José Luis Rodriguez Bravo

El Filósofo(II)

 

Adolfo era un hombre peculiar que gastaba trajes italianos y fumaba en pipa. Le gustaba bajar en los ratos libres a un café cerca de su casa. Decía que la catedral olía a incienso y por eso bajaba tanto al café, porque desde su casa no olía nada. Cierto era que a don Adolfo le gustaron siempre los olores, cuando paseaba con sus hijos de la mano les decía: “Aquí hay melones” o “Al pasar la esquina hay naranjas”, y no, eran manzanas. Pero a Adolfo le daba igual, y aspiraba con verdadera fruición el tabaco de su  pipa mientras tomaba su licor de manzana con dos hielos.

Lo más peculiar en él no era su esbelta figura ni su barba entrecana y bien recortada ni los anillitos de humo que hacía con los labios. Era más raro que cada pocos días, don Alfonso recibía a un hombre distinto cada vez e iban a su casa..Aunque la mayoría pensaba que eran asuntos de negocios-era ejecutivo en una empresa de construcción-, unos pocos se ocuparon en difamar los más maliciosos y morbosos comentarios acerca de su relaciones con sus congéneres.

Un día, había puesto en el periódico un anuncio así:

 

 

 

Distinguido filósofo busca otro para batalla ética. Si logran vencerme, premio cuantioso. 981456231

 

 

 

Y al día siguiente se le había presentado un hombre que decía ser profesor de la Universidad de Santiago. Duró menos de quince minutos y se marchó blasfemando y llamándole ”filósofo de andar por casa” y “estúpido pensador idiota”

El mismo Alfonso se enorgullecía de los improperios ya que su talento pensador innato  afirmaba que “no hay mayor halago que la envidia del enemigo”. Su afán por la discusión filosófica suprema y la búsqueda del Gran Filósofo- bautizado así pomposa y rocambolescamente- lo llevaron a extremos verdaderamente desaconsejables para un hombre de su buen juicio y lo sumergieron en una aventura intelectual por la cual alcanzó la cima de la fama.

 

Al mismo tiempo publicaba unos versos en la revista Nuevo Mundo y firmaba-con su habitual teatralidad-como el Señor de los Versos, y que recitaría su epifatio cuarenta y ocho años después.

Fichó por una editorial sin descubrir su verdadero nombre, pues quería que el autor fuese parte de la obra. Y cualquiera, cuando leía el título, se emocionaba al ver: “Mandato sobre las estrellas” y firmado por el poderoso Señor de los Versos.

 

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 17.04.2006.

 

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