Juan Carlos González Martín

El señor del desván

 

El señor del desván
Hay cosas que se te quedan grabadas como una huella y por mucho tiempo que pase y
cosas que te ocurran, siempre lo recuerdas y tienes en la memoria. Esas cosas que siempre le
han ocurrido al amigo de un amigo, nunca a ti, y que cuando las cuentas, la gente se ríe con
esa risa nerviosa que te provoca la carne de gallina.
Yo tendría unos cinco años. Vivía con mis padres en la típica casa de campo de los pueblos, con
su huerto, su sótano, su desván…
Mi padre se dedicaba al huerto y a la compra venta de objetos con más gente del pueblo. Así,
entre unas cosas y otras, teníamos para ir tirando. Recuerdo que un día me llevó con él a la
plaza del pueblo para dar un paseo y, de paso, cerrar un trato con un señor del pueblo. Mi
padre le iba a comprar un coche a aquel señor.
Recuerdo que estuvimos en un bar. Yo miraba hacia arriba y veía a mi padre y a aquel hombre
bebiendo y charlando. Cuando ya parecía que habían llegado a un acuerdo, salimos del bar. 
A la vuelta de la esquina había un coche aparcado y nos dirigimos hacia él. Parecía ser de aquel
señor. Tras un rato de cháchara de la que me enteré bien poco, el señor terminó por darle las
llaves del coche a mi padre, pero mi padre no le dio el dinero. Quedó en que se lo daría
unos días después.
Al día siguiente nos enteramos de que aquel hombre había muerto. No me acuerdo del motivo
de la muerte. El caso es que recuerdo a mi padre sonreír y decir que ya no tendría que pagar el
coche. Ya habían hecho el papeleo y legalmente el coche era suyo así que, los familiares no
podrían exigirle nada.
Al cabo de unos días mi padre estaba trabajando en el porche arreglando no se qué y me dijo
que le acompañara al desván, pues tenía que coger herramientas que le hacían falta y me dijo
que subiera con él a ayudarle. Cuál fue mi sorpresa cuando vi en el desván a aquel hombre. El
mismo hombre al que mi padre no había pagado. Estaba allí y a su lado había lo que parecía
ser un ataúd. Me quedé asombrado. Pensaba que la gente que moría ya no podría estar aquí
pero cuando vi aquello todo mi mundo se desmoronó. El señor tenía la mano extendida como
haciendo el gesto de pedir. Lo único que recuerdo es a mi padre hablando con aquel señor y yo
cogiendo de la mano a mi padre tan fuerte como podía.
 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 16.02.2011.

 

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