Pedro Rodriguez

LA CRIPTA

Capitulo 1
 

 
Sobre la alfombra de hojas amarillentas caídas de los tilos que bordeaban el estrecho sendero, caminaba a paso lento, su delgada y lánguida figura armonizaba con el desolador paisaje.
 

 
Acostumbrado al lugar de lúgubres fachadas, seguía de memoria una trayectoria imaginaria e imperceptible.
 
El moho adherido a las paredes junto al olor a humedad y la poca luz que llegaba a los monumentos, resaltaban la soledad del lugar por el cual transitaba.
 
 
 
A esa hora de la tarde la única compañía posible de encontrar en el cementerio, ciertamente era la de unos pocos pájaros buscando guarecerse de la lluvia que se avecinaba.
 
Vetustos y oscurecidos bronces lucían en cada entrada, junto a figuras de ángeles con alas desgastadas por el viento y el agua, revelando en cada bóveda el paso de los años.
 

 
Detuvo su marcha al final del túnel natural que entre sí formaban los árboles, frente a un sepulcro con puerta de hierro cuyos ornamentos y goznes lucían oxidados.
 
En el profundo silencio reinante, tan solo el entrecortado sonido de su respiración podía percibirse.
 

 
Antes de colocar la llave en la cerradura, cumplió un ritual privado y permaneció callado con sus heladas manos sobre el vidrio, pretendiendo establecer un contacto invisible con quien ocupaba ese lugar.
 

 
Ingresó en el preciso momento en que las primeras gotas caían; al abrirse la pesada abertura con un áspero chirrido, el interior exhaló un vaho viciado que le provocó un breve mareo.
 
Quedó de pié un instante mirando el féretro de nogal lustroso cubierto con un prolijo velo blanco, después su extensa estampa se arrodilló para quedar abrazado al ataúd con ambos brazos.
 

 

 
Se retiró cuando anochecía, el regreso a su casa lo hizo a pié, solo unas cuadras lo separaban de su domicilio.
 

 
Eugene había heredado el nombre de su abuelo, un inmigrante que llegó al país huyendo de la guerra. De mediana edad y pálido semblante, muy delgado y alto, sus facciones delataban las huellas de una desdichada existencia.
 

 
El traje gris, arrugado y pasado de moda solía ser blanco fácil de reiteradas burlas, que sus compañeros del banco en el cual trabajaba como empleado le gastaban.
 
Pero Eugene se manifestaba constantemente inmutable, inalterable a las agresiones externas, su realidad pasaba por otro lado.
 
Taciturno, introvertido casi siempre pensativo, llevaba una vida solitaria a pesar de estar junto a una persona con quien el destino lo había unido casi como un castigo, sin preguntarle.
 

 
Ingresó al departamento con la ropa humedecida, apoyó su viejo maletín en el piso, cerró sus ojos y se sentó en un deshilachado sillón rogando que la mañana siguiente llegue rápidamente y lo aleje de ese lugar.
 
La luz de la habitación se hallaba encendida y en su interior, una forma proyectaba sombras de nerviosos movimientos.
 
Aún sin verlos podía adivinar cada uno de ellos, agitados, toscos, cargados de vehemencia y rabia.
 
Procuró imaginar un hogar con calma y comprensión, donde hubiese niños jugando serenamente, pero no pudo; el ruido y el odio impregnaban el cuarto con tanta malicia que impedían cualquier buen pensamiento.
 

 
Al cabo de un rato una silueta femenina emergió, y antes de abandonar su abstracción lo llenó de agravios.
 
Fue casi una ejecución verbal en la cual, la víctima ofrecía su pecho limpio a los proyectiles de su agresor.
 
Tan elevado era el desprecio que emanaba de su atacante que hasta se podía oler, así como el azufre que el maligno deja en sus apariciones, la mujer irradiaba una extrema crueldad.
 

 
Por cada ocasión en la que intentaba levantarse era castigado con otra andanada de reclamos y ultrajes; el motivo siempre redundaba en la misma causa: El dinero.
 
La codicia por poseer más, era la fuente que alimentaba su ira; el escaso nivel económico que el empleo del banco les ofrecía nunca había sido suficiente.
 
La señora, que llevaba una vida social activa, donde la apariencia era un aspecto importante de su vanidad, le exigía cada vez más por los recursos que le permitiesen insertarse en ese ámbito y no quedar relegada.
 

