Maria Teresa Aláez García

La mirada.

 
 
Hoy te miré a los ojos.
 
Te ví.
 
Me miraste.
 
Me viste.
 
Pero de un modo muy especial.
 
Me miraste por encima del tiempo. Por encima del espacio. Por encima de mi espacio. Por encima de mis
circunstancias. Por encima de mi presente y  de mi pasado.
 
Me miraste fijamente sin miedo, sin temores. Me obligaste con tu mirada a fijar la mia en tus ojos.
 
Estaba tan absorta en tus pupilas que no descubrí ni recuerdo si los iris son de color marrón, verde o gris.
 
Solo sé que tu mirada trascendía la realidad y al margen de lo que hablábamos, me mirabas leyendo mis pensamientos.  Y que rebuscabas entre mis sentimientos.
 
Viste mi miedo. Viste mis ruegos. Viste mi apuro, viste la intolerancia de nuestro entorno, viste mi sufrimiento. E hiciste un mundo al margen de todo el recodo.
 
Sólo querías mirarme a los ojos y que yo te mirara.
 
Sólo quisiste que todo se centrara en esos momentos donde estábamos tú y yo hablando de cualquier cosa pero mirándonos a los ojos en todo momento, teniendo esa conversación que todo el mundo supone pero que nadie interpreta porque no hay hechos que la apoyen ni palabras que la delaten. Pero que se nota en los modulamientos de la voz, en la manera de mirar, en la forma de soportar la mirada, en el gesto de la comisura de tu boca, en la media sonrisa.
 
Y rompiste tú sólo el entorno. Molestaba y no te amedrantó el equilibrar lo que estaba roto. Se te notaba a gusto, se te veía animado, relatándome, contándome, mirándome. Sólo eso, mirándome.
 
Te vi protegerme, te vi secundar un plan que alguien trazó hace tiempo para mí y que tu seguías llevando a cabo.
 
No hablo de amor, ternura, cariño, dependencia o expectativas. Hablo de algo más, algo que supera todo y que lo da todo. Algo que han visto tu mujer y mi marido pero que no les hace sentirse mal y en peligro. Saben que nosotros nunca haremos eso, no les haremos sufrir.
 
Hablo de confianza, de complicidad. De conocerse más alla de lo cognoscible, de saber entrever más allá de lo que nadie ha podido mirar.
 
Lástima que sea en momentos contados porque cada cual lleva su vida y tiene muchas tareas que realizar.
Pero vale la pena esperar. Y esa espera tiene sus frutos. En esa mirada que tanto habia deseado.
 
Sin besos ni caricias. Sin abrazos ni sexo ni engaños ni nada que pudiera empañarla.
 
Gracias.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 20.07.2007.

 

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