Ramón Antonio Suárez Moreno

El Holocausto de los Libros (revisitado)


 
 
Jacob Berkowitz oyó sonar la campana de la puerta de su negocio de empeño y se sintió molesto. ¿No se habían ido ya sus empleados? ¿Por qué demonios no cerraron la puerta?
            —¡Buenas noches! —dijo una de las dos personas que entraron al lugar. Un hombre y una mujer joven.
            ¡Bueno! ¡Ya estaban dentro! ¡Lo mejor sería hacer negocio!
            —¿En qué puedo servirlos? —les preguntó.
            —Tengo una reclamación que hacerle. Hoy a mediodía, mi hija, aquí presente compró este libro y fue engañada.
            Jacob tomó el libro y lo revisó. ¡Tenía que ser uno de los estúpidos libros del cojo de Moshe!
            —¿Y qué es lo que tiene mal? Yo lo veo en buenas condiciones.
            —Verá —dijo la joven —, fui atendida por su empelado Moshe. Él me leyó un poema de este tomo. La verdad, me hizo emocionarme. Pero cuando llegué a mi casa y lo busqué, no aparece en este libro.
            Jacob se sintió muy molesto por dentro, pero no dio muestras de ello. Volvió a concentrarse en el volumen. No parecía que le hubieran arrancado alguna hoja.
            —El libro se ve bien —sentenció.
            —¡Ya lo sé! —respondió el padre algo molesto —. Lo que molesta es el engaño. ¿Por qué dicen que ahí está un poema y no es cierto? Quiero que me devuelva el dinero.
            —¡Lo siento! Salida la mercancía no se admiten devoluciones. Su hija debió de haber revisado el libro. Pero le haré un favor. Se lo volveré a recomprar en veinticinco centavos de dólar.
            —¡¿Qué!? Si se lo vendieron en cincuenta.
            —Es mi oferta, tómela o déjela.
            El padre se lanzó sobre la reja que protegía a Jacob y la golpeó.
            —¡Maldito Jacob Marley! ¡Puedes quedarte con tu maldito libro!
            Y lo aventó contra la reja. Luego salió con su hija.
            Jacob se irritó. No le gustaba que lo compararan con el socio de Scrooge, el del cuento de Dickens. ¡Y todo por culpa del malnacido de Moshe!
            No se había fijado, pero sus empleados dejaron prendida la radio. Se podía escuchar al muchacho ése, al tal Elvis, cantar algo referente a un perro. ¿A dónde iban estos tiempos en que un joven se podía contorsionar sin decencia alguna? Fue al fondo de la tienda y apagó el aparato.   
            Trató de ponerse a trabajar una vez más, pero estaba alterado y no se podía concentrar. ¡Ya era hora de que le pusiera un hasta aquí a Moshe! Le dio el trabajo debido a que eran amigos desde la infancia. Incluso, casi le había perdonado el que se escabullera de Alemania sin avisarle. ¡Y qué decir de sus condenados libros! ¡Eso era lo único que le importaba! ¡Sus adorados libros! ¡Maldito cojo, siempre renqueando! Y en cambio, él, Jacob, se quedó. Fue detenido y llevado a Buchenwald. Al recordar el sitio, se rascó el lugar del brazo donde tenía tatuado el número de preso.
            ¡Bueno, lo mejor era irse! Guardó sus cosas, revisó la parte posterior del local, apagó las luces, tan sólo dejando la de la entrada. Abrió la jaula y salió al recibidor donde se ponían los clientes. Cuando estaba volteado, poniéndole el candado a la reja, escuchó de nuevo la campanilla. ¡¿Pero no había cerrado él la puerta?!
            —¡Lo siento! ¡Ya cerramo…!
            La frase se quedó a medias, ya que lo que continuó fue un grito.
            —¡No puede ser! ¡Usted ya está muerto! —le dijo a la figura que estaba en la entrada, a media luz.
            Su mente le debía de estar jugando una mala pasada.
            —¡Buenas noches, Jacob! —dijo en una voz que Berkowitz quería olvidar. Sintió que los pelos de la nuca se le erguían y un temblor le recorrió el cuerpo.
            —Herr Standartenführer —dijo en voz queda.
            —¡Vamos Jacob! ¿No te da gusto verme?
            La mirada y la sonrisa estaban ahí. Esas dos cosas que le robaron el sueño durante muchas noches, despertándose todo sudado. Aliviado de que tan sólo era una pesadilla.
            Pero ahora estaba aquí. Presente, enfrente de él. Cerró los ojos. A lo mejor era una alucinación. Los abrió de nueva cuenta. El jefe máximo de Buchenwald seguía enfrente de él.
            —¡No! ¡No me da gusto verlo! ¡Pero usted ya no es un ser vivo! ¡Debe de estar en el mismísimo infierno!
            —Me tomé la libertad de venir a visitarte. Tenemos un asunto pendiente.
            —¿Dddee qué se trata? —dijo balbuceando.
            —Es muy sencillo. Me debes una vida.
            —¿A qué se refiere?
            —¿Sabes? Siempre fuiste un tipo con muchísima suerte. ¿Cuánto tiempo estuviste en Buchenwald? ¿Un par de años?
            —Aproximadamente.
            —Te puedo asegurar que tenías la marca de longevidad en el sitio. ¿Y todo por qué?
Debido a que me caíste bien.
            El jefe nazi comenzó a caminar por el espacio. A Jacob le recordó los paseos que daba por el campo de concentración y que llenaban de terror a los cautivos.
            —Pero yo tenía una obligación —continuó el Comandante —. ¡Los números! Era mi deber entregar cuentas de los ejecutados. ¿Sabías cuántas veces estuviste en la lista de las personas que se iban a ejecutar al día siguiente?
            Jacob movió la cabeza negativamente.
