Joel Fortunato Reyes Pérez

PERMUTABLE INVETERADO

PERMUTABLE INVETERADO
 
 Pasan por las calles toda una noche por delante,
una calesa caduca, y la luz de los cielos que bebí en los ojos,
sonrisa de los vientos, bañada,
en la dulzura de sus labios rojos, bajo la amenaza de ser cosa sin concepto.
 
Guardado, escondido en su oscuridad, en la oscuridad propia,
mientras todo da vueltas, en la nada incomprensible,
y más vueltas da, muchas veces, y donde van los cuerpos,
camino de un  ensoñador antojo, como milagro,
mientras yo, invisible, soy la promesa de la espina.
 
Con la fidelidad de claros remolinos, donde navego,
celebrando los puntos cardinales,
que mudarán mi origen, en la predera del mundo dormido,
porque sucede el naufragio que debe,
en la vida, que es el barco del paisajista,
que sabe oír y ver, las caprichosas letras,
siempre entre líneas,
y reconoce a solas su destino, en los devaneos del rocío,
y se insinúa en las palmas de una gélida caricia.
 
Seré para el cuerpo el lino apaciguante, brío prolífico.
Y ya no más mi ruego sollozante, devorará lo recibido,
ni irá a turbar la indiferente calma...
 
Ya nada sana, ni perdona.
Donde pasan semanas, en la pared sentadas,
como una sola y libre flor del prado,
dejando preciosas piedras,
y sólo un milagro más entre la hierba.
 
Me dueles,
carbón del breve engaño, no es nada del vespertino bostezo,
en el cuerpo,
antes  que muera de amor la prisa,
y en otra carta, la propia consistencia,
pensándolo bien, no endulce,
aquello que quiero a las diez.
 
Se hace lentamente eso  que pintamos, muchas veces,
en el suave vuelo de la huerta, con sus puertas,
sin saber cómo es, ni cómo será mañana,
el baluarte de la noche.
 
Las polillas en la ventana, anudan el delirio,
corriendo entre las piernas.
En cuanto se fecunden sus resquicios,
la primavera endulza y endurece,
eso que si se ensalza hiere.
 
Porque el mundo quedará alumbrado de un horizonte,
donde perderse parece inevitable, en el duelo del andén,
que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible,
al silencio, una voz en cada paso, gozoso de la  mirada de la luz,
rojo nace, y podría nacer, entre los amarillos un gris.
Porque ha nacido una y otra vez, en un pensamiento sin memoria,
de sentir la fuerza del polvo.
 
Que solo ciñe los rosales de pura eternidad, en la permanecía inmóvil,
al quedarse vacías, las vidas ajenas,
y otras, como puños enfebrecidas,
prisioneras,
que no conservan nada,
de lo que debieron,
y no hicieron al destino,
en  su canto eterno.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 08.11.2016.

 

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