José Antonio Martínez Sánchez

FRÍA Y SIN EMBARGO...

Cuando la conocí me llamó la atención su piel blanquecina. Siempre me gustaron las chicas de piel blanca. Quizás por  mi madre,  a la que sólo vi en una ocasión. Pero, cuyo recuerdo me ha marcado de por vida. El cabello negro contrastaba con esa característica que tanto me atraía. Su discurso era... diríamos parco, pero sabía escuchar. Cuando le hablaba, su mirada fija parecía atisbar mis auténticas intenciones. En lo sexual era más bien pasiva, pero, receptiva a toda propuesta por mi parte. Nunca le escuché un no, tampoco un sí. Por tanto, no podría decir que fuera una calentorra, antes al contrario, era fría, de una frialdad que iba incluso más allá de lo emocional, físicamente fría, y sin embargo... insensible. Me preocupaba su falta de apetito, se alimentaba poco, o más bien nada. Sus necesidades eran mínimas, qué digo mínimas, eran nulas. Aún la recuerdo entrando en la fría habitación donde nos conocimos. No merecía tal destino. La escondí en mi casa. El juez dictó una orden de búsqueda. Yo sabía que era un amor imposible, unas semanas y todo habría terminado. No obstante, vacié el arca congelador de mi casa, pues me gusta que los invitados se sientan cómodos; el aire acondicionado fue nuestro gran aliado. Lo demás ya es previsible: yo perdí mi empleo en el depósito de cadáveres y ella, fue sepultada en el cementerio de Leganés.
Les rogué para que no la incinerasen. Prefería una separación  en frío  aunque abrupta y aterida; ha resultado un duelo muy complicado, es más fácil y admisible despedirse de los vivos. Recibí poco calor de mi familia y amigos. Aún menos de la de ella. Pensarían que el calor podía sentar mal a un tipo  como yo.  Lo que resulta  imposible de enterrar son esos recuerdos que como imágenes de vídeo congeladas por las parcas interfieren días y noches.
 A partir de entonces, ninguna ha igualado esa quietud, ese saber estar... y no estar. No te muevas, le digo a mi actual novia después de tenerla tres horas delante del aire acondicionado para poder follar con ella.  He pensado en comprar una cámara de frío industrial e instalar en ella el dormitorio. O poner más tierra de por medio y marchar a Escandinavia, allí todo sería más fácil y barato. Leí en Internet que el curare paraliza a sus víctimas, también la ketamina. La imagen de mi madre sigue perturbando, desde aquel féretro, mis pocas horas de sueño. Mi gélido curriculum vaga de depósito en depósito mientras espero al deshielo en un intento de olvidar.

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 26.01.2014.

 

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