 
Eugene no pasaba una noche sin lamentarse por su suerte que lo había llevado a una situación tan penosa.
 
Privado del carácter para enfrentarse a la persona con la cual estaba casi obligado a compartir sus días, resistía a expensas de su propia salud la intolerancia de la depravada.
 
La noche llegó e instaló su piadoso manto, así entonces el día siguiente lo encontró dormido sobre el sofá.
 

 
Esa mañana como de costumbre caminaba rumbo a la oficina, hastiado de la rutinaria monotonía que había logrado crear en él un acto reflejo en sus acciones diarias.
 
Cruzaba las vías por el paso peatonal cuando, extasiado por algo inexplicable se detuvo a observar el tren que avanzaba hacia él a una distancia relativamente corta.
 

 
 Al verlo creyó ver en él una puerta, una salida a su miserable existencia que lo absolviese del castigo continuo que venía soportando.
 
Exhausto, muy cansado y débil, sin fuerzas de seguir combatiendo, había tomado la decisión de permanecer allí y esperar el fin.
 
De pie frente al convoy, resignado bajó su cabeza y esperó la benevolencia de la muerte; pronto todo acabaría.
 

 
Definitivamente se liberaría de sufrimientos, intolerancias, ofensas y burlas que incesantemente lo lastimaban.
 
El sol de las ocho de la mañana daba pleno en su rostro remarcando una demacrada piel con enormes ojeras.
 

 
La bocina sonó estridentemente, algunos pájaros en árboles cercanos a la vía huyeron; durante los últimos metros que lo distanciaban del impacto un acto instintivo de supervivencia lo hizo saltar hacia un lado.
 

 
Quedó con los ojos cerrados al paso de la formación, que en su camino le revolvía el cabello y llenaba sus anteojos de polvo.
 
Cuando reaccionó, tuvo lugar una increíble visión que lo conmovió; pudo ver que una parte de él se marchaba con el tren, mientras al mismo tiempo podía observarla desde abajo.
 
No resultó herido, no sangraba ni existía dolor, se sentía dividido, como si un fragmento se hubiese desprendido de su cuerpo en el momento del salto.
 

 
Respaldado contra una pared acomodaba sus ropas y limpiaba sus lentes mientras buscaba una explicación, reanudó la marcha sin saber porqué seguía vivo.
 

 
Llegó a su lugar de trabajo en una condición próxima a la hipnosis, viendo transcurrir las cosas a su alrededor tal como si éstas existiesen en otra dimensión; voces extrañamente distorsionadas llegaban a sus oídos.
 
Algo indudablemente había sucedido y no estaba al alcance de su nivel de comprensión.
 

 
Durante esa jornada, y previo a terminar el turno, un acontecimiento llamaría temerosamente la curiosidad de los que allí trabajaban.
 
Luchaba con una abultada cantidad de documentos, a los cuales luego de revisarlos cuidadosamente debía firmar para ser acreditados.
 
Concentrado en su tarea y abstraído de la realidad de su entorno cercano, se hallaba dedicado de pleno a su labor.
 
Su viejo y magullado traje venía siendo centro de continuas bufonadas en boca de aquellos que, sin duda no sufrían los avatares que Eugene toleraba a diario.
 

 
Uno de los empleados se le acercó al escritorio y, con una sarcástica sonrisa depositó sobre el mismo un volante de papel, en el cual se leía el aviso de una sastrería promocionando confecciones a medida de ropa masculina.
 

 
Al percatarse de su presencia levantó perezosamente la vista y leyó detenidamente el folleto.
 
Frente a esa expresión de burla tan descarada, Eugene esgrimió también una similar en su rostro, pero sus ojos brillaban extrañamente.
 
Sin desviar su atención del afiche, elevó la estilográfica y con intenso placer de un certero golpe, clavaba y revolvía con absoluta vehemencia la pluma de acero en el dorso de la mano del pobre infeliz que con espanto, veía su sangre mezclarse con tinta azul.
 

 
Ninguno de los presentes se animó a reclamar por su actitud, el semblante del tímido y retraído hombrecito había cambiado.
 
Lo siguió con la mirada hasta que se perdió en su desesperada búsqueda de algún botiquín de primeros auxilios, la mueca de regocijo seguía presente en la cara de Eugene.
 

 
Ordenó sus cosas pacientemente y se marchó, como era costumbre su itinerario de vuelta incluía el paso por la cripta.
 

