Maria Teresa Aláez García

Lluvia

Lluvia.

Llueve.

 

Mi pelo, tu risa, escuchan el sonido de la lluvia.

Repiqueteando contra los cristales grises. Viajando.

Una lluvia que puede ser tu lluvia. Puede ser la mía. Puede estar en tu corazón, en las ventanas de tu casa, en las tejas de tu tejado. Puede estar también en mis ojos, en los vidrios de mi balcón o en los paneles de mi terraza.

 

Puede ser un mar de lluvia. Como esa que se ve cuando se viaja en coche o en tren. Las gotas chocan contra la mampara, miles de gotas, millones y en el reflejo se forma un oleaje, un temporal, el mar viene directamente a mis ojos y tengo ganas de llorar o de fundirme con esa agua que viene del cielo purificada después de haber pasado un infierno en la tierra, habiendo formado parte de la fruta, de la hierba, del ser humano, de la carne y por último de los deshechos. O quizás pasó directamente del cielo a una alcantarilla. De todos modos en pocas ocasiones se libera de los estragos del hombre que la contamina e impide que sea un vehiculo de paz y de vida entre todos los seres humanos.

 

Puede ser una cortina de lluvia. Como la que impide que pasees por la calle cuando hay viento. Quizás sea más el envite del viento que la fuerza del agua. La que levanta mi paraguas y lo vuelca hacia atrás o la que juega con mi falda y alfombra el suelo por donde hemos de pasar, cual capote de torero defenestrado ante el pie de la dama. Y es un paseo de cristal, hermoso, enorme y vulnerable, por donde camina la noche cuando no tiene nada mejor que hacer o la atmósfera se pone caprichosa y se lo llena todo de nubes tras el cigarrillo de antes de acostarse. Y hay noche en el infierno con luces de esperanza reflejadas desde el cielo. Almas que se salvan.  Charcos, lagunas, puertas de entrada y salida a esos mundos, inframundos que desconocemos pero que están igualmente dentro de nosotros y conectan nuestros misterios con el exterior. Charcos negros, blancos, azules, transparentes.

 

Puede ser una puerta a otro espacio. Puede ser un viaje sin medida a través de hilos perlados que el cielo nos envía. Una puerta infinita, un chirimiri de madera o de marfil o nácar. Un lugar donde tu reflejo se encuentra mil veces pero que me oculta tu presencia. Donde se juega al escondite con las apariencias y con la verdad. Donde las cosas no son y parecen ser que son. Donde yo no hago más que buscarte y te pierdes y me siento desalentada y vuelvo a buscarte y vuelvo a perderte. Una puerta de mentiras y de verdades, donde todo parece lo que no es y en mi desasosiego te necesito pero no te lo dejo ver y te engaño buscando otras compañías. Entonces las puertas se juntan, se cierran, se abren y estas y me dirijo corriendo hacia ti, pero te vas y vuelven a cerrarse, a juntarse y a abrirse y has desaparecido. Y en mi angustia, me siento en un escalón de esos que da acceso a un elevado lugar con enormes columnas y estatuas barrocas y renacentistas, donde el paso de la lluvia marca la edad y la vida y la permanencia y dejo que, en medio de la noche, ante la vastedad de una  piazza italiana,  te vayas, con tu chaqueta, tu pantalón y tu paraguas o sin él quizás O a lo mejor con tu gabardina, tu pantalón negro y tu paraguas negro, hacia la otra esquina, en medio de la oscuridad. Mientras tanto, un piano, suena a lo lejos y marca Chopin el paso de las gotas de lluvia y la medida del cosmos.

 

Puede ser un abrigo de lluvia donde después mire, desde lo alto, a solas, las luces de la ciudad. Y mire la oscuridad del cielo. Con nubes de color marrón, rojizo, gris, azul, verdoso. Y mire la inmensidad de la tierra, antípoda de mi campo de visión. Y mire el horizonte desaparecido bajo la lluvia, a un lado y al otro.  Un cerebro minúsculo que pretende compararse con una creación engalanada por la lluvia, adornada por la risa atmosférica, que vierte sus lágrimas  tras cada carcajada, pensando en el ser humano que se devasta a sí mismo a cada momento y que luego pretende ser poderoso. Pero en la noche, la tierra, la atmósfera, la lluvia, el universo, el silencio, bailan danzas de triunfo sobre los cuerpos dormidos, en penumbra o semirecostados intentando aplacar la danza del fuego de su interior.

 

Abro mi paraguas. Aparto la lluvia de mi cara. No tengo miedo a la noche ni a la soledad ni a la existencia de las cosas y puedo sentirme completamente integrada, así que intento caminar con pasos quedos para no interferir demasiado en el concierto que se prepara para el próximo amanecer. A fin de cuentas los pasos son necesarios dentro de toda aquella armonía. Temo sólo a aquello que desconozco del ser humano: su siguiente intención.

 

No tengo la esperanza de volver a verte. Cualquier dia, cualquier noche, en alguna acera, sólo o acompañado.  Tu partida la guardo como otro momento más en mi colección de minutos sublimes.

 

¡¡Ah!! Guardo la e que se te cayó al salir. Buonanott.. e.
 

http://es.youtube.com/watch?v=ABBGCLK4O2w
 
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 13.01.2008.

 

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