Celeste Chamorro Castro

SIN HISTORIAS


Manejaba el Suzuki Swift por la ruta 9 en dirección a Natales. Iba en busca de un fin de semana distinto. Disponía de tiempo a su favor por lo que no presionó el acelerador y condujo ligero y pausado por la carretera, disfrutando el paisaje y la mejor compañía que podía llevar, la música.

Su reloj marcaba las 4 de la tarde, la claridad del día era total, el clima completamente a su favor, viento calma, escasa nubosidad y temperatura agradable, demasiado en realidad para la región. Se sentía animado, alegre y entusiasmado.

El calor se hizo notar cada vez más, con ello apareció el cansancio obligándolo a tomar un respiro, para lo cual aprovechó un desvío que se presentó en el camino, decidió seguirlo y buscar algún lugar donde estacionar.

Obviamente era camino de tierra, para su fortuna se encontraba en buenas condiciones, lo cual hizo agradable el tránsitarlo.

Le llevó aproximados cinco minutos para toparse bajo sus neumáticos nuevamente con asfalto. "¡Que extraño!" Pensó él. Sensación que se acrecentó al momento de divisar 100 metros adelante el que parecía ser la llegada a un pequeño pueblo.

Recorrió varias cuadras boquiabierto observando aceras brillantes y limpias; edificios de no más de cuatro pisos de aspecto bastante nuevo por lo mantenido pero anticuado en el diseño. Extraño fue ver casonas de la época de los pioneros, otras de principios de los cincuenta, ochenta, noventa y época actual.

No vío hospital ni postas, menos bancos o un cuartel de policía, ni colegios, canchas de fútbol o parques comunitarios, tampoco había un supermercado, ni bencineras. Al instante cayó en cuenta que no había visto ningún vehículo, ni animales.

Ya, a esta altura del recorrido comenzó a inquietarse, para darle sentido a lo que veía decidió estacionarse e investigar. Eligió una esquina donde para mayor sorpresa había una cantina. ¡Sí!, una cantina al más puro estilo viejo oeste.

No daba crédito a todo lo que estaba viendo, decidido y con una mezcla rara de euforia y nerviosismo cogió su Galaxy Grand para hacer algunas fotos. Estaba en eso cuando escuchó que desde el interior de la cantina se escuchaba música, gritos y jolgorio en general.

El sol dejaba caer sus fuertes rayos justo en dirección a él sobre sus ojos y a medida que caminaba rumbo a la cantina se sentía cegado, por lo cual necesitó taparse con sus manos.

Alcanzando las puertesillas que permitían el acceso al local, tomó aire varias veces antes de ingresar.

"¡Mierda!", el joven no entraba en razón con todo lo que veía. El lugar estaba lleno de hombres y mujeres divirtiéndose, algunos jugando cartas, otros bebiendo, cantando, bailando, coqueteando, fumando. Pero lo más sorprendente. Todos vestido a usanzas distintas. Absolutamente todos.

Prácticamente inmóvil y casi mudo, tartamudeo palabras que ni él entendió. Lo cual provocó el silencio total. Peor aún, que todos voltearan al unísono para mirarlo.

Un extraño frío recorrió su cuerpo desde la cabeza a los pies, los pelos se le erizaron y la mezcla de pánico y adrenalina lo hicieron voltear y correr tan rápido como un rayo en dirección a su auto.

Fueron segundos los que le llevaron llegar hasta el coche, en su carrera se percató que el celular cayó golpeando y quebrando drásticamente la pantalla. Lo cogió lo más rápido posible y pudo notar de reojo como poco a poco los ocupantes del lugar iban saliendo fuera para verlo.

El sudor se adueñó de su cuerpo, no miró a nadie, sólo hizo contacto y arrancó. Se volvió justo por donde había venido. Poco antes de acabarse el asfalto y dar comienzo a la tierra divisó un letrero con una inscripción.

Extraño pero cierto, la reseña decía: "Llegaste al lugar sin historias, sin memoria. Donde estan los que dejó el camino".

El dueño del Swift estuvo en menos de cinco minutos de vuelta en la ruta 9. Corría a casi 180 km. por hora. Aún con el sudor en la frente y el corazón a mil, encendió las luces de estacionamiento y frenó de a poco. Tomó aire varias veces para tranquilizarse, observó por el espejo retrovisor para cerciorarse que no vendría nadie tras suyo, revisó las fotos hechas con su teléfono, sólo habían imágenes en negro, no entendía nada. Perplejo, finalmente miró su reloj, marcaba las 4 de la tarde.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 23.08.2014.

 

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