificio donde saben que se encuentran unos niños enviados allí ese día. El grupo de soldados está acorralado y por retaguardia se encuentran a tiro de Hakim. Es su oportunidad de matar. Pero no lo hace, porque sabe muy bien que en cuanto realice el primer disparo será respondido, incluso antes de que llegue su apoyo, y finalmente, en esa posición de desamparo, terminaría su corta existencia. Los guerrilleros disparan contra los soldados, liquidándolos a todos, y cuando cesan los disparos Hakim comprueba que se encuentra a salvo entre los suyos y alerta que se encuentra allí, bajo la escalera. En contra de las reglas, puesto que solo es uno el herido y pueden cargar con él, uno de los soldados coge al hombro a Hakim y abandonan el edificio.

Fuera Hakim recibe una sorpresa. Su padre se encuentra allí y este, asimismo, comprueba que es su propio hijo el que llega a lomos de su compañero. Se abalanza hacia él, le quita a Hakim y lo coge en brazos mientras llora por la alegría de poder volver a abrazar a su hijo. Las heridas no parecen importantes y puede que en poco tiempo sanen. Después llegará la hora de decidir si su hijo debe seguir en ese lugar o, por el contrario, renunciar a verlo obligándolo a marcharse a otros territorios para mantenerlo vivo, para, definitivamente, alejarlo de la guerra, el sufrimiento y la muerte.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 13.10.2012.

 

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