            —¡Veintiocho! También eso es una marca imbatible. ¿Y por qué nunca fuiste llevado a la cámara de gases?
            Tan sólo se escuchó el silencio.
            —¿Ya no lo recuerdas? Permíteme refrescarte la memoria. Pediste hablar conmigo. Desde luego, que no te iba a recibir. Pero llamaste mi atención cuando dijiste que podías conseguir algún dinero por atrasar la ejecución. Acepté tu propuesta y nos entregaste a uno de tus colegas. Ben, creo que así se llamaba, corrígeme si me equivoco. Él te contó alguna vez que escondió joyas. Lo torturé y confesó el sitio. Fue una lástima que no aguantara los tormentos.
            Jacob recordó a su compañero. No lo había rememorado desde hacía mucho tiempo.
            —Y luego nos entregaste a veintisiete más. Pero hubo un problema al final, ¿no es así? Tus compañeros sospecharon que había algo extraño en que no te mandábamos matar, y que los que confiaban en ti, eran llamados y no se les volvía a ver. Tus últimas entregas fueron falsas, ¿no es así?
            —¡Yo le transmití lo que ellos me decían únicamente! ¡No sabía si me decían la verdad o no!
            El nazi se le quedó viendo fríamente. Jacob sintió un escalofrío en la espalda.
            —¿Crees que te vas a salvar diciendo mentiras?
            —¡¿Salvar de qué?!
            —¡De tu ejecución!
            —¡Usted no puede hacer eso! ¡Está muerto! ¡Nada de esto es real!
            El nazi tronó los dedos y se encontraron en el campo de concentración. Jacob traía el traje a rayas. Los olores y colores regresaron a la mente de Jacob. Estaban en la oficina del Comandante, donde siempre hicieron los tratos.
            —Allá afuera está la cámara de gases. ¿Quieres comprobar si es real?
            —¡No puede ser! ¡Esto ya pasó hace varios años!
            —Como quieras.
            El Comandante giró unas órdenes. Entraron unos soldados y se llevaron a Jacob, lo comenzaron a pegar. Los golpes le dolían, no era un sueño.
            —¡Está bien! ¡Díganle al Comandante que haremos el trato!
            En ese momento se volvieron a encontrar en la tienda de empeño.
            —Veo que has entrado en razón. Me da gusto —comenzó a pasearse al ritmo que exacerbaba a Jacob —. ¿Sabes? Ya me había hartado de ti. Estabas en la lista de ejecución para el día siguiente. Pero llegaron los aliados y te salvaste.
            —¿Y usted?
            —Yo supe perfectamente lo que pasaba. Estaba consciente de lo que hacía todo el tiempo en Buchenwald. Y era mi disfrute. Pero había que pagar un precio por ello. Y lo hice. Esperé a que llegaran los aliados y me tomaron prisionero. Era el único de todos los que trabajaban en el campo ahí presente. Me aprehendieron y después de unos meses, me ejecutaron. Mientras estuve vivo, pedí información sobre ti. Pensé que tus propios compañeros te iban a matar por traicionero, pero nunca sucedió. Como te dije, eres un hombre con mucha suerte. Y ahora, ya es momento de terminar nuestros negocios. Me debes una vida y es la tuya. Es hora de partir.
            —¡Espere! ¡Podemos llegar a un arreglo, tengo dinero guardado!
            —¿Y de qué me va  a servir? En donde me encuentro, no hay uso para las riquezas. ¡Vámonos!
            —¡Aguarde! ¿Qué tal si le doy algo que sí sea de utilidad en su mundo?
            El nazi se detuvo y se volteó a verlo.
            —Suena interesante. Dime tu propuesta. Tal vez, si juegas bien tus cartas, puedas salvarte por enésima vez.
            —¡Un alma por la mía!
            —¡Ja, ja, ja. ¿De qué hablas?
            —Pues del asunto ese de que, ya sabe, los de su mundo coleccionan almas, y yo le tengo una.
            —Suena tentador. Dime de quién hablas.
            —De Moshe.
            —¿Estás seguro? Han sido amigos durante mucho tiempo.
            —Más que amigos, lo he soportado.
            En cuanto terminó la frase, se encontró en Alemania. Era de noche, caminaba junto a Moshe, que no cojeaba.  Escucharon un alboroto más adelante. Fueron a curiosear. Había una gran fogata y gente que se arremolinaba alrededor. En una tienda estaba puesta la fecha en un calendario. 10 de mayo de 1933. Gente vestida con el uniforme del partido Nacionalsocialista avivaba el fuego. De súbito, comenzaron a echar libros a la pira. Moshe se sintió convulso.
            Uno de los oficiales comenzó a explicar que todos esos libros eran de autores judíos que atacaban el espíritu alemán. Incluso libros para niños. Pero ahora, ya no eran libros los que echaban al fuego. Los tomos se abrían y las letras desfilaban en un remolino hacia el fuego, dejando los libros en blanco. En especial el de Jacob, del que salió el poema que tanto le gustaba. Cuando entraban las letras en contacto con la pira, la fogata crecía y ya se elevaba hasta un punto del cielo que no alcanzaban a ver.
Moshe le suplicó a Jacob que salieran de allí. Jacob aceptó, pero se fue burlando de él en el camino. ¡Tanto drama por unos cuantos libros!
            Más adelante los gritaron los de las brigadas juveniles. Los comenzaron a insultar. Jacob, contra las protestas de Moshe, los arengó. Tomó una piedra y se la aventó a los jóvenes, al mismo tiempo que corría despavorido. Moshe no estaba prevenido. A él lo agarraron. Y le rompieron la pierna.
 
