Antonio Moreno Torres

Un tipo corriente


 
Era el local de moda, de eso no cabía ninguna duda. Bellas gogós bailaban sobre pasarelas de metacrilato que recorrían gran parte de la sala, bajo una luz cambiante. Gente guapa se movía por la pista, reía y bailaba al son de los últimos éxistos de la música latina. Cuerpos bronceados en pleno enero. Sin embargo su atención se centraba en el reservado que había al fondo. Desde su posición en la barra podía observar quien entraba y quien salía, así que en esos momentos sabía que el cliente estaba dentro.
Era un tipo alto y delgado, de unos 50 años y aspecto árabe, lucía una barba bien recortada, llevaba el pelo negro alisado hacia atrás. Lucía un enorme reloj de oro y un traje gris de un corte impecable. ¿Y por que no?, se lo podía permitir, las cosas le iban bien. Demasiado bien en opinión de sus socios. Lo mismo que se podía permitir la compañía de las cuatro chicas que reían sus ocurrencias en el reservado, todas con aspecto de modelos rusas. Por supuesto también se podía permitir la compañía del gigantón con aspecto de ex boxeador y del otro, de complexión más normal, pero cuya mirada alerta y andar cauto no desentonaban en absoluto con el corte de pelo militar que lucía.
-Mejor sueldo y menos trabajo, ¿eh amigo?-, pensó mientras daba otro trago a su copa. No le había resultado difícil entrar, tan sólo hizo cola como casi todo el mundo y pago la abusiva entrada para no socios. Había elegido cuidadosamente aquel rincón en penumbra, como había elegido también que beber, algo corriente, algo que no llamase la atención.
No era el lugar ni el momento que él habría elegido, pero habían sido muy insistentes en que debía ser así, no importaba el precio, y quien paga manda. Por supuesto, esta vez pagaban muy bien, y tras calibrar los pros y los contras, entre los que se encontraban el gordo y el flaco, había decidido aceptar el encargo.
De repente el tipo del traje gris salió del reservado de la mano de una de las chicas, reía y gesticulaba ostensiblemente. Predecible tras semanas de observación. Inmediatamente el gigantón los siguió con su paso desgarbado en dirección a los servicios, mientras el ex militar se plantaba en el lugar que este había ocupado antes en la puerta del reservado, con los brazos cruzados y paseando su fría mirada por la sala.
El tipo del traje gris entró en los servicio, llevando de la mano a la chica, y se detuvo un instante en la puerta para susurrar algo al oído del gigantón. Este a su vez miró en dirección al reservado, desde donde el ex militar le hizo un leve gesto de asentimiento. Entonces la pareja entro cerrando la puerta tras de si, y el gigantón se plantó ante ella con las piernas abiertas y se ajustó los puños de la chaqueta.
El bulto bajo la chaqueta del ex militar delataba la presencia de un arma que no se molestaba en disimular. Seguramente el gigantón también iría armado, pero contaba con ello, es más: Lo esperaba.
Una de las chicas salió del reservado con un cigarro en la mano y susurró algo al oído del ex militar. Este sacó un encendedor del bolsillo de su pantalón y lo prendió ante la cara de la chica, que se llevó muy despacio el cigarro a los labios sin apartar la mirada de la del tipo duro que le ofrecía fuego. La primera bocanada de humo se estrelló en la cara de este, que no pestañeó, si bien su boca se torció en un gesto que pretendía ser una sonrisa.
¡Excelente!. Miró el reloj; las 06:30h.,era el momento oportuno. Dejó sobre la barra la copa y se encaminó despacio hacia la puerta de los servicios simulando estar bebido. Por primera vez la música le llamó la atención: Los Fabulosos Cadillacs cantaban “Matador te están buscando...”, y eso le arranco una leve sonrisa.
Como era de esperar, el gigantón le cortó el paso colocándole una de sus manazas en el pecho y movió de lado alado su poderosa cabeza rapada.
Todo ocurrió en una fracción de segundo: Un golpe seco en la garganta con el canto de la mano y a la expresión de asombro del gigantón siguió otra de pánico mientras se llevaba las manos al cuello. Trastabilló hacia atrás y abrió con su cuerpo la puerta de los servicios cuyo pomo acababa de girar la mano izquierda de su atacante. Este miró brevemente en dirección al reservado, en cuya entrada, el ex militar seguía tonteando con la chica, que ahora le posaba una mano sobre el brazo derecho, que a buen seguro tensaba a posta para que la chica pudiese apreciar lo fuerte que era.
Mientras tanto, en el suelo de los servicios, el gigantón luchaba por una bocanada de aire, con el hueso Hioides roto, cerrándole la entrada de la tráquea. Boqueó un par de veces y finalmente se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el tipo que ahora le cacheaba.
Encontró el arma: una Walter de 9 mm. Tiró brevemente hacia atrás de la corredera para comprobar que tenía una bala en la recámara y se puso de pié. Arrastró con cierta dificultad al gigantón hasta situarlo bloqueando la puerta cerrada. Justo en ese momento se abrió la puerta de uno de los inodoros y el tipo del traje gris asomó con una expresión de perplejidad , sosteniéndose con ambas manos los pantalones desabrochados y con restos de polvo blanco en el bigote. Tras el apareció la chica, colocándose bien el breve vestido con una expresión divertida. Sin embargo, cuando vio al gigantón tumbado con los ojos aun abiertos y las manos laxas sobre el pecho un grito estuvo a punto de salir de su boca.
Alzó el arma en dirección al tipo del traje gris, que parecía no creer que algo así pudiese estar sucediendo, y dirigió una rápida mirada a la chica llevándose el dedo indice a la boca en un gesto universal. Luego desplazó a un lado ese mismo dedo y la chica, que no tendría más de 20 años se acurrucó en un rincón sollozando.
 
