Oscar H. Oural

Los intrusos

                                                                         Los intrusos

No recuerdo cuando los vi por primera vez. Estaba en el patio de la casa, viendo como los higos maduraban y caían o se bichaban, y escuchando radio. De lo que estoy seguro es que empezaba a anochecer y hacía calor, pero no recuerdo la fecha.
Entraron juntos, atravesaron el patio, saludaron con un leve gesto, y se ubicaron en la habitación del fondo. Parecía gente de mediana edad, ella algo más joven que él. El aspecto era de gente común, a mí se me ocurrió un oficinista y una maestra. Llevaban una valija y un bolso por todo equipaje y vestían sencillo, él camisa clara y pantalón gris, ella un vestido floreado que llegaba hasta la mitad de la pantorrilla.
Encendieron la luz del cuarto, cerraron la puerta y no los volví a ver hasta dos o tres días después. A Aurora le fue indiferente la novedad, ya que no hizo el menor comentario sobre los nuevos vecinos. En el fondo, esto me llamo un poco la atención. Hacía casi diez años que alquilábamos el caserón, y a pesar de lo grande que nos resultaba, siempre estuvimos solos, a no ser las esporádicas visitas de nuestros hijos y nietos,  y algún vecino del barrio que, en temporada, nos pedía higos. El trato del alquiler lo había hecho Aurora y como me gustaba la casa, nunca pregunté detalles, pero estaba casi seguro que éramos los únicos inquilinos o al menos así fue hasta entonces.
Como dije, los volví a ver a los dos o tres días, entrando al cuarto luego de atravesar el patio y saludarme sólo con una inclinación de la cabeza. A partir de ahí, cuando los cruzaba era siempre al atardecer, se notaba que al llegar del trabajo. Nunca los vi salir por la mañana, debían irse muy temprano.
Así durante semanas o meses, no soy muy bueno para calcular el tiempo, y me acostumbré tanto a ellos que, aunque nunca cruzamos palabra, me extrañó la primera vez que no los vi. Pasaron varios días y no volvieron. Me animé a preguntar a Aurora si sabía algo de esa gente, pero por su mueca entendí que el asunto terminaba allí y que no debía hablar más del tema.
Como la ausencia me seguía inquietando, decidí  hacer una denuncia. Fui, solo, a la comisaría donde me trataron muy bien y escucharon con atención mi relato. A falta de los nombres, que nunca supe, les dejé una descripción de la pareja. Me dijeron que no me preocupara, que me acompañaban hasta mi casa y que ellos se iban a encargar.
Hace rato que ya no espero información. A la habitación la dejaron tal cual había quedado luego que la ordenara Aurora, un año antes de la visita de ellos, con los muebles tapados y con un poco más de polvo y telarañas.
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 26.01.2014.

 

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