 

 
Pero la verdadera pesadilla no ocurría en la oficina, Eugene sabía que al regresar a su casa encontraría el repetido castigo que lo atormentaba terriblemente.
 
Su vida avanzaba a una increíble velocidad y lo único que podía recordar de ella eran solo tristes situaciones.
 
La mente giraba en torno a una salida, algo que le permitiese acabar con la tortura de quien solamente requería su dinero.
 

 
El suicidio no había funcionado, quizás haya sido una señal para intentar otra solución –pensaba al ver los rostros felices en una pareja que caminaba a su lado-
 
La tarde había levantado una fresca brisa y la gente comenzaba a apurar el paso en busca de sus hogares, no era su caso pues no tenía prisa por volver.
 

 
Sentado en un banco de la plaza contemplaba como se encendían las luces de la ciudad, mientras abrazaba con ambos brazos su roído y desgastado maletín de cuero reseco.
 
La soledad puede doler más que una herida –pensaba-, y él se sentía realmente solo.
 

 
Desde su lugar podía ver la cúspide del edificio en el cual trabajaba; sin dejar de observarla de pronto sus ojos se iluminaron; emitió una risa sin alegría, seca y áspera, esto produjo en un desprevenido transeúnte que atinaba a pasar en ese momento se apartara temerosamente.
 
Algo intentaba cobrar vida dentro de su cerebro calentándole la sangre, una vía de escape parecía asomar en su martirio.
 

 

 

 

 

 
Capitulo 2
 

 
Poco a poco a vida de Eugene comenzó a transformarse, del sereno y débil personaje menospreciado y sometido constantemente a humillaciones ya poco quedaba.
 
 Un nuevo ser habitaba en el interior de esa frágil imagen, uno despiadado y con ansias de venganza.
 
Los empleados del banco lo miraban con recelo y eludían cualquier contacto con él.
 

 
Solía permanecer hasta tarde en la oficina realizando tareas fuera de horario, pero no dejaba de cumplir el ritual diario de pasar por el cementerio a su salida.
 
A pesar de la hora, por la cual en muchas oportunidades hallaba la puerta del lugar cerrada, sabía ingeniárselas con el cuidador para poder ingresar.
 

 
En su casa la relación con su esposa empeoraba cada día más, la avaricia llevaba al odio y éste a la violencia.
 
La crueldad había transformado las facciones de la mujer, un halo de perversidad resplandecía alrededor de su cuerpo.
 
Eugene parecía no recibir el impacto del mal, casi le producía placer verla en ese estado de alteración.
 

 
“Verás –le decía agradablemente - como dentro de poco nuestra situación ha de cambiar”
 

 
Incrédula, ella lo observaba con altivez sin responder a su acotación.
 

 
“¡Ciertamente, podrás disponer a tu voluntad de mejores bienes, y te aseguro que serán más que suficientes para salvar tus necesidades!”
 

 
Esa noche no existieron las agresiones, la semilla se había plantado y ahora Eugene aguardaba con tranquilidad; el brillo pulsante en sus ojos aguijoneaba a la mujer inyectándole el lento y paciente veneno de la venganza.
 
 
 

 

 
Una bruma espesa cubría la ciudad hacía varios días, sobre las adoquinadas calles la humedad formaba un verdín resbaloso.
 
La proximidad del invierno aceleró la oscuridad entrada la tarde, las calles se veían desiertas mucho más temprano.
 

 
Al día siguiente el cuidador del cementerio debió insistir respetuosamente en la cripta donde Eugene todavía permanecía.
 

 
“¿Se encuentra usted bien?, ya es tiempo de cerrar” -dijo tímidamente sin animarse a abrir la puerta-
 

 
“Si gracias, solo unos minutos más y ya me retiro” –contestó Eugene desde el interior sin asomarse-
 
Pasado un rato salió cargando siempre su antiguo maletín, sacudió su ropa y con paso parsimonioso se dirigió a la calle.
 

 
Transitaba por la vereda externa paralela al muro del campo santo; a esa hora era el único ser vivo presente.
 
Ajeno a las cosas que pasaban en el entorno cercano, su imaginación se concentraba muy lejos de allí, fue entonces cuando desde la sombra de uno de los árboles emergió la figura de un hombre alto, que escondía su cara detrás de un mugriento pañuelo.
 

 
Sin medir palabras extrajo de su saco un puñal con el cual amenazó a Eugene requiriéndole su dinero y su valija.
 