-¡Buena chica!-, pensó. El tipo del traje gris parecía por fin comprender el alcance de la situación y agitaba ambas manos delante de su cara. Farfullaba algo incomprensible, después probó con el ingles: -Please!, Please!!-.
Sonó una detonación y el tipo del traje gris se estampó contra la pared del inodoro, dejando una rastro de sangre en las inmaculadamente baldosas blancas, quedando finalmente sentado sobre la taza, mientras el pecho de su camisa se iba tiñendo de rojo. El otro se acercó, hizo pantalla con la mano izquierda y apretó de nuevo el gatillo. Esta vez la cabeza del tipo del traje gris hizo un violento movimiento hacia la izquierda y todo su cuerpo se desplazó hacia ese lado, quedando apoyado en el fino panel de aglomerado que separaba los inodoros.
El sollozo de la chica se convirtió en puro llanto. Se tapaba la cara con las manos y se balanceaba mientras balbuceaba en algo que parecía ruso, algo incomprensible que sin embargo no necesitaba traducción: -¡No me mate, por favor!-.
Se acercó a comprobar que no haría falta un tercer disparo. El cliente estaba muerto y bien muerto, el trabajo estaba hecho. Después se acercó al rincón donde lloraba la chica, le levantó la cara con la mano izquierda mientra se guardaba en el cinturón el arma y volvió a repetir el gesto universal de silencio. La chica dejó de llorar casi de inmediato, lo miraba con ojos suplicantes mientras intentaba contener los sollozos. Así parecía aun más joven, tenía la piel blanca y el pelo rubio recogido en un moño que se encontraba medio desecho. Sus ojos, enormes y de un azul intenso eran los de un cachorrillo asustado.
Se la quedó mirando mientras se preguntaba cuanto tardaría el ex militar en advertir que algo andaba mal. -“Estos estúpidos prejuicios te van a costar caro algún día”-, pensó. Luego hizo un gesto con la mano a la chica, que se encontraba algo más calmada, un gesto que quería decir “no te muevas y vivirás”, y se preparó para escapar.
El ex militar empujó la puerta de los servicio. Esta se abrió un poco y chocó con algo. Empujó con más fuerza mientras sacaba su arma e irrumpió en el interior con la misma lista para disparar. En un rápido vistazo se hizo cargo de la situación: René, que así se llamaba el gigantón, estaba aparentemente muerto, el jefe lo estaba seguro, y una de las zorritas sollozaba acurrucada en un rincón. Se dirigió hacia ella, la cogió del cuello y le gritó -Oú est il alle?!-. La chica no abrió la boca, y eso enfureció al ex militar que estaba a punto de cruzarle la cara con el dorso de la mano libre, cuando advirtió por el rabillo de ojo que una de las altas ventanas estaba abierta, y debajo habían colocado una papelera. Se aupó y asomó primero el arma y luego la cara por la ventana, que daba al callejón trasero. Nada, estaba vacío. Una luz de alarma se encendió en su cabeza, -merde!-. Bajó rápidamente de la papelera y se giró sobre sus talones para encontrarse de frente con un ojo negro que le miraba directamente a la cara. Antes de que pudiese reaccionar, de ese ojo negro brotó una llamarada que le cegó.