            Jacob regresó a la tienda.
           
—Moshe pagó tu imprudencia.
            —¡Pero luego quedamos a mano cuando me abandonó!
            —¿Te abandonó? Te sugirió varias veces que se escaparan y no le hiciste caso.
            —¡Eso no es cierto!
—Veamos.
Regresaron a una cafetería. Moshe y Jacob sentados en una mesa. Moshe le decía que era hora de huir de ahí.
—¡Está bien, está bien! ¡No le hice caso! —reconoció Berkowitz.
—¿Y qué pasó cuando saliste de nuestro campo y llegaste a Nueva York? ¿Quién te asiló y ayudó?
—Fue él, pero luego le pagué con creces.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
—Él estaba estancado. Cuando tuve mi negocio, lo contraté.
—¿Quién te prestó el dinero para comenzar?
—Él. Pero no tenía dotes de comerciante. Yo pude multiplicar su dinero.
—¿Y le pagaste de regreso?
—¡Desde luego!
—¿Con intereses?
—Él no quiso.
—¿Y no necesitaste alguien para ayudarte a que tu negocio creciera?
—Sí, y él me apoyó. Pero le di un sueldo.
—Me supongo que espléndido.
—Lo que se pagaba en este tipo de negocios.
—Ya veo. ¿Y nunca te reclamó?
—No. Él sabía que darle más sería injusto, y además, me necesitaba.
—¿No sería qué se quedó para ayudarte? ¿Por qué era tu amigo?
—No lo creo.
El nazi se quedó en silencio. Comenzó de nuevo a caminar. Jacob no se atrevió a hablar.
—Debo admitir que en mi mundo, nos gustaría tener un alma como la que has descrito. Es una buena oferta. Tan sólo una última pregunta: ¿Crees que has jugado bien tus cartas?
Jacob no contestó en un principio. Quiso examinar la pregunta, pensando cuál era la respuesta correcta.
Por fin habló.
—Eso creo.
—Bueno, pues creo que has tenido suerte una vez más.
Jacob suspiró de alivio.
 