 
“¡Es su única oportunidad de irse de aquí, entrégueme su billetera y esa maleta ahora!” –Gritaba el rufián exponiendo el arma a los ojos de su víctima-
 

 
Parado frente a él imperturbable, Eugene primero delineó una sonrisa que más tarde se convertía en una espeluznante risotada.
 
Confundido el maleante cargó su arma sobre la integridad de su victima quien, en un rápido movimiento lo tomó del cuello con su brazo libre.
 
 Una presión extraordinaria se transfería a la mano que sostenía al infeliz contra el paredón.
 

 
“¡Imbécil, mil veces imbécil; observa bien a tu alrededor porque será lo último que veas!” –Decía mientras la presión en sus dedos iba en aumento-
 

 
Los ojos del desdichado querían escaparse de sus órbitas, su color pasó del rojizo al azul, sus piernas se aflojaron.
 
Las convulsiones que la asfixia provocaba, lo obligaban a contorsionarse involuntariamente, esto parecía divertir a Eugene quien con cada movimiento reía alocadamente.
 

 
Lo mantuvo en el aire sin detener su risa hasta que no resistió más y la cabeza cayó de lado.
 
De un solo intento arrojó el flácido cuerpo a unos metros de distancia produciendo un sordo ruido al caer.
 
Antes de retirarse, tomó el cuchillo con el cual fue atacado hundiéndolo con un preciso golpe en el pecho del patán, que yacía boca arriba.
 
Retomó la marcha con paso solemne y firme, sin ver hacia atrás cruzó la calle y se perdió de vista en la densa niebla.
 

 
A través de la ventana de su departamento alcanzó a divisar los destellos azules de la patrulla policial que llegaba al cementerio, la mujer advirtió su extraña mirada y una leve mueca.
 

 
Desde hacía unos días, y al ver el cambio en el comportamiento de Eugene, ella había dispuesto contener sus agravios a espera de algún resultado.
 

 
“Al parecer tienes todo controlado, se te ve muy calmo” –le decía manteniendo una cierta distancia.
 

 
“Si, en efecto, las cosas están saliendo bien y dentro de muy poco nuestras vidas cambiarán radicalmente; lo aseguro” –decía esto mientras abría su valija buscando algo en su interior.-
 

 
Como un voraz depredador que acorrala a su presa, la mujer merodeaba cautelosamente tratando de husmear.
 

 
“¿Y qué ha sucedido para que de pronto haya mejorado tan notablemente la situación, como dices?”
 

 
“He comenzado algunos negocios privados” –respondía Eugene a la vez que extraía del maletín un fajo de billetes prolijamente acomodados y unidos con una banda elástica.
 

 
“Toma, esto es un adelanto de lo que será una nueva vida, puedes usarlo como más te satisfaga” –Con el brazo extendido se lo alcanzaba; asomaba el brillo de la codicia en los ojos de su receptora.
 

 
Acariciando los billetes con la palma de su mano y sin dejar de observarlos, contestaba con voz muy suave.
 

 
“¿Sabes que nunca quise lastimarte ni herirte Eugene, las cosas que te he dicho solo han sido circunstanciales, verdad?”
 

 
Un brillo de furia apareció en sus ojos.
 

 
“No te preocupes por eso, solo disfruta el dinero y haz con él lo que te apetezca; es hora que tus deseos se vuelvan reales”.
 

 
Esa noche y después de mucho tiempo, ambos compartieron la mesa para cenar.
 

 

 
Capitulo 3
 

 
Al día siguiente se susurraba en los pasillos del banco sobre el cadáver que los policías habían hallado en las cercanías.
 
Hasta el escritorio de Eugene solo llegaba el murmullo, dado que su extraño comportamiento había despertado una actitud de recelo en los demás empleados.
 

 
Desde aquella experiencia próxima al suicidio que tuvo, las cosas que llevaba a cabo se embebían de un resplandor maligno, tal como si en su alma solo yaciese la crueldad.
 
En su vida privada también un cambio estaba sucediendo, por supuesto que el motivo fundamental había sido a expensas del dinero que entregaba a la persona que compartía su existencia con él.
 

 
Por la tarde antes de su paso por la cripta, se detuvo en un bar. Desde la ventana que daba a la calle empedrada podía ver el largo y solitario paredón del cementerio; misteriosamente esa perspectiva le resultaba atrayente.
 
Extasiado contemplaba la llovizna mientras bebía el café, afuera poco a poco las sombras ganaban el espacio.
 

