Héctor de Souza

Peludo

 

“Peludo” es el nombre que recibe quien trabaja en la zafra de la caña de azúcar en Bella Unión (ciudad de Uruguay ubicada en el punto trifinio con Argentina y Brasil). Se dice que por analogía con el tatú peludo: los zafreros caminan encorvados, ennegrecidos por la melaza adherida a la piel después de cortar la caña quemada. Quienes lo aducen, sostienen que su apariencia trae a la memoria al tatú peludo. Por extensión, también se autodenomina peludo el recolector de frutos en las plantaciones citrícolas de los departamentos de Salto y Paysandú.
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Él sabía que lo suyo era un temor irracional y compulsivo. Sabía también que tenía que ocultarlo. No era de hombre andar reconociendo ciertas flaquezas de ánimo. Su timidez enfermiza lo ayudaba a encubrir ese ridículo y absurdo miedo. Sin embargo, en su fuero íntimo, vislumbraba que terminaría por sucumbir. Temía la burla de sus compañeros, pero no lo suficiente para vencer su secreta debilidad.
 
Se había despertado en las primeras horas del día con la sensación urgente de un sueño pesado que había que descabezar. Cuando se incorporó en el catre, vio los vidrios empañados. Afuera, la sábana lechosa de la escarcha cubría el campo hasta la cortina de álamos que protegía del viento al huerto de naranjas. La helada de la noche había sido cruda. Las lágrimas de vapor de agua, en hilitos, corrían por el cristal de la ventana y, heridas por la luz, hacían unos visos que presagiaban buen tiempo. Sería un día de trabajo intenso en la plantación.
 
Estuvo todavía un rato esperando, inquieto, temiendo la indefectible puesta en marcha de una decisión que lo abrumaba. Se escurrió de entre las cobijas y se vistió despacio, de forma mecánica. Pasados unos minutos, el pabellón, donde aún otros – muchos– peludos dormían, estaba claro. Fumó su primer cigarrillo mientras caminaba al baño. Como cada vez que el miedo le atormentaba el corazón, algún pensamiento hizo que se quedara pálido, tembloroso.
 
No hubo mateada ese amanecer. Hubo sí, un segundo cigarrillo, que ya estaba encendido apenas el primero se convirtió en colilla. Mientras encendía el tercer cigarrillo, se detuvo antes de salir al frío, ensimismado. Echó una mirada sin destino, afianzó en el hombro la correa del morral, que terminó de acomodar mansamente sobre la espalda, y buscó algo en el bolsillo del pantalón, en un gesto vacuo. Decidió salir. Antes de tomar el camino de grava, volvió a mirar atrás. La cenicienta figura aovada de un bicho bolita, que mitad caminaba y mitad se deslizaba por la transpiración condensada que corría por el alféizar de la puerta, fue la postrimera e imperiosa imagen del pabellón de los dormitorios.
 
Murmuró que no volvería nunca más, como si quisiera convencerse de que le asistía una determinación superior a sus fuerzas conscientes; que estaba preparado para hacer lo que iba a hacer. Nadie lo persuadiría de lo contrario. Tengo mis razones, gruñó.
 
Enfiló para la oficina de la administración. Tosió varias veces. No pareció una tos catarral; ni siquiera un golpe de tos. Pareció apenas una tos perruna, bronca y seca que había sido amplificada y resonada por el silencio, haciendo de ella lo que hace con los pasos la oquedad de un templo. Debe ser que está levantando la helada, imaginó. Esa tos, que podía oírse desde lejos, era un convencional truco para disipar la penetrante soledad del ambiente; quizá –algo en lo que jamás se le ocurriría pensar–, los corchetes para agregar información: anunciarse mucho antes de llegar.      
 
Mientras descontaba la distancia que lo separaba de las oficinas, pensaba en otras cosas: en el alba y en la tarde, en la cuchilla del capataz cortando la corteza rugosa de una naranja hasta traspasarla y hender el globo de esa miel dividida en gajos, en el tractor cuando bufaba para arrastrar las obedientes zorras repletas de carga, en el cuerpo de escarabajo de un peludo echando hacia delante el bolsón hasta llegar a la estiba, en la voz concisa y áspera del capataz, en la grosería del vasco Urzúa, en un insulto, en un grito, en un silencio.
 
El muchacho no tenía más de veinte años. De pocas carnes, aunque no esmirriado, resistía la faena con energías. Vestía con la modestia de su condición. Provenía de los suburbios de Pirajusar. Sus antepasados habían sido desarraigados del campo en uno de esos flujos migratorios que estudia la demografía, y llegaron al pueblo, como muchos. Cuando el ferrocarril abandonó al pueblo para que muriera de a poco, otra vez fueron echados, hacia la periferia, a vivir en un rancho de fajina o en el desabrigo que puede ofrecer un montón de latas y cartones amontonados. Con todo, nuestro joven llevaba una pobreza digna, serena, cabalmente orgullosa.
 
En la plantación –un enclave perdido en el medio del campo, a más de noventa kilómetros al noroeste de la capital    departamental–, debió convivir con trabajadores arroceros, esquiladores nostálgicos, con tabacaleros de Tacuarembó, remolacheros de Soriano y de Paysandú, con peones de estancia, troperos y alambradores, obreros de fábricas fundidas, desocupados de la construcción, cañeros del norte, recolectores de fruta del sur. Todos ellos integrantes de ese ejército trashumante de excluidos; trabajadores temporarios expertos en atar labores del circuito de zafras, contiguas, complementarias, sucesivas, mediante una ingeniosa estrategia que permite a tanta gente sobrevivir todo el año con decencia, aunque nada sobre.       
 