El Sargento Smith de la Policía de Nueva York entró a la casa de empeño. Vio el cadáver en el suelo, lo examinó con la vista. Se dirigió al forense.
            —¿Qué me tienes?
            —Todo esto está muy raro. No hay señales de que alguien hubiera forzado la cerradura. El acceso al sitio estaba bloqueado por dentro con un pasador grueso. Luego, la víctima. Tiene severos golpes en el cuerpo.
            —¿Eso fue la causa de la muerte?
            —No lo creo. Necesito hacer la autopsia —bajó la voz y miró a su alrededor —. Como sabe, yo estuve en un campo de concentración alemán. El estado que presenta el cadáver es el mismo que tenían los cuerpos de los que mataron en la cámara de gases.
            El Sargento le lanzó una extraña mirada. Cambió el rumbo de la conversación.
            —¿Quién encontró a la víctima?
            —El señor que está allá —dijo señalando a un hombre —. Llegó al local y al no poder abrirlo, buscó a la policía. Rompieron la puerta y encontraron al occiso en el suelo.
            Hizo una pausa.
            —Junto a este libro.
            Se lo enseñó. El Sargento ojeó el tomo. Todo estaba en blanco, salvo unas frases al final.
            —Yo también tengo ese libro —informó el doctor —. Las mismas pastas. Pero las hojas de éste se ven muy usadas. ¿Cómo puede explicar esto de un libro en blanco?
            El Sargento subió los hombros. Por lo visto, este asunto le había calado hondo al forense. Probablemente le recordó sus tiempos en los campos de concentración alemanes.
            Era mejor terminar con esa conversación.
            —¿Cómo se llamaba el muerto?
            —Jacob Berkowitz. Y el que lo encontró se llama Moshe Herzog.
    
   
 
                                               El Holocausto de los Libros (revisitado)
 