 
Eugene profesaba una especial atracción hacia la oscuridad y la soledad, se sentía profundamente fascinado, quizás por ello su visita a la bóveda le producía serenidad.
 
Su paso por el corredor que conducía a ella lo transitaba lentamente, el desolador paisaje nunca lo perturbó, la calma reinante recomponía sus oídos y apaciguaba su espíritu.
 

 
Ingresó a la cripta como de costumbre, arrimando la pesada puerta se aseguró de cerrar luego el cortinado del vidrio.
 
Instaló una pequeña linterna sobre uno de los floreros de forma tal que el haz de luz incidiese directamente hacia el féretro inferior.
 

 
De su decrépito bolsillo extrajo una llave de bronce que ubicó en el lateral del ataúd al tiempo que apartaba el lienzo blanco con la otra mano.
 
 
 

 
Él mismo había instalado esa cerradura de manera que quedase oculta bajo una de las manijas de traslado.
 
La tapa, a diferencia de otros ataúdes, tenía robustas bisagras que permitían levantarla de lado.
 

 
Así lo hizo, luego la apoyó contra la pared; quedó extasiado viendo el interior. Esta vez permaneció un corto período en el lugar, antes de retirarse depositó una flor en el ataúd superior.
 
Caminó con rapidez hasta su casa, esbozando una expresión feliz en el rostro.
 

 
Durante la noche al servir una bebida, Eugene otorgaba más dinero a la mujer que vorazmente lo tomaba.
 

 
“¡Veo que tu negocio funciona muy bien!” –Decía mientras alzaba la copa de vino-
 

 
“Si, en realidad está marchando perfectamente y, a propósito, ¿Podrías mañana acompañarme a efectuar un trámite? Sucede que debo cobrar una gran suma y sería oportuno que no fuese solo”
 

 
–Eugene hizo una marcada pausa al mencionar “gran suma”-
 

 
La avaricia había modificado el carácter de ambos; ella se mostraba complaciente y él, mucho más afectuoso.
 

 
“Por supuesto que puedo, –contestó con un rasgo de vileza- será un placer ir contigo”
 

 
Ambos continuaron bebiendo para luego ir a descansar. Como hacía mucho no sucedía, Eugene pudo dormir.
 
 
 

 

 
A la mañana siguiente un tibio sol penetraba a través de una de las ventanas.
 
Tal la costumbre, Eugene acondicionaba en forma ordenada sus elementos sin dejar de mirar de reojo a la mujer que todavía se hallaba en la cama.
 

 
Delicadamente se acercó y le movió la mano que reposaba sobre la almohada.
 

 
“Tienes que levantarte, ya es hora de prepararnos y salir”
 

 
Pesadamente la codiciosa se incorporó al tiempo que murmuraba.
 

 
“Aún me siento muy cansada, necesito dormir”
 

 
Mientras acomodaba su corbata con una amplia sonrisa le respondía.
 

 
“Te sentirás mejor cuando salgamos a la calle, vístete pronto que nos vamos”
 

 
Con mucho esfuerzo logró ponerse sus ropas, Eugene en forma disimulada seguía sus actos. La mujer desestabilizada y débil para caminar lo hacía apoyándose en los muebles.
 

 
“Me siento…mal, la cabeza me da vueltas”
 

 
Sin contestarle la tomó gentilmente de un brazo acompañando sus movimientos.
 
Así lograron salir del edificio y comenzaron a andar, a intervalos se escuchaba a lo lejos el sonido del tren que por efecto del viento se oía cercano.
 
Cruzaron la calle y orientaron sus pasos rumbo al largo muro del cementerio.
 

 
Trastabillando al llegar al cordón, la mujer logró subirlo con dificultad; como si nada distinto estuviese sucediendo Eugene la acompañaba con normal actitud.
 
 Al llegar a una de las entradas, la invitó a ingresar un instante para cumplir algo que tenía pendiente.
 

 
Incapaz de razonar por el estado en que se encontraba, la mujer no opuso resistencia y de limitó a continuar.
 
A esa hora el lugar aparecía desierto, la bruma todavía no se había elevado y difícilmente pudiese hacerlo.
 

 
El camino que llevaban seguía la misma trayectoria que frecuentemente él realizaba; los últimos metros previos a la bóveda Eugene debió arrastrarla a causa de su deplorable condición.
 
Muy calmo le repetía constantemente:
 

 
“¡Ya casi llegamos, tienes que ver esto!”
 

