Lourdes Portela

Amor de madre

       Nunca te abandonaré, hijo, no me importa que estés enfermo, que me hagas sufrir tanto con tu dolor…
Con su cabeza apoyada en mi regazo, susurro palabras de consuelo y seco sus lágrimas con mis besos. Al poco tiempo sus sollozos se reducen a suspiros, su cuerpo tenso se relaja y se desploma a mi lado, y por fin, se queda dormido.
¡Qué cansada estoy, y qué triste!
No me siento con fuerzas para trasladarlo a su cama, pero lo cubro con una manta y protejo su cabeza con una almohada. Un último beso, una última caricia y me alejo para dejarle descansar. Cierro la puerta con cuidado, para no hacer ruido. Y compruebo que las cadenas y sus candados están bien seguros.   
 
Cuando nació, y mientras era un infante desvalido y tierno, mi hijo era la criatura más bella y adorable del mundo entero. ¡Yo no era capaz de dejar de contemplarlo! ¡No podía despegarlo de mi regazo! Pronto perdí la cuenta de los días y las noches de vigilia acunándole en mis brazos, observando su sueño apacible.
Y la lactancia, ¡qué regalo más precioso para una madre! El momento de comunión perfecta era toda la felicidad que podía pedir a la vida. Mi hijo en mi seno, él y yo en abrazo completo.
Su padre pronto nos abandonó, pero no hubo por ello lágrimas o palabras de amargura. La soledad era perfecta para apretar aún más el lazo que me unía a mi hijo.
Lo intenté, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas, pero no pudo ser. Verlo salir de casa bien abrigado con su gabardina azul y su bufanda de lana, volviendo hacia atrás la cabecita para mirarme implorante, fue demasiado. Pasaba el día sentada en un sillón, esperándole, y cuando cerraba los ojos me asaltaban las imágenes de los demás niños burlándose de él con crueles insultos, o sentía en mi propia piel los arañazos cuando se caía en el patio. La situación era totalmente inaceptable, y no dudé en resolverla manteniendo a mi bebé a salvo entre las paredes de su hogar.
Me siento vieja. Criar a un hijo de la manera adecuada, con toda la dedicación y el amor, es una tarea que exige toda la energía de la que una madre dispone. He pensado más de una vez, y me reído con mi ocurrencia, que los hijos son un poco como los vampiros; poco a poco van absorbiendo la fuerza vital de sus madres, hasta que no queda de ellas nada más que una carcasa vacía.
La enfermedad atacó a mi hijo de forma artera, poco a poco y sin piedad. Es una enfermedad implacable y me temo que no tiene cura. Lentamente, su cuerpo va cambiando, y puedo percibir como la infección se extiende por su alma.
La soledad del sótano es fundamental para apartarlo de un mundo que se cebaría en su debilidad, y debo evitar por todos los medios que intente salir al peligroso exterior.
La enfermedad que corroe su alma y su cuerpo produce a veces pensamientos malévolos en su mente inocente. Alguna vez ha luchado conmigo para liberarse de su beneficioso confinamiento, alguna vez se ha rebelado contra mis cuidados.
En esos escasos momentos de turbulencia he tenido que recurrir a la oración, el sacrificio del castigo corporal y el alivio de la medicina moderna. Los sedantes devuelven por un tiempo retazos de su salud perdida, y a veces puedo vislumbrar en sus ojos opacos vestigios del amor que antes sentía por mí.
No considero el sótano una prisión, no es una celda donde mantengo encerrado a mi hijo querido como si fuera un criminal, es en cambio una habitación confortable que le proporciona la seguridad necesaria para sobrellevar su aflicción sin peligro. Estoy segura de que las cadenas y los candados  ofrecen una gran paz a su espíritu afligido, y que sus ocasionales rebeliones son sólo un síntoma más de su mal.
Contemplo a mi niño descansando en el suelo. Durante el sueño ha apartado la manta, y reposa directamente sobre las losas frías. Mis ojos no consiguen apartarse de la visión cruel que los estragos que la enfermedad ha causado en el cuerpo de mi hijo.
Su cuerpo ha crecido, y exhibe impúdicamente largas piernas, musculosos brazos y anchos hombros. La enfermedad también ha transformado su rostro suave, cubriéndolo de un vello obsceno.
Lo más terrible es oír su voz, ese rasposo murmullo tan diferente a sus tiernos balbuceos de infante, ese tono tan bajo y sonoro.
¿Dónde está mi bebé? ¿Dónde lo ha ocultado esta terrible y cruel enfermedad? Este ser grande y mal oliente es sólo un reflejo distorsionado de lo que era mi hijo.
Nada va a quitarme a mi niño, ni siquiera la espantosa enfermedad. Cuando no soporte más la visión de su sufrimiento, cuando la degeneración de su cuerpo sea completa, no dudaré en aliviar para siempre el dolor que le atormenta. Mientras tanto, sujetaré su cabeza en mi regazo, le susurraré palabras de consuelo y le cantaré canciones de cuna, para que mi hijo descanse en el refugio seguro del regazo de su madre.
Lourdes Portela
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 26.02.2014.

 

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