Federico Rivolta

MUERTO EL REY

      La mayoría de las personas, inmediatamente después de un jaque mate, terminan la partida de ajedrez. Para ellos las únicas alternativas son guardar las piezas o bien reacomodarlas para una revancha.

   Mi amigo Agustín y yo jugamos al ajedrez todos los domingos. Algunas veces logro ganarle en pocas jugadas, sorprendiéndolo, otras (casi siempre), el partido se extiende y, mediante un estratégico desgaste de mis defensas y un paulatino posicionamiento favorable de sus piezas, terminamos quedándonos solos e indefensos mi rey y yo.

      Un día decidimos seguir el partido sin prestar demasiada atención a los jaques. Luego de que él amenazara a mi rey, yo no lo protegí, ya que tenía la posibilidad de amenazar al suyo. Eventualmente nuestros reyes fueron asesinados pero consideramos que, más allá de que ese haya sido el final de sus reinados, las demás piezas podrían tener interesantes historias que contarnos.

      Pocos lo han experimentado, pero las piezas no se comportan de la misma manera una vez que su rey muere.

      Los peones no lamentaron la muerte de su tirano rey, más bien la celebraron, ya que sin reyes no hay peones, sin peones no hay reyes, sin ricos no hay pobres y sin pobres no hay ricos. Para que se declare un ganador es absolutamente necesario que exista un perdedor. Todos los sirvientes, soldados de infantería, obreros y artesanos, los ocho que vivieron sus vidas condenados a caminar siguiendo siempre una misma dirección, pudieron elegir su propio camino; eran libres al fin.

      La reina dejó de cuidarse de los peligros de una muerte absurda y se dirigió al centro del campo de batalla en busca del mismo destino que su amor.

      La torre también buscó su rápida eliminación, ya que sólo una muerte en combate podría devolverle el sentido a su vida. No habría más enroques, ya no tenía a quien proteger, no necesitaba esperar al final del enfrentamiento para ser el último hombre en pie; la batalla, para ella, ya había terminado.

     El alfil sonrió por el fin del reinado, hacía mucho tiempo que estaba harto del rey –ese patético vejestorio que ya no podía soportar el peso de la corona–. Decidió adoctrinar a algunos peones, quienes lo siguieron fielmente, y se fue a otro tablero en donde terminó volviéndose aún más tirano que su predecesor.

      Al final sólo quedaron los caballos, quienes seguían saltando de un casillero a otro, jugando libremente como si el rey no hubiese muerto, como si nunca hubiese habido un rey.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 28.06.2014.

 

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