Kit Moya

Mi Viaje al Norte (parte 3)

Me encuentro en mi cama y siento mucho frío y sé que afuera la temperatura esta a casi a 100 grados.  Creo que mi hora ha llegado.  Siento que mis ojos se cierran, pero quiero llevarme los recuerdos conmigo.  Me duele estar sola, mi esposo e hijo se encuentran en otras tierras.  No los volveré a ver.  Me duele mi corazón.  En mi mente pasan los recuerdos, que es lo único que tengo en este momento.

Era aquel día, un sábado soleado cuando lo ví por primera vez en el mercado.  Tan elegante y fuerte.  Su pelo y ojos negros como la tierra donde nos vió nacer.  Hice mis compras ese día e inmediatamente supe que él llegaría a ser mi pareja.  Mis padres por supuesto estaban de desacuerdo a que nos viéramos, siempre me dijeron que yo me merecía a alguien mejor, a alguien que me podría sacar de la pobreza.  Las palabras de mis padres fueron totalmente mudas al amor que le llegué a tener.  

Mis padres por ayudarnos nos dejaron vivir en sus tierras.  Aunque éramos pobres, al nacer nuestro hijo Manuelito, llegué a ser la persona mas felíz del mundo.  Aún con poca comida y con una casita hecha de pedazos de madera y de cartón, me sentía como una reina.  Desgraciadamente la situación se empeoraba y la comida se hacía mas escaza.  Esto le quemaba el corazón a mi esposo.  Hasta que llegó el día  en que él decidió irse para el norte.  Fué uno de los días mas tristes de mi vida.  Tuve el presentimiento que esa sería la última vez que lo vería.

Pasaron los años y no habían noticias de él.  En mi mente pasaban muchas cosas; ¿se habrá casado otra vez, se olvidó de nosotros, estará vivo?  Ya no sabía que pensar.  Al año de no saber de él, mis padres comenzaron a decirme que me olvidara de él, ya que no iba a regresar.  Esto ya había pasado con otras familias aquí en el pueblo, y que generalmente los que se iban se buscaban a otra pareja allá y se casaban de nuevo, olvidando así a sus familias.  No quería creerlo, pero con los años esto se hacía mas creíble.

Vi crecer a Manuelito sin padre.  Aun así creció y llegó a ser un caballero, una persona de bien.  Su presencia siempre me hacía recordar a su padre.  Su parecer físico, eran casi iguales.  Alto y fuerte y con su pelo y ojos negros igualitos a los del papá.  Mis padres fueron los únicos que estuvieron conmigo cuando necesitábamos ayuda de alguien.  Mi padre siempre trataba de encontrarme pretendientes o novios, trataban de encontrarle un padre a Manuelito.  Siempre les dije que no, ya que muy dentro de mi pensaba que algún día él llegaría de regreso.

Tenía el presentimiento que Manuelito iba a seguir los pasos de su padre.  Hasta que llego el día.  El día después de su cumpleaños, cumpliendo los 20, me dijo adiós.  Quería ir en busca de su papá.  Me prometió que lo traería de regreso a casa.  Sentí lo mismo cuando mi esposo se marchó, un vacío en mi corazón y un sentimiento que no lo volvería ver de nuevo.  Manuelito sabía que no me encontraba de buena salud.  Mis visitas al hospital eran mas seguidas, y aunque el no me preguntaba sabía que me encontraba bien enferma.  No quería que me viera peor cada día.  Le dí mi bendición, y se marchó con sus ojos húmedos, mis lágrimas me quemaban mis mejillas.

Ya habían pasado varios meses desde la partida de Manuelito.  Sus cartas me llenaban de alegría.  Aunque me encontraba muy débil en cama, sus palabras me daban aliento y fuerza.  Mi niño me enviaba lo que podía para mis medicinas.  Sus cartas me hacían sentirme mejor que las medicinas que me recetaba el doctor.

Un día mi padre, inesperadamente no despertó de su sueño.  Ese fué un gran golpe para mi y especialmente para mi madre.  Mis seres queridos se estaban llendo de mi lado.  El día después de la partida de mi padre, mamá entró a mi cuarto con una caja llena de cartas.  Se sentó a mi lado en mi cama y pacientemente comenzó a leerme una por una de las cartas que mi esposo me había mandado durante todos estos años desde la cárcel.  Mi corazón se sentía quebrantado, pero a la vez contenta ya que supe que él nunca se había olvidado de mi.  Que las circunstancias nos habían separado, pero nuestras esperanzas seguían todavía vivas.  Quise culpar a mis padres por ocultarme este secreto, pero a la vez fueron ellos los que nos ayudaron a Manuelito y a mi en los tiempos mas difíciles.  Además, mi padre ya no se encontraba con nosotros.  No les podía tener rencor.

Mi salud se empeoraba, sentía que mis ojos se hacían cada vez más pesados.  Ya se me acababan las esperanzas de volverlos a ver.  Era un día caluroso, sentía mis manos y pies bien fríos, tenia mis ojos cerrados ya que la luz del día me molestaba.  Sabía que hoy sería mi último día.  Una voz me hizo abrir mis ojos.  Reconocí inmediatamente la voz de mi chiquito, pensé que estaba soñando, pero al tocarme mis manos, supe que  estaba de regreso.  Oí otra voz al otro lado de mi cama, moví mi cabeza.  Ahí estaba parado junto a mí aquel hombre que había amado toda mi vida.  Uno en cada mano.  Estaba contenta, sonriente.  Era mi hora de irme.  

Los amo!!

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 04.03.2012.

 

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