Jona Umaes

Las gafas

          Marina usaba gafas desde que era muy joven. Nunca supuso un problema para ella. Al contrario que a muchas personas, las gafas le sentaban bien. Junto a su eterna media melena, le daban un aire más interesante y juvenil. Se aproximaba a la treintena, pero a pesar de su juventud, ya había tenido numerosas relaciones. Atesoraba la experiencia de personas de mayor edad, en ese sentido.

          Trabajaba en un laboratorio de productos químicos. Para su trabajo, tenía que colocarse unas gafas especiales de protección, dado que ciertas sustancias podían irritar sus ojos por los efluvios que desprendían. Siempre era muy cuidadosa con sus gafas, las guardaba en su estuche y colocaba a buen recaudo, pero esa noche había dormido mal y andaba algo despistada. Dejó las gafas sobre su mesa de trabajo, olvidándose del estuche. En un descuido, su codo topó con ellas haciendo que cayesen al suelo, pero en vez de terminar en el frío piso, fueron a parar a un recipiente con algún tipo de solución, que alguien había dejado allí. Al darse cuenta, las cogió rápidamente. Desconocía qué clase de sustancia contenía el envase, pero como tenía puesto los guantes de trabajo, no temió meter la mano. A continuación, se levantó y se dirigió hacia algo parecido a un fregadero, para lavar bien las gafas con agua y un líquido desinfectante.

          Cuando terminó su jornada, tomó el autobús para volver a casa. Acudía al trabajo en ese medio, pues le gustaba observar a la gente mientras permanecía sentada, preferentemente en el asiento de ventana. Estaba agotada. La mala noche anterior le pasaba factura y deseaba llegar a la casa para ponerse cómoda y acostarse pronto. Por el camino, viendo a los transeúntes en la calle, notó algo extraño. Las personas que iban charlando emanaban sutiles vapores de colores. Unos eran verdosos y otros azulados. Le pareció de lo más raro. Quizás la vista le estaba jugando una mala pasada, seguramente por el cansancio. De cualquier forma, le pareció curioso, pues no ocurría lo mismo con las personas que iban solas o no charlaban.

          Llegó a su casa y después de ducharse, se hizo algo ligero para cenar, pues el cuerpo le pedía cama. Aquella noche durmió profundamente y por la mañana se levantó como nueva. Tras un desayuno copioso, en compensación a la escasa cena, se dirigió a la parada del bus. Por el camino, de nuevo apreció el humo de color que surgía de personas que iban hablando. Su idea del día anterior, achacando la visión al cansancio, ya no tenía base pues estaba fresca como una lechuga. Nunca le había ocurrido nada igual y la preocupación hizo acto de presencia.

          En el descanso del trabajo, se lo comentó a una compañera, mientras tomaban café. La otra se echó a reír porque le pareció que le estaba tomando el pelo.

—¿Pero, qué dices? Es lo más surrealista que oído nunca.

—Te lo juro. Me pasó ayer de vuelta a casa y esta mañana otra vez.

—Bueno, quizás estés un poco estresada y la vista te esté jugando una mala pasada. Pero vamos, me parece lo de lo más gracioso —y se echó a reír in crescendo, contagiando a Marina, que no tuvo más remedio que admitir lo ridículo del asunto.

—Pues, yo conocí un caso parecido. Un amigo, de la noche a la mañana, comenzó a ver cómo los ojos de las chicas se encendían como faros cuando le miraban.

—Sí, ya. No tiene gracia. Esto es serio, estoy preocupada —y en ese momento vio como del cuerpo de su amiga, surgía una nubecilla de humo color verde. Se quedó atónita. Aquello era de locos. No quiso comentarle nada a Nuria porque la iba a tomar por loca. Su preocupación iba en aumento.

          No entendía por qué le estaba ocurriendo aquello. Ni se paró a pensar en el color. Tan solo que había vuelto a suceder y como no cesara, quizás tendría que acudir al médico. Su trabajo le exigía tal nivel de concentración que ya no volvió a pensar en aquello hasta que terminó y volvía a casa en el bus. De nuevo, las dichosas nubecillas sobre las personas. Hasta las veía dentro del bus, en quienes conversaban. En aquel momento, cogió el móvil y sin dudarlo pidió cita para el médico.

