José Luis Remualdi

Los Ojos Nocturnos

Yo no sé cómo alguien que baja
la frente hasta el piso para orar,
o lustra de rodillas los posa pies
de los asientos de las iglesias,
o se balancea fervientemente
frente a un muro Introduciendo
rezos de papel en sus resquicios,
puede luego salir a menoscabar
o dar muerte a sus congéneres.
¿Cómo cree que Dios, Yahveh,
Jehová, Alá, etcétera, en su ser,
puede secundar embate y crimen
sea cual fuere el motivo de éstos?

¿Dónde deja guardado su corazón
el hombre que ora? Su corazón,
el que puso en la fe de su plegaria,
¿dónde está cuando desbarata
una familia entera con sus niños?
¿Está en guarda divina su corazón
para serle devuelto sano y puro
sin una leve esquirla de metralla,
sin una mínima mancha de sangre,
sin una pizca de remordimiento
o ya está reseco de antemano
el corazón de ese hombre, y ora
tan solo por tradición e hipocresía?

Porque si cree, reitero, que un Dios
favorece su crueldad, le pregunto
yo medio a oscuras, si es el rey
de los ignorantes o malentendió
la voluntad suprema o está loco
o mal influenciado y manipulado,
o es un cínico asesino ambicioso
que no cree en otro Dios que en sí
y ora para justificar su trasgresión
a la vida ante la opinión popular.

En una o más de estas conjeturas
que tan didácticamente expongo,
me digo que están las respuestas
a mis preocupadas interrogantes,
mismas sin interés creado alguno
sino el motivo pacifista que persigo
y por las que me excuso si erradas,
pero me enseñaron que lo bueno
y lo malo son como agua y aceite
y no se unen ni se piden favores;
el bien no asiste al mal y viceversa.

Sí sé con certeza que ese hombre,
ya sin más motivo y con el tiempo,
se enfrentará a los ojos nocturnos
de su conciencia (que aunque hoy
no la avale, descubrirá que la tiene).
Mismos ojos de sus víctimas, amén
los ojos puros de sus propios hijos
a los que nunca jamás podrá referir
sus ‘hazañas’ de órganos dispersos.

Y si es que hay un Dios realmente,

de acuerdo a las mentas de su ira,
esa desazón será su vara de castigo.
Y esa vara azota donde más duele.
Y Dios no detiene nunca su brazo
castigando el daño a sus criaturas,
ni en esta vida ni en la otra, si la hay:
Él no deja impune un solo crimen;
su ‘perdón’ es ficción de corruptos,
mercaderes religiosos y cobardes.

Debería así, el homicida que ruega,
ahorrarse la farsa de su demanda
y dar lugar a su ambición sin más,
teniendo en cuenta que está solo;
un igual suyo no es mucha garantía.
Y solo, después, en soledad atroz;
solo de Dios ante los ojos nocturnos.


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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 02.04.2015.

 

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