La chica miraba aun con terror al hombre que acababa de salir de otro de los retretes y pegar un tiro a bocajarro al guardaespaldas del Sr. Ben Salam (“llamame Dedé, cariño”). Este se volvió una vez más hacia ella y la miró durante un instante. Después volvió a colocarse el dedo indice en los labios y, ¿acaso no le había guiñado?.
El ex militar estaba muerto, de eso no le cabía duda. Estaba tirado en el suelo, junto a la papelera, con el arma aún en la mano y sus sesos salpicaban la pared. ¿Marsellés?, por su acento tal vez, pero ahora sólo era un muerto más, sin nacionalidad ni nombre.-Lugar equivocado, momento equivocado-. Sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se limpió los salpicones de sangre de la cara. Después limpió cuidadosamente el arma y la arrojó al suelo, junto al gigantón. Cerró nuevamente la puerta de los servicios tras echar un rápido vistazo a la sala, donde nadie parecía haberse dado cuenta de lo que ocurría. Bendijo al alcohol, las drogas y la música estridente y dirigió una última mirada a la chica, después se deslizó hacia el callejón por la ventana abierta.
El aire de la noche era frío. Se detuvo un instante a respirar hondo y después se dirigió al contenedor de basura que había a 20 ms, preguntándose cuanto tardaría la chica en reaccionar y salir gritando del servicio. Buscó en el interior del contenedor hasta sacar una bolsa de basura de color verde, la puso en el suelo junto a él y empezó a desnudarse al amparo de las sombras.
En 2 minutos se había puesto un discreto chándal de algodón, un gorro de lana y unas viejas zapatillas de runnig. Metió en la bolsa la ropa que acababa de quitarse y la devolvió al contenedor, revolvieindola con el resto. Después se colocó los auriculares del mp3 y comenzó a trotar despacio en dirección al paseo marítimo. Un chiflado más madrugando un domingo para hacer deporte.
Vio los destellos azules cuando aún no se había alejado 2 calles de la discoteca, -buena respuesta-. 2 coches de la policía se cruzaron con el sin prestarle la más mínima atención.
Aumentó un poco el ritmo, sólo un poco, y repasó mentalmente la jugada: El camarero y los gorilas de la puerta apenas le habían prestado atención. La chica era quien le había visto más detenidamente, pero aun así no podría dar datos relevantes, Al fin y al cabo, siempre se le había dado bien pasar desapercibido: Varón, Caucásico, estatura media, complexión normal, pelo corto de un color indeterminado, y vistiendo un traje negro sin corbata. Ninguna cicatriz, ningún tatuaje, nada que lo hiciese fácilmente identificable. El retrato robot sería el de alguien que podría ser cualquiera. Un tipo corriente. O tal vez no.
FIN
Ronda, 10 de mayo de 2012
Antonio Moreno Torres.
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 11.05.2012.

 

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