Maria Teresa Aláez García

Infancia

Y llegó el otoño. Con él la pantalla lluviosa que deformaba la visión de la palmera del patio del colegio y de las clases del pabellón de enfrente, donde estaban esas chicas tan altas y tan guapas que me llamaban tanto la atención porque estudiaban cosas que me parecían muy fáciles pero para ellas eran demasiado complicadas.

Mientras tanto, la maestra nos hablaba de Machado y de Sevilla. De Lorca y del jinete y todas las palabras que él y que Juan Ramón Jiménez escribían con j para dar resonancia al fonema y romper un poco la monotonía machadiana. La maestra que tenía el pelo liso y moreno y era dulce, en sus formas, en su trato hacia nosotras. Incluso la monja que se ocupaba de nuestro curso. Era todo un mundo de canciones, amabilidad, cortesía, buenas maneras. Resaltaban lo positivo en nosotros, nuestra creatividad, nuestro dominio de las materias, dejando a un lado nuestros aspectos negativos que cuidaban con cariño. Del curso anterior, tercero, recuerdo la tiranía de unas compañeras, la frustración de una maestra,  la severidad de la madre y la pasividad de la  tutora. Del curso posterior, sólo un día que fui con el uniforme manchado y me llamaron la atención.

Aquella tarde de poesía machadiana, de buscar un lema para un ejercicio de lenguaje, de recortar y pegar en una cartulina las figuras optimistas de unos payasos que engalanarían la pared de la clase, del cántico contenido a dos voces para preparar un lejano mes de María no se me olvida. De la relatividad de las figuras femeninas mayores y menores que estudiaban con nosotras. Los juegos a la cuerda, al mate y al balonmano. La bajada por la escalera que llamábamos prohibida, porque se usaba ya únicamente para las clases de cuarto mientras que el resto de las escaleras del colegio se modernizaban o se abrían nuevas salas para facilitar el uso. De cómo se acabó la tiranía del curso anterior negándome a ser víctima activa de los prejuicios y obsesiones de unas cuantas niñas de papá. De la promoción para continuar estudios y de los cambios ocurridos en el colegio, en la sociedad, en nuestra vida

Ni siquiera recuerdo qué entretenimientos teníamos en el barrio por aquel entonces. Iba al colegio a aprender con mucha seguridad, cariño y tranquilidad y no me entretenía tanto en quedar con mis amigas a bailar y a escuchar música, a saltar a la comba y al elástico, a tontear con los niños del barrio, a correr con la bicicleta arriba y debajo de la calle principal que, como todas las calles del minibarrio, tenía nombre de flor para engalanar a la Inmaculada, nuestra patrona. El barrio era el de la Conciliación, de Cartagena y las calles Dalia, Clavel, Azucena, Rosa…

Mi uniforme era de color marrón, con una camisa beige. Llevaba el pelo corto para que no se me enredara tanto. Fue el primer año que interpretamos con la flauta y entre las notas vivaldianas del otoño y las de los anuncios de los pantalones Lois multicolores, pasamos el curso y en verano, en Navidad y en Semana Santa, nos íbamos a La Vila Joiosa a pasar unos días con nuestra abuela y a pescar cangrejos y gambas en el puerto pequeño, para que sirvieran de cebo a las cañas, a subir a las barquichuelas o a sentarnos con Mercedes ante su tienda de comestibles y aprender de las triquiñuelas del arte de la compraventa.

Volvíamos a casa. Y seguía con mi afición favorita y oculta: esconderme debajo de las estanterías - que tenían un hueco en la parte inferior – a leer todos aquellos libros y enciclopedias que mis padres me prohibían porque no era lectura para niños y mucho menos para niñas. Aparentemente yo aprendía a coser, a pintar,  a escribir, a leer, a bordar y a repasar la ropa para ayudar a mi madre. Ocultamente iba adquiriendo conocimientos de los poetas iberoamericanos – José Martí – de las mujeres que escribían con seudónimos masculinos – Fernán Caballero – de las cuales posteriormente mi abuela me hablaba, de la incógnita del espacio y de cómo nacían los niños. Mis dedos repasaban las enciclopedias de Salvat, de cocina, de filosofía, de física y química, rápidamente e iba aprendiendo geografía, axiomas, que luego callaba prudentemente ante mi familia y mis profesores para que no me descubrieran, puesto que como me pillaran el castigo iba a ser mayúsculo. Y así, mientras en el colegio iban bajando mis notas con la llegada de la adolescencia para que no se notara tanto lo que mi cerebro iba adquiriendo, en la esquina del muro, allá al fondo, planeábamos estudiar con beca, construir un cohete y marcharnos a Venus a conocer a los extraterrestres que parecían ser mejores personas que nosotros.

Nostalgias, venturas y desventuras de otros mundos, de otras edades, de otras épocas.

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 13.04.2008.

 

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