          Ya en la casa, tras cenar y lavarse los dientes, se miró en el espejo del baño. “No es nada, se pasará”, se dijo. “Nuria tiene razón, es por el estrés. Tengo que descansar más”. En ese momento, vio como su propio reflejo emanaba una nubecilla verde. “¡Dios! ¿qué es esto?”. Se quitó las gafas para refrescarse el rostro con agua y tras secarse se volvió a mirar. La nube había desaparecido. Se colocó las gafas y se dirigió al dormitorio. Estuvo pensando un rato antes de dormir. Recordó la conversación con su amiga y la nubecilla verde que surgió. También la suya frente al espejo, era del mismo color. ¿Por qué verde y no azul, como veía en otras personas? Pensar en aquello le pareció absurdo. No tenía ni pies ni cabeza. Se la pasó la mente la idea feliz de que el color tenía que ver con lo que se acabara de decir. Su amiga bromeó con su problema, tomándole el pelo. Ella prefirió, también, creerla, pensando que era cosa del estrés. En los dos casos el color fue verde. Quizás tuviera que ver con la veracidad de los hechos. Se rio para sus adentros por la ocurrencia. El sueño, que estaba al acecho, apareció y le cerró los ojos.

          En los siguientes días todo continuó igual. Siguió viendo las dichosas nubecillas, unas veces verdes y otras azules, y su idea loca que el color tenía que ver con la verdad y la mentira ya no le parecía tan absurda. En conversaciones con otras personas, observó que estaba en lo cierto hablando de cuestiones en las que ella sabía a priori cuál era la verdad, y los hechos le dieron la razón. Aquello era tan demencial que cuando se lo contó al médico, este le mandó directa para el psicólogo, pensando que tenía problemas nerviosos, seguramente de estrés o preocupación por algún asunto.

          El tiempo que estuvo yendo a la consulta, no le supieron dar respuesta a su problema. Marina era una chica normal, sin aparentes trastornos. Al igual que su médico, lo achacaron todo al estrés, y le dio la baja del trabajo, para que se relajase durante un tiempo y en espera de acontecimientos.

          Pero no. No era debido al estrés, pues tras una semana en blanco, las visiones no cesaban. Como vio que los médicos no podían ayudarla, se propuso saber la causa por ella misma. Era una chica lista y observadora, no tardaría en dar con el quid del asunto. Y así, fue. En una ocasión, paseando por el parque, se sentó en un banco a la fresca de un árbol. Disfrutaba del momento. Aquellos días de descanso le habían sentado bien. Miraba a los niños jugar, a la gente pasear y se había habituado a los colores volando sobre las cabezas de las personas. Ya no se agobiaba, lo había normalizado. Aceptó que así fuera, aunque sin dejar de preguntarse por qué se producía. En un momento dado, tuvo picor en los ojos y se quitó las gafas para poder frotárselos mejor. Sin ellas todo a su alrededor lo veía borroso, pero se dio cuenta de que los colores en el aire habían desaparecido. Rápidamente se volvió a colocar las  gafas y estos volvieron a aparecer. “¡Las gafas! ¡Todo este tiempo lo había tenido sobre mis narices y no me había dado cuenta!” La visión de las gafas sumergidas en el recipiente la fulminó como un rayo. “¡Ese líquido! Desde ese momento comenzaron las visiones…”

          Una vez su mente se aclaró, aun siendo un hecho inexplicable el que aquel líquido transformara sus gafas, recuperó la paz que había perdido semanas atrás. Ahora que sabía que no se trataba de ella y que no se estaba volviendo loca, sintió que aquel poder que le brindaban sus gafas tenía que aprovecharse.

 

          Se dirigió a la comisaría de policía y pidió entrevistarse con el comisario jefe.

—Buenos días, ¿qué se le ofrece?

—Tengo un don y quiero ayudar —dijo ella muy seria.

—¿Qué clase de don? ¿No será una chiflada visionaria? —dijo socarrón el comisario.

—Algo parecido, pero no estoy loca. Puedo distinguir la verdad de la mentira en lo que dice cualquier persona.

—¿En serio? Si mi mujer tuviera ese poder, no defendería tanto a mi suegra.

—Usted no tiene esposa. ¿Me estaba poniendo a prueba? —. El comisario se removió incómodo en su silla.

—Ejem, ¿y si la tuviera?...

—¿Se llevaría bien con su suegra? —dijo ella aguda.

—Por supuesto que no, eso es algo anti natura, je, je.

—En eso estamos de acuerdo —sonrió ella.

—En diez años que llevo de comisario jefe, es la primera vez que me viene alguien con un superpoder.

—Me gusta que sea sincero. El azul le sienta bien —dijo Marina enigmática.

—¡Pero, si voy de negro!

—Yo me entiendo.

—He terminado mi jornada. ¿Le parece si seguimos hablando de este asunto en una cafetería?

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 13.02.2021.

 

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