 
                                                                                  Ramón Antonio Suárez Moreno
 
 
Jacob Berkowitz oyó sonar la campana de la puerta de su negocio de empeño y se sintió molesto. ¿No se habían ido ya sus empleados? ¿Por qué demonios no cerraron la puerta?
            —¡Buenas noches! —dijo una de las dos personas que entraron al lugar. Un hombre y una mujer joven.
            ¡Bueno! ¡Ya estaban dentro! ¡Lo mejor sería hacer negocio!
            —¿En qué puedo servirlos? —les preguntó.
            —Tengo una reclamación que hacerle. Hoy a mediodía, mi hija, aquí presente compró este libro y fue engañada.
            Jacob tomó el libro y lo revisó. ¡Tenía que ser uno de los estúpidos libros del cojo de Moshe!
            —¿Y qué es lo que tiene mal? Yo lo veo en buenas condiciones.
            —Verá —dijo la joven —, fui atendida por su empelado Moshe. Él me leyó un poema de este tomo. La verdad, me hizo emocionarme. Pero cuando llegué a mi casa y lo busqué, no aparece en este libro.
            Jacob se sintió muy molesto por dentro, pero no dio muestras de ello. Volvió a concentrarse en el volumen. No parecía que le hubieran arrancado alguna hoja.
            —El libro se ve bien —sentenció.
            —¡Ya lo sé! —respondió el padre algo molesto —. Lo que molesta es el engaño. ¿Por qué dicen que ahí está un poema y no es cierto? Quiero que me devuelva el dinero.
            —¡Lo siento! Salida la mercancía no se admiten devoluciones. Su hija debió de haber revisado el libro. Pero le haré un favor. Se lo volveré a recomprar en veinticinco centavos de dólar.
            —¡¿Qué!? Si se lo vendieron en cincuenta.
            —Es mi oferta, tómela o déjela.
            El padre se lanzó sobre la reja que protegía a Jacob y la golpeó.
            —¡Maldito Jacob Marley! ¡Puedes quedarte con tu maldito libro!
            Y lo aventó contra la reja. Luego salió con su hija.
            Jacob se irritó. No le gustaba que lo compararan con el socio de Scrooge, el del cuento de Dickens. ¡Y todo por culpa del malnacido de Moshe!
            No se había fijado, pero sus empleados dejaron prendida la radio. Se podía escuchar al muchacho ése, al tal Elvis, cantar algo referente a un perro. ¿A dónde iban estos tiempos en que un joven se podía contorsionar sin decencia alguna? Fue al fondo de la tienda y apagó el aparato.   
            Trató de ponerse a trabajar una vez más, pero estaba alterado y no se podía concentrar. ¡Ya era hora de que le pusiera un hasta aquí a Moshe! Le dio el trabajo debido a que eran amigos desde la infancia. Incluso, casi le había perdonado el que se escabullera de Alemania sin avisarle. ¡Y qué decir de sus condenados libros! ¡Eso era lo único que le importaba! ¡Sus adorados libros! ¡Maldito cojo, siempre renqueando! Y en cambio, él, Jacob, se quedó. Fue detenido y llevado a Buchenwald. Al recordar el sitio, se rascó el lugar del brazo donde tenía tatuado el número de preso.
            ¡Bueno, lo mejor era irse! Guardó sus cosas, revisó la parte posterior del local, apagó las luces, tan sólo dejando la de la entrada. Abrió la jaula y salió al recibidor donde se ponían los clientes. Cuando estaba volteado, poniéndole el candado a la reja, escuchó de nuevo la campanilla. ¡¿Pero no había cerrado él la puerta?!
            —¡Lo siento! ¡Ya cerramo…!
            La frase se quedó a medias, ya que lo que continuó fue un grito.
            —¡No puede ser! ¡Usted ya está muerto! —le dijo a la figura que estaba en la entrada, a media luz.
            Su mente le debía de estar jugando una mala pasada.
            —¡Buenas noches, Jacob! —dijo en una voz que Berkowitz quería olvidar. Sintió que los pelos de la nuca se le erguían y un temblor le recorrió el cuerpo.
            —Herr Standartenführer —dijo en voz queda.
            —¡Vamos Jacob! ¿No te da gusto verme?
            La mirada y la sonrisa estaban ahí. Esas dos cosas que le robaron el sueño durante muchas noches, despertándose todo sudado. Aliviado de que tan sólo era una pesadilla.
            Pero ahora estaba aquí. Presente, enfrente de él. Cerró los ojos. A lo mejor era una alucinación. Los abrió de nueva cuenta. El jefe máximo de Buchenwald seguía enfrente de él.
            —¡No! ¡No me da gusto verlo! ¡Pero usted ya no es un ser vivo! ¡Debe de estar en el mismísimo infierno!
            —Me tomé la libertad de venir a visitarte. Tenemos un asunto pendiente.
            —¿Dddee qué se trata? —dijo balbuceando.
            —Es muy sencillo. Me debes una vida.
            —¿A qué se refiere?
            —¿Sabes? Siempre fuiste un tipo con muchísima suerte. ¿Cuánto tiempo estuviste en Buchenwald? ¿Un par de años?
            —Aproximadamente.
            —Te puedo asegurar que tenías la marca de longevidad en el sitio. ¿Y todo por qué?
Debido a que me caíste bien.
            El jefe nazi comenzó a caminar por el espacio. A Jacob le recordó los paseos que daba por el campo de concentración y que llenaban de terror a los cautivos.
            —Pero yo tenía una obligación —continuó el Comandante —. ¡Los números! Era mi deber entregar cuentas de los ejecutados. ¿Sabías cuántas veces estuviste en la lista de las personas que se iban a ejecutar al día siguiente?
            Jacob movió la cabeza negativamente.