Hacía poco tiempo que había llegado. Solo había cobrado un par de quincenas. No olvidaría por nada del mundo cuando fue reclutado a fuerza de pregón en la calle principal del pueblo. Y cuando fue arreado al camión: en la caja se amontonaban desempleados subidos como a paladas se carga la tierra, hasta componer una cuadrilla de brazos fuertes para recolectar las naranjas que, ya maduras, no querían esperar más en los árboles feraces.
 
 
Carraspeó. En el sillón no encontraba acomodo: abría las piernas en abanico y las agitaba hasta que quedaban repitiéndose en breves espasmos, llevaba la mirada al encuentro de sus manos, nerviosas, que ya no sabían dónde ponerse, se recostaba, juntaba las piernas, giraba la cabeza, miraba por la ventana.
 
Se enderezó nuevamente. Se quedó quieto. Minuto a minuto, con la paciencia que se le escapaba del cuerpo, escrutó involuntariamente cada pormenor de la oficina. Minuto a minuto, oprimiendo sin ruido la suavidad del sillón, sin dejar de mover los ojos a derecha e izquierda, hacia la máquina de escribir Olivetti que dormía sobre el mostrador, hacia los cuadros colgados con escrupulosa perfección para que no quedaran torcidos a un lado ni a otro, hacia la secretaria que entraba y salía de la oficina hasta convertir su tarea en una estoica pero inútil demostración de dinamismo y eficiencia. “El señor Borini ya debe estar por llegar”, le avisaba la mujer en sus pasajes, una vez sí y otra no, para apagar, por un momento, la crisis de ansiedad del muchacho. Y en cada ocasión que ella le hablaba, él la miraba en un acto efímero que supone aceptar con sumisión el gesto de obligada cortesía.
 
Levantó la vista y miró con fijeza al techo, hacia la derecha, como si buscara algo. Con esa mirada congelada vio el sendero con pastizales que lleva a la quinta; vio la laguna de los patos, y apareció de inmediato la imagen de los juegos de puntería: al fin de cada día de cosecha, los peludos se detenían frente a la laguna para arrojarle naranjas a los patos, hasta verificar que los animales más indiferentes, que permanecían flotando en la superficie del agua, terminaran hundidos por la lluvia de proyectiles.
 
Pareció quedarse dormido unos segundos. Cuando volvió a abrir los ojos, lo primero que recordó fue el corral de las ovejas. Pensó en las jodas nocturnas, en las correrías que terminaban en la carne húmeda y caliente de una oveja, en la vergüenza, en las fanfarronadas del Cacho, quien nunca escuchó a nadie decir la palabra bestialismo, pero podía contar con fruición unas historias dignas de una memoria truculenta. Luego, oyó un grito, vio una trompada, la olla de campaña humeante, el irremediable guiso sin fragancia, y pensó en el despreciable de Urzúa. Y rescató en suma todo aquello para jurar, ahora en silencio, que ni que le pagaran en oro se quedaría un día más.
 
Cuando llegó el jefe de personal a la oficina, no demoró en prestarle atención. Borini lo hizo pasar a su despacho. Lo conocía bien. Él mismo en persona había estado en el centro de Pirajusar el día en que reclutaron a los cosecheros; él mismo lo había traído a trabajar a la plantación.
 
–Me voy. Me vuelvo pa´ Pirajusar –dijo, tembloroso, los ojos excesivos, los latidos venosos y el corazón derribando la camisa de brin.
 
Borini no demoró en asimilar las palabras, aunque apenas fue capaz de un gesto. El muchacho entendió que debía explicarse.
 
Con sequedad de garganta, manos sudorosas y una cierta presión en las sienes, habló un rato con dificultad, vacilante. Ningún argumento, nada; no una señal que permitiera conjeturar algo. Si alguna vez había sentido hambre, lo había olvidado. Reventaba ahora de ganas de orinar. Demasiado herido en su amor propio para avergonzarse más. Demudado, se turbaba su razón: humillado, humillado.
 
Borini quedó callado, a la espera de que agregara algo más. Pero el muchacho no pudo quebrar el poder del paréntesis.
 
–A vos te pasó algo que no me querés decir –escudriñó en el rostro del peludo, declinándose hacia un costado, aproximándose, inclinando el cuerpo hacia delante hasta mirarlo con persistencia a los ojos y, por dos veces, repetir bajito lo mismo pero con mayor certeza.
 
Alternando las consonantes y las vocales, en un ejercicio inconsciente que lo defendía de la realidad, el muchacho intentó proseguir con una explicación sin sentido. Pero, sus palabras y sus frases se deshilachaban, y su aversión obsesiva pudo más que su primera determinación de refugiarse en la mentira.
 
La frente se le cubrió de sudor frío. Una náusea se apoderó de él y lo sacudió de la cabeza a los pies. El semblante inquisitivo de Borini se hizo insoportable.
 
Se escurrieron un poco más sus pies en el piso, y quedó achicado, mínimo. Él sabía que esto era ridículo y absurdo. Y ya atrapado, entre la espada y la pared, acorralado por la bochornosa verdad, sollozando, sofocado, gimiendo como un animal aterrorizado,  prorrumpió:
 
–¡Tengo miedo! ¡No puedo, no puedo!... Me espanta la idea de que un día, cuando me agache pa´ recoger las naranjas de las ramas más bajas, me encuentre, junto al tronco del árbol, con una crucera enroscada, esperándome. ¡No..., no, yo no puedo!
 
FIN
 
Nota: La crucera es una serpiente ponzoñosa, cuya mordedura puede causar la  muerte.
 
 

 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 05.02.2014.

 

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