 
Antes de abrir la cripta buscó con su mirada en todas direcciones para comprobar que nadie los veía.
 

 
Cuando lograron ingresar la sentó en el suelo, la infeliz apenas podía subir su cabeza para hablarle con una débil y sofocada voz.
 

 
“¿Qué haces Eugene… dónde me has traído?”
 

 
Con sus facciones completamente alteradas por la crueldad Eugene la vigilaba sin responderle, ante el silencio ella volvió a repetirle.
 

 
“¿Qué está sucediendo…porqué hemos venido a éste horrible lugar?”
 

 
Imperturbable abría el ataúd al que estuvo dedicado mientras le decía.
 

 
“Durante mucho tiempo hemos compartido el mismo lugar, pero jamás me has conocido.
 
He soportado tus humillaciones, insultos y las miserias más horribles que una persona pueda inferirle a otra. Hoy eso se ha terminado.”
 

 
Aún en el piso le extendía una mano que la ayude a incorporarse, con odio Eugene la apartaba violentamente de su lado.
 

 
“Este féretro que tienes delante es una obra de arte y mi orgullo, está dedicado a ti. He trabajado mucho en él, cada minuto aquí significaba para mí no tener que estar a tu lado.”
 

 
-Eugene se aproximó asegurándose que ella escuche-
 

 
“A partir de ahora será tu lugar, aquí llegará tu fin.
 
Se que puedes oírme porque el sedante que te suministré lo permite, ¡Y continuaré administrándotelo hasta que mueras maldita!
 
No mereces morir dignamente, tu crueldad y codicia han hecho que te corresponda el sufrimiento”
 

 
Desesperada tan solo conseguía mover levemente su cabeza, comenzaban a verse lágrimas en sus mejillas mientras Eugene la tomaba por la cintura para levantarla y depositarla dentro del ataúd, acomodando junto a ella prolijamente su dinero.
 

 
Cuando logró ubicarla, sacó de su maletín una hipodérmica que preparó ante la desesperada mirada de la mujer, que no podía emitir sonido alguno pese al forzado intento que realizaba.
 

 
“Es inútil, no puedes gritar ni hablar. Permanecerás así hasta que tu cuerpo se pudra tanto como lo está tu alma, pero no será tan fácil, te irás lentamente.
 
Voy a dejar que puedas beber y así prolongaré tu agonía; he dispuesto éste conducto que te llevará agua a tu boca luego de cerrar el cajón.
 
Tendrás tiempo y oscuridad suficiente para sufrir, y no esperes que te encuentren, estás en una cripta, aquí nadie te buscará sin mi autorización”
 

 
Decía esto mientras le mostraba la llave de la puerta, una amplia y siniestra sonrisa surgía en Eugene que le sujetaba los pies y las piernas con amarras de cuero, ubicaba luego un frasco en una vía directa a sus venas, canalizando un fuerte sedativo por ella.
 

 
“¡Si…si, veo el terror en tus ojos!, No te esfuerces por mostrármelos porque no me afectan; es más me regocija verte así, mucho indudablemente.
 
Antes de irme debo decirte, que no estarás sola, aquí arriba sobre ti yace quien realmente me amó, ella fue la única mujer que verdaderamente amé.”
 

 
Lentamente ante la aterrada vista de quien había sido su compañía hasta entonces, Eugene bajó enérgicamente la tapa del féretro, quedó solo un pequeño conducto que admitía el ingreso de aire y una especie de boquilla que llevaba agua a su boca.
 

 
Había provisto al cajón con un dispositivo de traba que impedía su apertura desde el interior, y el cual se activaba una vez que fuese cerrado.
 
Por las pequeñas ranuras de respiración pudo ver el reflejo de sus dilatadas pupilas que pedían compasión.
 
Eugene terminó de cerrarlo y después lo cubrió con el lienzo blanco, depositó una flor sobre él y se marchó.
 

 

 

 

 

 

 

 

 
Capitulo 4
 

 

 
“¡Ella se merecía eso! –Pensaba- “he tolerado demasiado su abuso”
 

 
Descorchó su mejor botella de vino y feliz brindó con él mismo, se sentía distinto, tal como si un nuevo y maligno ser hubiese invadido su alma reconfortándolo con el dolor y el sufrimiento.
 

 
Quienes habitualmente se relacionaban con Eugene no percibieron señal de lo sucedido, solamente les extrañó verlo sonriente, aunque esa expresión fuese delatadamente perversa.
 
