Zelia Pinsonneau

Siempre es poco tiempo

Yo le quería con cada partícula de mi alma, adoraba secretamente cada uno de sus defectos, disfrutaba de la apacible sensación que experimentaba al percibir su olor corporal, de la seguridad que sentía al esconderme entre el corto pelaje de su barba y de adentrarme en el hueco que me esperaba entre su cuello y su hombro. Pensaba que podría esconderme allí por siempre, que con cerrar los ojos y sospechar su presencia  podía derrumbar mis miedos. Que el resto del planeta desaparecería dejando atrás tan solo las figuras de nuestro amor juntando las frentes y besándonos apasionadamente para saborear la última gota de saliva en el cuerpo cálido del otro. Pensaba que había una vida fabricada para nosotros, que solo teníamos que adentrarnos en ella juntando las manos y fusionando nuestras miradas con vehemencia.

Pensaba que habías entrado en mi vida para salvarme, que me habías ofrecido tu mano para tirar de ella hacia un mundo ideal, que íbamos a combatir el resto del mundo unidos con nuestras espadas construidas con delirio y frenesí. Creía que nunca te ausentarías, nunca te alejarías, nunca te marcharías. Creía que el amor que sentíamos permanecería adherido a nuestra piel, que ni la tormenta más poderosa podría conseguir arrancarlo, que había llegado a formar parte de lo más profundo de nuestras entrañas. Te amaba con toda la esencia de mi ser, con cada uno de mis sentidos, con cada gota de sangre que recorría mis venas. Pensaba que solo la muerte podía abatir tal poder, que ni el fin del mundo podría llevarse nuestros sentimientos hasta la orilla de nuestras existencia.

Pensaba que tus ojos verdosos de reptil se quedarían posados por siempre sobre mi cuerpo desnudo, percibiendo de él tan solo la esencia del deseo ardiente que no exigía ni el roce de tus manos sobre su piel, que se conformaba con el poder de tus  pupilas tanteando mi ser con delicadeza.

Creía que habías nacido porque yo existía, y que yo existía porque tu me esperabas.

Había construido sueños de papel que flotaban sobre un mar de incertidumbres. Pensaba que mis días malos siempre terminarían con la punta de tus dedos recogiendo un mechón de mi pelo para colocarlo detrás de mi oreja y susurrarme promesas de amor. Me dijistes que me amarías por siempre, que tus abrazos serían eternos, que tus sonrisas me pertenecían y que tus miradas me buscarían hasta el fín del mundo.

Pensaba que construiríamos una familia perfecta, que nuestros hijos heredarían de la pasión fruto de su creación para amarnos con la misma fuerza con la que fueron engendrados. Que tendrían tus ojos aceitunados y mi piel mi brillante y que recorrerían nuestras tierras bendiciendonos con el eco de sus risas embellezando nuestra alma. Que envejeceríamos viéndolos crecer y agarrándonos las manos con todas nuestras fuerzas para que nada en el mundo pudiera separarnos.

Había creído en hechos de humo por demasiado tiempo. No había contemplado tu mirada perdida perseguida por la mía. No había apreciado la llama de tu afecto perdiendo ternura tras la brisa del invierno. No había sentido tus dedos alejarse de mi cabello y tus promesas hundirse en el océano de la vida. No había advertido que perdía tu amor hasta que desapareció de tu mirada, del tacto de tus manos sobre mi piel, de la temperatura de tu aliento susurrandome al oído, de la calidez de tus besos despertandome en el alba.

Me dijístes que me amarías por siempre y que nunca nos separaríamos, pero siempre siempre se acaba, y nunca nunca es para siempre.  

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 14.12.2015.

 

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