Maria Teresa Aláez García

Soledad. Nada.

Hay una soledad dolorosa, chirriante. Se aferra al pecho y a la garganta, eliminando el aire, solventando los intentos desesperados de la risa por despegarla del esternón. Impide el pensamiento, puesto que hace de las dendritas, sus cabellos, y oprime los sentimientos positivos encerrando en un camafeo ridículo la alegría y la esperanza.

 

Aparece en los momentos más insospechados. Cuando todo parece encarrilarse hacia un lugar tranquilo. En la calma de la rutina y en la esperanza de los pobres. En los amaneceres de los despechados que leen en su almohada, cada día, una solución para acercar la ilusión ausente del otro y omitir el vacío que se empeña en dormir con ellos diariamente.

 

Es esa soledad sin remedio. Abre los ojos del afectado cuando ve derrumbarse todo lo que ha construído en su vida: su familia, sus hijos, su casa, su trabajo. Impotente ante el campo yermo que se presenta en su futuro, se sienta en el mismo sitio donde recibió las puñaladas telefónicas. Y no puede llorar. Ni hablar. En ese mismo instante todo aquel a quien recurre para recibir un apoyo, una salida, repentinamente, no puede atenderle. O no sabe. O disfruta al escuchar su caída durante diez segundos y le sugiere que se las arregle como pueda.

 

Una vorágine se abre paso y asola cualquier intento de encuadre: todo son problemas pero no caben soluciones. Comienzan, entonces, los ataques familiares: el recuerdo de los avisos premeditados, el reproche porque los errores se deberían de haber subsanado antes. Si hay otros que dependen de la labor y del buen hacer de uno, la vorágine se hace más honda y el abismo destruye el fuego potente de la creatividad. El frío abraza las extremidades y destruye los desahogos.

 

La desolación es extrema:

  • Adiós al trabajo, a la casa, al matrimonio, a la seguridad de los hijos, adiós a una lenta y provechosa recuperación.

  • Adiós al cariño, a la conciencia sana y creativa, a las ansias por mejorar, al brillo de la paciencia y la constancia, a las puertas abiertas a nuevos conocimientos.

  • Adiós a la familia cercana. No quieren cargar con un nuevo parásito que no aporte nada económico so pena que sirva para romper algún matrimonio no deseado y eliminar a la parte odiada.

  • Adiós a la salud, a las ganas de trabajar y de vivir, a la fuerza de la lucha, a la desesperación por salir adelante que empujaba a hacer lo que fuera necesario.

  • Hola a la envidia ajena que disfruta sentada ante los balcones colindantes, observando cómo se destruye algo que iba a surgir por encima de ella. Esa envidia criada en la ignorancia y alimentada con rencores que sólo permite prosperar a lo retorcido y al cretinismo.

  • Hola a ver desaparecer los escasos recursos con los que se contaban: juventud, ganas de vivir, ansias por hacer algo provechoso, ideas, inventiva...

 

Y no queda nada. Deudas en el banco. Sin paro. Dormir en la calle. Una manta, un hijo, una mano delante y otra detrás.

 

Mientras tanto, los políticos se siguen subiendo el sueldo y continúan marchándose de vacaciones a un lugar del Caribe, ajenos al presente de la mayoría de los ciudadanos. Los empresarios y burgueses con dos o tres casas en propiedad se preocupan por su jubilación y obligan a sus hijos a vender sus propiedades porque no pueden ayudarlos en las crisis y no desean vender lo que tienen. Si no, el tiempo de ancianidad no será próspero en viajes y en derroche. Tampoco los quieren tener viviendo junto a ellos: que hubieran trabajado. En una época en la que el trabajo es mínimo.

 

No queda nada. Nada.

 

Nada.

Nada....

 

Nada.

 

Una palabra. Una escucha. Una hogaza de pan. Al menos un: aquí estoy.

 

Nada.

 

Nada.

 

Gracias.

 

El texto definitivo, corregido en el foro Metáforas de Diana Gioia:

http://es.globedia.com/soledad-nada

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 13.03.2010.

 

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