La noche seguía atrayéndolo fuertemente, recorrer la ciudad en la oscuridad lo cautivaba inexplicablemente.
 

 
Decidió realizar largas caminatas nocturnas, muchas de ellas terminaban en el extenso muro del cementerio.
 
Pasar por allí le provocaba calma y placidez; el silencio apenas quebrado por el aleteo de algún pájaro no perturbaba su intenso trance.
 

 
Imaginaba el terror extremo de la desdichada dentro del ataúd, saber que su carne pronto comenzaría a pudrirse junto con su malvada esencia lo animaba, tal era su desprecio por ella.
 
Realizó el intento de acercarse y recuperar las amistades que alguna vez supo tener; pero el siniestro aspecto que portaba impedía la más pequeña relación de simpatía.
 
Espantados tan solo con su semblante, los que fueron sus amigos huían ante su presencia.
 

 
Así entonces permaneció aislado de la poca vida social que ya llevaba, recluyéndose en su hogar y saliendo solo cuando las sombras le creaban una coraza protectora.
 
En una de sus noctámbulas salidas parado frente al portón de acceso se encontró con el cuidador del cementerio, a quien conocía dado su permanente paso por allí.
 

 
Temerosamente el hombre se animó a saludar sin mirarlo a los ojos, que por cierto a la luz de la luna lograban inquietarlo, adivinando su intención de ingresar dejó la entrada abierta y continuó prestamente su camino sin aguardar por la respuesta.
 

 
Eugene a paso lento se dirigió a la cripta con un deseo profundo de hallar muerta a quien era la fuente de su odio.
 
Fantasmagóricas figuras creadas por las sombras de los árboles se dibujaban sobre el suelo tapizado con hojas.
 

 
El viento aullando entre las lápidas de las tumbas semejaba en su cabeza voces provenientes desde el más allá animándolo a seguir.
 
Delicadamente trató de no alterar la paz de la noche, insertó la llave y abrió la pesada puerta de la bóveda.
 
La débil luz de luna que por el vidrio alcanzaba el interior fue suficiente para iluminar el cajón donde permanecía la miserable.
 

 
Sorprendentemente comprobó que aún permanecía con vida, su piel comenzaba a mostrar el efecto de la humedad y el encierro; los ojos hundidos y manchas blancas con aureolas rojas en sus brazos indicaban el principio de una inminente putrefacción.
 

 
Con una amplia sonrisa Eugene le habló:
 

 
“¡Aún vives maldita, no será por mucho más tiempo!”
 

 
La sangre de Eugene casi se coaguló de espanto al comprobar que ella todavía podía hablarle, y hasta amenazarlo con un débil hilo de voz.
 

 
“¡Las tinieblas te están esperando también…miserable!
 

 
Totalmente aterrorizado cerró violentamente la tapa, retiró el suministro que llevaba agua y aumentó al máximo la dosificación del sedativo inyectado en forma continua en sus venas.
 

 
“¡Muere de una vez!... ¡Muere!”
 

 
Impetuosamente salió del sitio, nervioso e intranquilo, llegó a su casa recordando las palabras desafiantes de su esposa.
 
Bebió ávidamente el licor desde la botella misma, agotado se recostó en el sofá y casi sin notarlo se quedó dormido.
 

 
Cerca de la madrugada su sueño fue interrumpido estrepitosamente por gritos que provenían de la habitación.
 
Temiendo por la presencia de algún intruso, se levantó sigilosamente para comprobar que sucedía.
 
Al alcanzar la puerta del dormitorio pudo reconocer la voz de su esposa profiriendo desde el interior terribles amenazas.
 

 
“¡Esto no puede estar sucediendo miserable codiciosa, no estás aquí sino desintegrándote en un ataúd!” –Eugene con pánico en los ojos le repetía a su espejismo.
 

 

 
Tomó su paraguas esgrimiéndolo como si fuese un sable, y se arrojó al interior del cuarto.
 
Nada más que el silencio lo esperaba allí recordándole su soledad; claramente perturbado bebió hasta que el efecto del alcohol lo derrumbó absolutamente.
 

 
Voces y formas recorrieron durante la borrachera su imaginación, atacándolo con presagios y terribles amenazas.
 
En todas ellas aparecía siempre la desfigurada y corroída figura de quien lo aguardaba en la cripta.
 