            —¡Veintiocho! También eso es una marca imbatible. ¿Y por qué nunca fuiste llevado a la cámara de gases?
            Tan sólo se escuchó el silencio.
            —¿Ya no lo recuerdas? Permíteme refrescarte la memoria. Pediste hablar conmigo. Desde luego, que no te iba a recibir. Pero llamaste mi atención cuando dijiste que podías conseguir algún dinero por atrasar la ejecución. Acepté tu propuesta y nos entregaste a uno de tus colegas. Ben, creo que así se llamaba, corrígeme si me equivoco. Él te contó alguna vez que escondió joyas. Lo torturé y confesó el sitio. Fue una lástima que no aguantara los tormentos.
            Jacob recordó a su compañero. No lo había rememorado desde hacía mucho tiempo.
            —Y luego nos entregaste a veintisiete más. Pero hubo un problema al final, ¿no es así? Tus compañeros sospecharon que había algo extraño en que no te mandábamos matar, y que los que confiaban en ti, eran llamados y no se les volvía a ver. Tus últimas entregas fueron falsas, ¿no es así?
            —¡Yo le transmití lo que ellos me decían únicamente! ¡No sabía si me decían la verdad o no!
            El nazi se le quedó viendo fríamente. Jacob sintió un escalofrío en la espalda.
            —¿Crees que te vas a salvar diciendo mentiras?
            —¡¿Salvar de qué?!
            —¡De tu ejecución!
            —¡Usted no puede hacer eso! ¡Está muerto! ¡Nada de esto es real!
            El nazi tronó los dedos y se encontraron en el campo de concentración. Jacob traía el traje a rayas. Los olores y colores regresaron a la mente de Jacob. Estaban en la oficina del Comandante, donde siempre hicieron los tratos.
            —Allá afuera está la cámara de gases. ¿Quieres comprobar si es real?
            —¡No puede ser! ¡Esto ya pasó hace varios años!
            —Como quieras.
            El Comandante giró unas órdenes. Entraron unos soldados y se llevaron a Jacob, lo comenzaron a pegar. Los golpes le dolían, no era un sueño.
            —¡Está bien! ¡Díganle al Comandante que haremos el trato!
            En ese momento se volvieron a encontrar en la tienda de empeño.
            —Veo que has entrado en razón. Me da gusto —comenzó a pasearse al ritmo que exacerbaba a Jacob —. ¿Sabes? Ya me había hartado de ti. Estabas en la lista de ejecución para el día siguiente. Pero llegaron los aliados y te salvaste.
            —¿Y usted?
            —Yo supe perfectamente lo que pasaba. Estaba consciente de lo que hacía todo el tiempo en Buchenwald. Y era mi disfrute. Pero había que pagar un precio por ello. Y lo hice. Esperé a que llegaran los aliados y me tomaron prisionero. Era el único de todos los que trabajaban en el campo ahí presente. Me aprehendieron y después de unos meses, me ejecutaron. Mientras estuve vivo, pedí información sobre ti. Pensé que tus propios compañeros te iban a matar por traicionero, pero nunca sucedió. Como te dije, eres un hombre con mucha suerte. Y ahora, ya es momento de terminar nuestros negocios. Me debes una vida y es la tuya. Es hora de partir.
            —¡Espere! ¡Podemos llegar a un arreglo, tengo dinero guardado!
            —¿Y de qué me va  a servir? En donde me encuentro, no hay uso para las riquezas. ¡Vámonos!
            —¡Aguarde! ¿Qué tal si le doy algo que sí sea de utilidad en su mundo?
            El nazi se detuvo y se volteó a verlo.
            —Suena interesante. Dime tu propuesta. Tal vez, si juegas bien tus cartas, puedas salvarte por enésima vez.
            —¡Un alma por la mía!
            —¡Ja, ja, ja. ¿De qué hablas?
            —Pues del asunto ese de que, ya sabe, los de su mundo coleccionan almas, y yo le tengo una.
            —Suena tentador. Dime de quién hablas.
            —De Moshe.
            —¿Estás seguro? Han sido amigos durante mucho tiempo.
            —Más que amigos, lo he soportado.
            En cuanto terminó la frase, se encontró en Alemania. Era de noche, caminaba junto a Moshe, que no cojeaba.  Escucharon un alboroto más adelante. Fueron a curiosear. Había una gran fogata y gente que se arremolinaba alrededor. En una tienda estaba puesta la fecha en un calendario. 10 de mayo de 1933. Gente vestida con el uniforme del partido Nacionalsocialista avivaba el fuego. De súbito, comenzaron a echar libros a la pira. Moshe se sintió convulso.
            Uno de los oficiales comenzó a explicar que todos esos libros eran de autores judíos que atacaban el espíritu alemán. Incluso libros para niños. Pero ahora, ya no eran libros los que echaban al fuego. Los tomos se abrían y las letras desfilaban en un remolino hacia el fuego, dejando los libros en blanco. En especial el de Jacob, del que salió el poema que tanto le gustaba. Cuando entraban las letras en contacto con la pira, la fogata crecía y ya se elevaba hasta un punto del cielo que no alcanzaban a ver.
Moshe le suplicó a Jacob que salieran de allí. Jacob aceptó, pero se fue burlando de él en el camino. ¡Tanto drama por unos cuantos libros!
            Más adelante los gritaron los de las brigadas juveniles. Los comenzaron a insultar. Jacob, contra las protestas de Moshe, los arengó. Tomó una piedra y se la aventó a los jóvenes, al mismo tiempo que corría despavorido. Moshe no estaba prevenido. A él lo agarraron. Y le rompieron la pierna.
 
