Juan Carlos González Martín

La búsqueda del fin

El aroma a carburante y hierro quemado se incrusta en mis fosas nasales. Las chispas
que despiden las ruedas del tren subterráneo son para mí como para la gente normal un
hermoso atardecer de verano.
¿Y quién es normal? ¿A quién se le puede considerar normal?
Términos abstractos para definir a los hipócritas.
Con mis botas militares que dictan el peso de la disciplina y mi cabeza a medio afeitar
para llamar una atención que nunca me gustó.
Simplemente he tenido que elegir una tribu fácil de manejar. Ignorantes. Idiotas.
Pero esta ropa simplemente es uno de los disfraces que utilizo para moverme por el
juego del mundo.
Cambié el suicidio por la violencia gratuita y la libertad de acción.
¿Para qué acabar conmigo si puedo hacer lo que me dé la gana y que otros hagan el
trabajo?
A las siete de la mañana, la gente “normal” va a trabajar y nosotros venimos de dar
vueltas por ahí, destrozando todo lo que se nos pone por delante, incluidos nosotros
mismos.
Miro a la derecha y allí sentado hay un tío feo con cara simiesca. Cuando me ve se le
abren los ojos como platos y rápidamente mira para otro lado.
Mi cara está desfigurada por los golpes. Me faltan un montón de dientes. Casi no puedo
abrir el ojo derecho de lo hinchado que está.
Me acerco a él lentamente, para que vea el desastre inminente. Como cuando ves un
coche acercarse y un segundo antes hubieras podido esquivarlo y un segundo después
ya no. Y has tardado en reaccionar un segundo. Un jodido segundo que separa tu vida
de tu muerte.
Me acerco y le pego un rodillazo en la barbilla con todas mis fuerzas y la punta de su
lengua sale disparada hacia arriba, como si tuviese vida propia y quisiera huir del
cuerpo que le ha sometido a la esclavitud durante tanto tiempo.
Con la otra rodilla le pego en la sien.
El pobre se queda inconsciente. Me siento a su lado y cierro los ojos en busca de la
tranquilidad. Como si la oscuridad pudiese brindarme el paraíso que sé que no existe.
Espero que vengan las fuerzas de seguridad y me golpeen con sus porras.
Que me golpeen fuerte y no paren. Así podrán darme el merecido descanso que yo no
he sido capaz de proporcionarme.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 05.09.2011.

 

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