Héctor de Souza

El crá

Hay quien dice que antes de nacer hacía piruetas en la panza de su madre. A los dos años era un malabarista que empujaba la pelota con los pies sin entreverarse ni perder el control del cuerpo. Reputado por su motilidad, con cuatro años fue reclutado por el famoso Tres Esquinas (club de fútbol del barrio del ferrocarril, que sostenía la dignidad con las derrotas y se granjeaba simpatías por la infalible precariedad), en una temprana incorporación para una época sin marketing deportivo ni contratistas ni representantes de jugadores. Fue con cierto orgullo local que al Lito se lo comenzó a llamar Gardelito, no por una condición peculiar en el canto sino por una naturaleza extraña para desplegar la admiración. El lucimiento lo lograba en el juego, alternando las más sorprendentes fintas con los remates precisos para dar término con audacia a las jugadas que buscaban el arco del rival.
 
Nació en Pirajusar, pueblo sombrío y sin plaza. Era hijo de una lavandera. De chico vivía con su madre, en un decente rancho, a la vuelta del campito de los Baldenegro; desde la esquina podía verse la estación del ferrocarril.
 
En la adolescencia fue el indiscutido centrofóbal del equipo de mayores del Tres Esquinas. Goleador en varias temporadas, los seguidores de la liga ferroviaria le presagiaban un destino venturoso. No había quien dejara de imaginarlo brillando en el combinado departamental; incluso más, hasta en las grandes ligas de Montevideo o Buenos Aires.
 
Quizá Gardelito tuvo ambiciones; desde luego que las habrá tenido. Pero las circunstancias, las oportunidades, acaso su capacidad inadecuada o su incapacidad adiestrada, lo alejaron de las metas, y no bien comenzó a percibirlas como inalcanzables, dejó de inquietarse por ellas para atender con mediocre esmero el andar tropezándose y cayendo por la vida. 
 
Cuando dejó el fútbol, pocos podían creerlo. Tenía veinticinco años.
 
Según habladurías, su hermano menor, el inefable flaco Longaniza, jugaba mucho mejor. Pero, a diferencia de Gardelito, prefería salir con mujeres. Como todo el mundo sabe, la mujer no es buen camino para obtener logros deportivos; más aun: en general la mujer no es buen camino, afirmaba Gardelito, quien refugiaba su proverbial melancolía con amistades de boliche o en las largas tenidas de generala en el rancho del rengo Casimiro. Entre los memoriosos se sostiene que había una mujer joven, entrada en carnes, más bien petisa. Siempre se sintió atraída por la vida de Gardelito. Decía haber encontrado el duende –así expresado, con un vocablo de reminiscencias lorquianas– en la magnética personalidad del futbolista; tan grande era su admiración. Creía que el flaco Longaniza, pese a las mentas, solo tenía el ángel que deslumbra, pero que duende, lo que se dice duende –ese que quema en la sangre y opera mágicamente sobre el cuerpo–, era el don que tenía Gardelito. Encarnaba el areté de los griegos clásicos, insistía en conjeturar. La verdad es que ningún contemporáneo pudo corroborar que tales excelencias cercanas a la perfección adornaran a Gardelito. Tampoco que existiera una musa inspiradora en su vida. Se porfía por muchos la leyenda de que a Gardelito no le interesaban las mujeres. Otros, en cambio, aseveran que terminó viviendo con el rengo Casimiro por despecho a una mujer que nunca le correspondió afectos; sentía el corazón como atravesado por una lanza. Nada de esto se sabe a ciencia cierta.
 
Lo que sí se sabe, y nadie jamás puso en tela de juicio, es que a Gardelito se deben jugadas y regates que han nutrido la riqueza del fútbol: pisada, mondonguillo, tijera, caño, amague, moña o gambeta, apilada, bicicleta, pared, sombrero, palomita, peinada, taquito, rabona; también la chilena. Singularizó los pases, siempre exactos y punzantes. Y, en especial, los remates: el bombazo, la volea, el cacheteo, los tiros rastrón, cruzado, con chanfle y de puntín. Se dice que tenía un taponazo más poderoso y eficaz que el mismísimo Perucho Petrone o, incluso, que el Tigre Pedro Young cuando hizo el gol de la colgada.
 
Más dudas plantean las versiones sobre su apariencia en la cancha. Hay quienes lo refieren como un jugador elegante, siempre peinado a la gomina, erguido en el trotar, los zapatos limpios para el vértigo de una subida al ataque, los pantalones a la rodilla como pintados detrás de una raya. Otros dicen haberlo visto sin garbo, alto y abovedado, sudoroso, con las medias caídas, casi vencidas sobre los pies, con la camisa percudida fuera del pantalón, abierta hasta donde los primeros vellos negros del pecho asomaban, desafiantes.
 
Muchos comentaristas de fútbol en los medios de prensa, radio y televisión dedican horas, días, noches a rememorar las remotas hazañas de Gardelito. Prorrumpen en alabanzas, señalan haberlo conocido y ofrecen –tal vez con excesiva imaginación– indicios poco fiables de sus increíbles filigranas en la cancha. Toda una suerte de charlatanería ha dado vida al mito.  
 
Esas cosas, que parecen de cuento, se han dicho y aún hoy se hablan; no las pongo en duda, aunque sean inverosímiles.
 
De cuento o no, mientras tanto, lejos de las luces exánimes de la crítica deportiva, en Pirajusar, el Lito Moreira, como en sueños deja correr la fantasía de que es otra vez Gardelito. Sentadito en un banquito de madera, junto a la ventana de su rancho, mira hacia fuera por los espacios entre los trapos sucios que hacen de cortinas. Solo, inmóvil, posa los viejos ojos con fijeza en un punto imaginario, y se deja vivir. Evoca el centellear de las jugadas que le sirvieron para explicar su existencia.
 
FIN

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 14.08.2012.

 

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