            Jacob regresó a la tienda.
           
—Moshe pagó tu imprudencia.
            —¡Pero luego quedamos a mano cuando me abandonó!
            —¿Te abandonó? Te sugirió varias veces que se escaparan y no le hiciste caso.
            —¡Eso no es cierto!
—Veamos.
Regresaron a una cafetería. Moshe y Jacob sentados en una mesa. Moshe le decía que era hora de huir de ahí.
—¡Está bien, está bien! ¡No le hice caso! —reconoció Berkowitz.
—¿Y qué pasó cuando saliste de nuestro campo y llegaste a Nueva York? ¿Quién te asiló y ayudó?
—Fue él, pero luego le pagué con creces.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
—Él estaba estancado. Cuando tuve mi negocio, lo contraté.
—¿Quién te prestó el dinero para comenzar?
—Él. Pero no tenía dotes de comerciante. Yo pude multiplicar su dinero.
—¿Y le pagaste de regreso?
—¡Desde luego!
—¿Con intereses?
—Él no quiso.
—¿Y no necesitaste alguien para ayudarte a que tu negocio creciera?
—Sí, y él me apoyó. Pero le di un sueldo.
—Me supongo que espléndido.
—Lo que se pagaba en este tipo de negocios.
—Ya veo. ¿Y nunca te reclamó?
—No. Él sabía que darle más sería injusto, y además, me necesitaba.
—¿No sería qué se quedó para ayudarte? ¿Por qué era tu amigo?
—No lo creo.
El nazi se quedó en silencio. Comenzó de nuevo a caminar. Jacob no se atrevió a hablar.
—Debo admitir que en mi mundo, nos gustaría tener un alma como la que has descrito. Es una buena oferta. Tan sólo una última pregunta: ¿Crees que has jugado bien tus cartas?
Jacob no contestó en un principio. Quiso examinar la pregunta, pensando cuál era la respuesta correcta.
Por fin habló.
—Eso creo.
—Bueno, pues creo que has tenido suerte una vez más.
Jacob suspiró de alivio.
 
El Sargento Smith de la Policía de Nueva York entró a la casa de empeño. Vio el cadáver en el suelo, lo examinó con la vista. Se dirigió al forense.
            —¿Qué me tienes?
            —Todo esto está muy raro. No hay señales de que alguien hubiera forzado la cerradura. El acceso al sitio estaba bloqueado por dentro con un pasador grueso. Luego, la víctima. Tiene severos golpes en el cuerpo.
            —¿Eso fue la causa de la muerte?
            —No lo creo. Necesito hacer la autopsia —bajó la voz y miró a su alrededor —. Como sabe, yo estuve en un campo de concentración alemán. El estado que presenta el cadáver es el mismo que tenían los cuerpos de los que mataron en la cámara de gases.
            El Sargento le lanzó una extraña mirada. Cambió el rumbo de la conversación.
            —¿Quién encontró a la víctima?
            —El señor que está allá —dijo señalando a un hombre —. Llegó al local y al no poder abrirlo, buscó a la policía. Rompieron la puerta y encontraron al occiso en el suelo.
            Hizo una pausa.
            —Junto a este libro.
            Se lo enseñó. El Sargento ojeó el tomo. Todo estaba en blanco, salvo unas frases al final.
            —Yo también tengo ese libro —informó el doctor —. Las mismas pastas. Pero las hojas de éste se ven muy usadas. ¿Cómo puede explicar esto de un libro en blanco?
            El Sargento subió los hombros. Por lo visto, este asunto le había calado hondo al forense. Probablemente le recordó sus tiempos en los campos de concentración alemanes.
            Era mejor terminar con esa conversación.
            —¿Cómo se llamaba el muerto?
            —Jacob Berkowitz. Y el que lo encontró se llama Moshe Herzog.   
  
 

 

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Veröffentlicht auf e-Stories.org am 15.01.2014.

 

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