 
A media mañana del siguiente día, se hizo presente un enviado del banco donde trabajaba, las reiteradas ausencias habían irritado en sobremanera al gerente que le enviaba una intimación a presentarse.
 

 
Con impulsos enajenados expulsó de su domicilio al mensajero en tono amenazante, el joven solo atinó a huir sin preguntarle nada.
 
Esa semana Eugene no se animó a salir, permaneció encerrado holgazaneando y bebiendo a más no poder.
 
Las continuas y cada vez más prolongadas apariciones lograban alterar su estado mental de salud.
 

 
En cierta oportunidad al afeitarse se agachó para levantar la brocha que había caído al piso, al volver a su posición y continuar su tarea, por poco se secciona una arteria del cuello cuando detrás de su imagen en el espejo, emergió una espantosa forma de mujer, con la piel horadada por la putrefacción y riendo en modo aterrador.
 

 
Por las noches conciliar el sueño le era imposible, la casa entera parecía responder al instinto perverso conque la maldita estaba embebida.
 
Amparado constantemente en el licor, solía llegar a la alacena donde almacenaba sus botellas, y encontrar allí escrito con sangre aberrantes mensajes.
 
Casi al borde del colapso nervioso, tomó la decisión de acabar con todo eso durante esa misma noche.
 

 

 
Capitulo 5
 

 

 
Al llegar las primeras sombras su cabeza aún daba vueltas, dificultosamente logró vestirse y encaminar sus pasos hacia la cripta.
 
Respaldado en el largo paredón pudo alcanzar el acceso; arrastrando los pies entre las hojas caídas asemejándose más a un espectro que a un mortal.
 

 
Durante el trayecto tropezó varias veces cayendo al húmedo suelo y adhiriendo barro a su saco. Hizo un alto para recomponerse, bebió un trago del pequeño envase con licor que había guardado en uno de sus bolsillos.
 

 
El sonido del tren pasando detrás del cementerio lo acompañaba; al final del túnel vegetal de árboles una figura femenina parecía estar aguardar por él.
 
Apuró el paso descubriendo despavorido que era la ocupante de la cripta la que allí esperaba.
 

 
“¡Imposible, no es real –pensaba mientras se acercaba a ella- es uno más de sus siniestros mensajes!”
 

 
A escasa distancia la horrenda visión hizo un movimiento con la mano invitándolo a ingresar para luego desvanecerse.
 
Alcanzó la puerta, luego de respirar con intensidad la abrió; un fétido hedor exhaló el interior antes de ingresar y convulsionó sus tripas, cerró con llave desde adentro, luego todo quedó en absoluto silencio
 
Todo permanecía inalterable, se agazapó hacia el féretro con la llave en mano.
 
Contemplando su obra terminada experimentó una sensación nueva, Eugene sentía repulsión y placer simultáneamente.
 

 
La pestilencia procedía de esa masa descolorida y descarnada, cuya boca entreabierta y reseca emanaba un fluido nauseabundo; las cavidades de los ojos hundidas en el cráneo semejaban profundas fosas oscuras.
 
En voz baja Eugene le habló a quien consideraba ya un cadáver:
 

 

 
“¡Por fin has muerto desgraciada, deseo que estés en el peor lugar del infierno, maldita!”
 

 

 
En el momento en que se disponía a cerrar el ataúd, una mano descarnada, húmeda y fría lo tomó vigorosamente del cuello.
 

 

 
“¡El infierno no es solo para mi, miserable cobarde!”
 

 
La voz que salió del cofre dejó paralizado a Eugene, mientras era impulsado violentamente hacia el interior del mismo.
 
Quedó cara a cara con el horror, el hedor nuevamente revolvía su estómago creando un vértigo que lo desestabilizó al instante.
 
Sin poder hablar por la tremenda presión que le infligía en su cuello una fuerza increíble, era arrastrado con todo su cuerpo sobre esa materia degradada y pútrida que yacía frente a sus ojos.
 

 
Solo el espanto lo acompañó al sentir el frío cuerpo gelatinoso que se aplastaba y crujía al recibir su peso.
 
Al escuchar el metálico sonido de la traba mecánica en la tapa, la opresión en su garganta disminuyó su energía y pudo gritar.
 

 
Nadie oiría jamás su llamado en la profundidad de la noche, ninguno abriría esa cripta que ahora contenía dos perversos unidos por el odio eternamente.
 

 

 
FIN

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 05.08.2012.

 

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