Maria Teresa Aláez García

MVS

A veces es bueno quedarse solo. Del todo.  

Con el dolor del interior. Con la alegría interna. 

Enfriarse, verse desde fuera, analizando dicha alegría o dicha tristeza o dicho dolor.

No hay nada mejor que aprender a identificar los sentimientos y aprender a poner distancia con ellos. Y mientras se tiene el nudo en la garganta y el corazón en un puño por la tristeza, aprender a estar aparte, como si no se formara parte de ese mundo de sensaciones, para saber cómo se ha producido eso y poder ponerle solución si la necesita. Si es por la alegría, poder refrenar la impulsividad y compartir y si es el dolor, aprender a convivir con él.

Otras veces parece como si gratuitamente se sintiera. Parece como si el cuerpo necesitara, al igual que el alma, ese dolor para crecer. Como cuando los niños padecen dolores reumáticos debido al crecimiento.

Es bueno analizar lo que se siente. Ayuda a madurar. Ayuda a reconocer la realidad. Ayuda a ver las mentiras de los demás y la de uno mismo. Ayuda a ver que en realidad, no nos empeñamos en vivir como queremos sino en imaginar lo que queremos e intentar convencer a los demás de eso. Poca gente hace lo que quiere. Es más. Nadie se conforma con lo que tiene. Analizando lo que hemos hecho y lo que se nos ha hecho y nuestras reacciones, el por qué del sufrimiento, de la alegría, del dolor, ayuda a mejorar. Ser dos en uno en algunas ocasiones pero siendo consciente de ello.

Pero es difícil dar ese paso. Distanciar la mente del sentimiento, sobre todo si el entorno no lo permite. Y es necesario, sobre todo si el sentimiento es profundo y muy negativo. Si cuando una persona sufre, tiene la suficiente frialdad como para poder alejarse de todo, incluso de su sufrimiento, tendrá ganados muchos pasos para poder combatirlo. En el momento en que movida por el ardor de la desesperación, la persona responde a la tremenda se producen acontecimientos fatales que pueden arruinar su fama y su fortuna. Pero si sabe, no sobreponerse, pero si calmarse y separarse del sufrimiento y quitarle ella misma la atención, dejándolo en su sitio, aparcado en su lugar, existiendo, por supuesto, pero intentando que no sea eso lo que llene todo sino que siga compartiendo lugar con las cosas cotidianas o con otras alegrías, esa persona no será una psicópata ni una sociópata ni una esquizofrénica ni fría ni dura. Será más, mucho más humana, porque se habrá superado en el conocimiento de su propio ser y en el de la raza humana y sus emociones.

Y ya entonces, arreglado todo en su entorno, a solas y tranquila...

Podrá llorar.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 17.11.2007.

 

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